Icosaedro

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2018-09-28

Liborio Méndez Zúñiga

 

Para mis sobrinos, de ambos bandos.

 

Bonifacio Malacara era un hombre sencillo, que vivía de la milpa y nada más. El oficio de labrador de la tierra le venía del bisabuelo, y tal vez de más lejos.  Apenas sabía leer y nada de escribir, sus rudas manos solo servían para trabajar de sol a sol. Facho –sólo unos cuantos lo podían llamar así- vivía en su mundo, su tiempo se regía por el sol y sabía orientarse por las estrellas. Era un hombre bueno pero callado y siempre dedicado a lo suyo. Su divisa era:

“Estátelo en tu casa y no te lo malorees”

Un buen día se llevó a Benilde, así nomás, porque se gustaban desde chamacos, y después plantó cara con su suegro y sus cuñados. La cosa no pasó a mayores, después de todo no había muchos partidos para la muchacha, a raíz de de que los hombres emigraban para el norte.

Cuando nació su hijo la madre murió, pero tuvo tiempo para hacerle el encargo de bautizarlo con un nombre muy especial, que hablara por su alma, corazón y vida. El padre viudo así lo prometió, y se tomó muy a pecho el último deseo de la moribunda. Menuda tarea buscar un nombre apropiado para el robusto varoncito que llegó al mundo llorando, previa nalgada de rigor de la comadrona de la comunidad.

Cada día que pasaba, por más que le pensaba el buen Facho se fue dando cuenta que poner un nombre a un niño no era tarea fácil. Había repasado los nombres de los parientes y amigos, y ninguno lo convenció. Cavilaba y comprendía que el nombre de uno de veras era cosa seria, y la promesa no iba a resultar tan sencilla y sí un quebradero de cabeza. 

La madre gestante le había anunciado con tiempo que sería un hijo varón, para que le ayudara en la milpa, porque estaba segura de que sería una buena persona con ellos y con los vecinos. Acariciando su barriga, con su voz cantarina le decía que su hijo sería casi un ángel. El reto ahora ponerle nombre para asegurarse que así fuera, menudo empeño.

Pronto se dio cuenta que tenía que buscar consejo, pero a quien preguntarle era otro problema. Primero se acercó a la iglesia, iba y se sentaba a escuchar, poniendo interés en los sermones, a ver si en ellos encontraba el ansiado nombre. Pero no, eran puras historia con nombres de santos.

Buscó al anciano del rumbo y le pidió ayuda. Luego, por la vereda se encontró al profesor de la escuelita, que nomás asistía tres días de la semana, y también le pidió orientación. De los consejos recibidos, Bonifacio vislumbró que la gente llevaba nombres que no decían mucho de las personas, que los nombres eran palabras, que lo mismo servían para hombres que para mujeres, con cambiar una letra o incluso sin cambiarla. Y más aún, ¡los bautizados como santos no llegaban ni a seminaristas!

El agobiado padre pensó en ir a la ciudad, pero luego pensó que de allá llegaban al pueblo algunos con nombres raros, como de otra lengua, válgame Dios. No señor, su hijo tendría un nombre que hablaría por su carácter, faltaba más.

En esas andaba Facho cuando un día vio a un niño salir de la escuelita llevando en sus manos una cosa de papel muy rara, como una cajita. El niño le dijo que era un tetraedro, que la nueva maestra les enseñó a hacerlos, y que eran de muchas caras. Facho corrió a hablar con la maestra y ella complaciente e intrigada le mostró el octaedro, ocho caras, pero el campesino quedó fascinado con el icosaedro de veinte caras. La palabra fue toda una revelación para Facho, era bellamente sonora, y lo que significaba era lo esencia, ¡veinte caras!

Dio las gracias a la maestra, que divertida no entendía el interés de su fugaz escolapio, quien salió a la carrera a pronunciar como iluminado ¡Icosaedro, Icosaedro, Icosaedro! Un nombre que al menos hablaría por veinte cualidades de su amado hijo.

Pero todavía habría algunos escollos por sortear. En el bautizo, el curita lo reprendió por ese nombre tan, tan, tan de juguete, y le dijo que le llamara Bonifacio. Claro que no, si ni a él le gustaba. Luego vio un almanaque, y cuando fueron al día que nació el chilpayate, decía “Anivdelarev”. Ni hablar, perdió el cura. Mi hijo se llamará Icosaedro porque ese nombre hablará por las veinte caras del alma, corazón y vida, como quería mi difunta Benilde.

Ese día vieron por la vereda a un campesino alegre, platicador y cantador. Lo vieron platicando con su maíz diciéndole que pronto las manitas de Icosaedro lo vendrían a cultivar, el niño de las veinte caras.

De pronto Facho recordó que su apellido era realmente Malacara, pero él decidió cambiarlo por Buenrostro, para no perjudicar con burlas a su vástago, de modo que lo registró como Icosaedro Buenrostro.

Pero le esperaban algunas consecuencias al buen Bonifacio por haber escogido semejante nombre. Un buen día llegó a su casa y ve de lejos a una niña un poco mayor que se despedía de su hijo con un cariñoso abrazo y diciéndoles “Cosita”. El padre quedó atónito y estupefacto. ¿Cómo era posible que le llamaran así a Icosaedro? Eso no era posible, no señor. Ese insulto solo podía provenir de reducir el rimbombante nombre a Cosa, y esa palabra designaba un titipuchal de objetos, y ¡además hacerlo diminutivo!

Lo primero era alertar y poner en guardia a su retoño, quien lo miró divertido y le dijo que no se preocupara, que solo la maestra y esa niña le decían así, pero de cariño. Santo Dios, eso no era posible, de ninguna manera, qué diría su santa madre allá en el cielo. O te llaman por tu nombre completo, o tú no contestas y punto.

Pasaron los años y el joven Icosaedro destacó como beisbolista en su escuela, cosa que regocijaba al feliz padre, quien un día fue a verlo jugar pero sobre todo escuchar como lo aclamaban. Era el poderoso cuarto bat de su equipo, y cada vez que pegaba un hit o un jonrón las gradas temblaban al grito de Ico, Ico, Ico, dejando mudo de asombro a Bonifacio, quien dijo para sí: primero cosita y ora ico, madre mía. Regresó a casa sin tener idea de cómo resolver el entuerto.

Más tarde el prodigioso muchacho destacaría en la pintura y se fue a la gran ciudad, empezó a recibir reconocimiento y su agente comercial decidió promoverlo con un nombre artístico, y como el muchacho se negó a desechar del todo su nombre, aceptó firmar como Fedro. El padre ya no pudo menos que aceptarlo, y se dijo, a fin de cuentas, le van saliendo las caras a mi muchacho, y mirando su milpa en el lienzo recién recibido de su hijo, musitó: Viejita linda, yo ya cumplí, ora te toca cuidarlo desde las alturas y a mi no me olvides que ya estoy cansado.

Fin.

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