Errores típicos de los padres

Por estar cansados o no saber cómo lidiar con la situación, muchos padres se equivocan a la hora de disciplinar a sus hijos. Te contamos cuáles son las actitudes que debés evitar y cómo corregirlas.

2012-01-05

Agencias

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Conseguir hijos obedientes y que acaten las órdenes cuando los padres quieren no es imposible.

La vida cotidiana y el cansancio pueden mermar las ganas de lidiar con los caprichos de los infantes y hace que bajes los brazos, dejándolos que hagan lo que quieran. Esta situación tampoco es un pecado (a cualquiera le puede pasar), el problema llega cuando la falta de límites es crónica y no hay retorno.

La clave para cualquier padre es entender que lo que él dice es una regla inamovible para los chicos (o así debería ser). Para que lo logres, te contamos las actitudes que NO debés tomar y así conseguirás marcarles los límites a tus hijos.

No mentirles para que hagan lo que uno quiere

Todos los padres alguna vez le dijeron una mentira a su hijo para que hiciera aquello que se negaba a hacer. Si bien son comunes y efectivas en el corto plazo, estas amenazas de llamar al policía o al “hombre de la bolsa” si se porta mal pueden ser contraproducentes.

“La autoridad de los padres reside en la confianza que los chicos les tengan. No se puede construir una relación sana con los hijos mediante la manipulación”, asegura el psicólogo de familia Miguel Espeche. Hay que decirles la verdad; cuando ven que el padre está seguro en su decisión, los niños acatan.

Para no mentir y lograr lo que queremos hay que darles una explicación concreta y firme de por qué deseamos que coman, vayan a dormir o entren al jardín de infantes.

“Mentirles alguna que otra vez no arruinará al niño. No te sientas culpable si usaste alguna mentira piadosa con tu hijo, pero hacerlo de forma metódica no es bueno para nadie”, concluye el especialista.

No retractarte y cumplir con lo que dijiste

“Si volvés a tirar la cuchara al piso, te quedás sin postre”. Ésta es una típica advertencia de un padre. El error está en que muchas veces el niño vuelve a tirar la cuchara, pero come postre igual. Así el chico sabe perfectamente que puede seguir haciéndolo y no habrá consecuencias.

Al respecto, Espeche comenta: “Si el padre no tiene realmente convicción de hacer lo que dice, no debe decirlo porque el niño lo está midiendo”. Y agrega: “La salud del vínculo padre e hijo está basada en la confianza, que se mantiene siendo coherente con lo que decimos y hacemos”.

Si un chico actúa mal y fue advertido, tiene que tener una consecuencia inmediata y no hay que temerle a ser el malo de la película.

Hay que ser paciente para no decir más de lo que se debe y sólo prometer consecuencias que puedan ser puestas en práctica.

Si el niño vuelve a tirar la cuchara, no se le debe dar postre. Y hay que hacer cumplir esta “amenaza” tantas veces como sea necesario. Así, modificará su actitud.

“Si uno no cumple con lo que dijo que iba a suceder, su hijo no lo escuchará. Sabe que puede seguir y no habrá consecuencias”, afirma Espeche.

Los padres no deben contradecirse entre ellos

Si uno de los padres dice que los chicos se deben ir a la cama porque se portaron mal, el otro no puede desacreditar la orden.

“Tiene que haber sintonía emocional y ética entre los padres. Se puede meter la pata de vez en cuando, pero no pasa nada si el orden interior entre los padres es claro”, comenta el psicólogo. Y continúa: “El problema surge si esto se da sistemáticamente. Es grave cuando un niño percibe que la guerra entre órdenes es una guerra entre padre y madre”.

Cuando los adultos no están en sintonía es complicado porque los hijos saben que si no consiguen algo con uno, lo harán con el otro, sólo por la mera oposición entre ellos.

Hay que mostrarse como un frente unido ante ellos, así los pequeños tendrán un ordenamiento adecuado.

No premiarlos para que hagan algo

Muchas veces para conseguir que coman, vayan al dentista o accedan a quedarse con la baby sitter, los padres sobornan a los niños con juguetes o golosinas. El problema está en que cada vez que sea necesario que hagan algo, van a demandar este estímulo.

Según Miguel Espeche, el soborno a los hijos es algo típicamente argentino. Se enseña que sólo se hace lo correcto siempre y cuando alguien nos premie después (algo así como enseñar que somos justos porque nos van a dar una recompensa).

De esta manera, no se construye un conocimiento cabal de los chicos en cada hecho y no toman conciencia del beneficio de cada cosa.

“El padre deja de tener autoridad sobre su hijo y se la delega a la recompensa, que es la que lo hace cumplir con la acción. El niño termina siendo un mono del circo que sólo responde a estímulos para que avance”, opina.

La manera de hacerlo es persuadirlos diciéndoles frases de este estilo: “Mamá va a estar muy orgullosa si terminás la comida”.

No esperar demasiado para disciplinarlos

“Para que los niños pequeños aprendan la lección de algo que hicieron mal, tienen que poder vincular la consecuencia que le imponen los padres con su mala conducta”, afirma el especialista.

No sirve de nada dejar sin postre o mandar a dormir temprano a un chico que hizo algo malo muchas horas antes, ya que no recuerdan qué hicieron mal.

La penitencia por el mal comportamiento tiene que ser inmediatamente posterior para que lo puedan unir como acto-consecuencia.

No explicarles todo

“Explicarles las cosas para lograr que hagan lo que queremos no sirve  para los hijos y es un martirio para los padres”, afirma.

Si cada vez que queremos que se comporte de una manera se lo tenemos que explicar, el día que no tengamos una explicación, perdemos la autoridad. El chico es como un auditor que ve si es justo o no lo que dice el padre y ahí decide si lo hace o no.

El psicólogo asegura: “Es patético ver a un padre explicándole todo a su hijo como pidiéndole disculpas por disciplinarlo; degrada la figura del progenitor. De esta manera, el padre no se está haciendo cargo de la autoridad”.

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