Domingo familiar

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2013-05-11

Salomón Beltrán Caballero

Descorrí la persiana, abrí la ventana, y entró gustoso, me iluminó de inmediato con su divina luz,  acarició todo mi cuerpo con la suave brisa que provenía de su aliento, me libró del calor de los malos pensamientos, me levantó el ánimo, después se paseó por toda la casa limpiándola de toda negatividad, bendiciendo cada rincón, y luego regresó conmigo para inspirar el mensaje del día.

Él tiene mucho qué decirnos, que enseñarnos, qué obsequiarnos, empieza siempre con la energía positiva que emana de su amorosa presencia,  inyectándole salud a nuestro cuerpo y a nuestra mente, renovando la esperanza al contacto sutil de su espíritu santo con nuestro espíritu; somos su mayor obra, estamos hechos a su imagen y semejanza, somos sus hijos y como buen Padre siempre está atento a nuestras necesidades. “Pedid y se os dará; buscad, y hallaréis: llamad, y os abrirán” (Mt. 7:7).

¿Qué le habremos pedido a Dios en una fecha tan significativa como el Día de la Madre? Los que ya han despedido a sus madrecitas de este mundo, seguramente le hayan pedido que las tenga a su lado en su Santo Reino, los que aún tenemos la dicha de tenerla a nuestro lado, seguramente le pedimos que les obsequie salud y muchos años más de vida para seguir disfrutando de su amorosa presencia; mas, unos y otros, los que son aquejados por la tristeza, por la orfandad materna, y los que jubilosamente celebramos su grata presencia, sabemos que de alguna manera u otra, fallamos en nuestro propósito de cumplir con el cuarto mandamiento de la ley de Dios: Honrarás a tu padre y a tu madre.

Nuestra infructuosa lucha por vencer nuestro egoísmo, nos hace caer una y otra vez derrotados por falta de amor y por nuestra endeble voluntad,  por eso, con nuestra actitud negativa herimos a nuestra progenitora.

Nuestra madre lleva consigo casi siempre el dolor de ver a sus hijos seguir un camino equivocado, mas, está consciente, de que ese dolor es parte del pago de una ancestral condena, es un eterno padecer por un parto que no termina con el hecho de dar a luz, porque queriendo lo mejor para su descendencia, en su corazón sabe que habrán de esperarle múltiples mortificaciones “Dijo asimismo a la mujer: Multiplicaré tus trabajos y miserias en tus preñeces; con dolor parirás los hijos y estarás bajo la protestad o mando de tu marido, y el te dominará” (Génesis 3:16).

Llorar y reír, reír y llorar, y en esos momentos de vital encuentro con la verdad, nunca nos preguntamos, si pudiéramos tener la gracia de siempre reír, más  si llegáramos a hacerlo, seguramente concluiríamos sabiendo que ambas emociones son complemento.

Cuando llegué al mundo lloré, porque sentí que alguien me estaba arrebatando el amor de mi madre, más cuando sentí  en mi cuerpo el calor de su piel, olí su inigualable fragancia, escuché su dulce voz, supe que estaría más unido que nunca a su vida. Cuando se acercó el momento de compartir amorosamente mi simiente con la simiente de mi mujer, para que juntos selláramos el pacto de unidad eterna, cuando vi y sentí el desarrollo de los nuevos seres en el vientre materno, me llené de temor al saber que existía una consigna divina sobre la mujer, más cuando nacieron mis hijos, en la cara de mi amada vi cómo el dolor siempre fue superado por la felicidad de tener en sus brazos el amor vivo que Dios nos había obsequiado. Y yo,  sentado aquí,  abrí tan sólo la ventana para que Él entrara gustoso, me iluminara con su luz divina, acariciara todo mi cuerpo con la suave brisa que provenía de su aliento, me librara del calor de mis malos pensamientos, me levantara el ánimo, bendijera mi hogar, y se quedará para siempre conmigo, para inspirar el mensaje del día, no pude más que llorar por la dicha de tener en cada mujer de mi hogar, la evidencia del amor de la Madre de mi Señor Jesucristo.

Dios bendiga a todas las madres del mundo, bendiga a las mujeres que no hayan concebido por voluntad o por alguna razón ajena, porque sin duda todas ellas llevan consigo el don divino de la maternidad. Dios bendiga nuestros hogares y bendiga nuestros Domingos Familiares.

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