Las mil y una anécdotas
ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero
2012-01-27
ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero
2012-01-27
Vivir con plena conciencia desde niño es maravilloso, porque te da la oportunidad de valorar cada fracción del tiempo que Dios te ha obsequiado.
Desde niño he tenido el privilegio de disfrutar la vida con pleno uso de todos los sentidos, por ello, siempre me gusta regresar el reloj para volver a experimentar todas aquellas emociones que le dieron sentido y rumbo a mi existencia.
En cada paso que di, durante mi niñez, dejé una profunda huella en la madre tierra, pero sólo cuando caminaba descalzo podía sentirme integrado a la misma, y como tal, nutrirme de todos los elementos vitales que siguen siendo fiel custodio de nuestra herencia divina.
La naturaleza es lo nuestro, por ello, el hombre, cuando se siente agobiado por los conflictos, desesperadamente tiende a buscar refugio entre la vegetación, a la orilla de los ríos, en las playas, en la cima de la montaña, incluso, en cuevas o grutas.
No hay nada mejor para buscar la paz interior que estar aislado entre los juncos, escuchando el sonido del agua que corre por un pequeño arroyo, y observar cómo los rayos del sol que logran filtrarse entre las cañas, traspasan la superficie de la transparente agua donde nadan tranquilas las plateadas sardinas, que no se inmutan ante nuestra presencia.
Cerrar los ojos y respirar profundo, para absorber con ello la grata fragancia del perfume que jamás podrá ser copiado por el hombre, porque no sólo conjuga los olores, sino la armonía del equilibrio de todo el ecosistema.
Tocar cada uno de los componentes naturales y comprobar al tacto tantas texturas y sentir cómo nuestra piel sufre como la naturaleza la misma metamorfosis con el tiempo.
En ese momento mágico de la infancia, no corre sangre por mis venas, corre savia y me nutro de ella, como se nutren las plantas superiores, y me desarrollo en mi hábitat con la libertad de saber que es la voluntad de Dios el crecer tanto cuanto me lo permita el cielo, mientras mis raíces estén bien fijas en el suelo, y todo ello, me permite ser congruente y no perderme en la mezquindad de ser mejor que otro por el sólo hecho de demostrarle mi mayor inteligencia.
¿Cómo no ser feliz en mi medio ambiente, que lo mismo me arrulla para dormirme cuando la materia que aloja mi espíritu me dice… ¡descansa! y me da calor cuando llega el frío a mi alma? y qué decir de cuando me refresca, sí, cuando el calor amenaza con derretirme, ¿no es acaso la tierra tan cálida como el vientre de una madre? ¿Acaso no nos abraza para protegernos del mal que causa la desesperanza de una raza que siempre está buscando un bienestar tan alejado de verdad?
Sí, estoy aquí, en la inocencia de mi infancia, con los pies descalzos, mi camisa y pantalón de manta, bajo la fresca sombra de un amigable árbol, que no me exige ninguna cuota, ni un impuesto, ni nada, sólo que lo ame, que lo cuide, que me hermane, para compartir el mundo que recibimos como herencia.
EN RECUERDO A MIS FELICES DIAS EN SAN FRANCISCO, SANTIAGO NUEVO LEON.
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