Las mil y una anécdotas
ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero
2012-02-03
ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero
2012-02-03
Era de todos los viernes, salir de la secundaria, llegar a casa, tomar la mochila con un par de cambios de ropa y salir presuroso para las oficinas de los autobuses que cubrían la ruta de Monterrey al Álamo; a pesar de que el transporte en ese época no era muy bueno, no tenía ningún inconveniente para trasladarme en él, pues una vez comprado el boleto, pronto me acomodaba en un asiento preferentemente de la parte central del lado derecho, junto a la ventanilla.
El viaje, aunque corto, me parecía siempre una emocionante experiencia, el disfrute aumentaba al tomar la carretera nacional y con ello poder contemplar los árboles, los arbustos, las reses y caballos que tranquilamente pastaban muy cerca de la vialidad y las rancherías donde hacía parada el autobús. Los choferes, por lo general eran personas conocidas, la mayoría vecinos de Villa de Santiago, siempre muy platicadores con el pasaje que se sentaba en los asientos cercanos, todas las charlas eran sobre familiares, trabajo o bailes, en lo particular, me agradaba escucharlas, y aunque no quisiera, lo hacía, porque la gente de ese rumbo habla gritando.
Cuando por fin llegábamos a la plaza principal de la “Villa”, un buen número de pasajeros bajábamos ahí, y para mí, me era imposible no echar un vistazo a la monumental escalinata del hermosísimo templo del “Patrón Apóstol Santiago”, después me dirigía al centro de la plaza para sentarme en el bode de la fuente; desde ahí contemplaba el Cine y los autos de alquiler, como por lo general, sólo traía dinero para el pasaje del trayecto Monterrey-Villa de Santiago, me resignaba gustoso a caminar por las empedradas calles centrales hasta empezar el ascenso a San Francisco, a cada paso admiraba las casas e imaginaba las interesantes historias que guardaban aquellas paredes, por lo que no podía sustraerme a tocar con una de mis manos, los relieves, la madera, las cercas, y procuraba respetuosamente observar y escuchar lo más que podía, pues quería guardar todos esos grandiosos recuerdos para no olvidarme nunca del “Paraíso” como le llamaba a esa tierra bendita, al llegar a la esquina de la casa de Don Simón, que tenía una carnicería, daba vuelta para tomar un callejón que me conducía a una especie de camino real, que corría paralelo a la calle pavimentada rumbo a “San Pancho” y de nuevo me integraba a la naturaleza que me saludaba a cada lado del camino; confieso que muchas ocasiones me acompañaba el miedo, porque circulaban historias sobre perros rabiosos, víboras y otro tipo de animales feroces que atacaban ocasionalmente a los habitantes, pero después de recorrer por años esos caminos jamás fui agredido por animal alguno, por el contrario, disfruté del canto de las aves, como el cenzontle , los mirlos , las primaveras, las tortolitas, las palomas moradas y con suerte podía avistar un faisán, liebres, conejos, coyotes, tlacuaches.
Al llegar a la parte posterior de propiedad del abuelo Virgilio, a la que llamábamos “el solar”, brincaba aquella ancha cerca de piedras perfectamente alineadas y cuando por fin mis pies tocaban la tierra familiar, desaparecía cualquier preocupación, entonces apuraba el paso entre los árboles frutales: naranjos, mandarinos, perales, mísperos, duraznos, guayabos, un árbol de parsimonio; para cuando pasaba al lado del gallinero ya iba corriendo y me frenaba sólo al llegar a la puerta de madera que daba al patio de la casa grande, la empujaba, para recibir una nueva gratificación al contemplar el jardín de la Abuela Isabel, entre sus plantas sus favoritas se contaban los jazmines, los geranios, los tulipanes sencillos y dobles, los helechos, respirar profundamente los aromas de un ambiente colorido, siempre húmedo; caminar 6 pasos y abrir la puerta del portal y percibir el aroma del café de olla, de los frijoles y la sopa de arroz y en la mesa mi plato servido, mientras la abuela y la tía Lala, le daban duro con maestría a la piedra volcánica transformada en molcajete y metate.
¿Que por qué siempre evoco estos recuerdos?, usted mi estimado lector tiene la respuesta.
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