Un maleante de malas

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2018-10-03

Liborio Méndez Zúñiga

Esta es una historia verdadera, de esas que solo ocurren en los sueños en el pueblo de nunca jamás. Dicen que los niños y los borrachitos siempre dicen la verdad, yo digo que los sueños también. Además, alguna madre ideó que se puede engañar a los niños con el Coco, para tenerlos sosiegos y mandarlos a dormir, debidamente atemorizados. El Coco y los Robachicos, eficaces controladores de los chicos inquietos y traviesos, que niños precoces ni talentosos, ni que nada.

En una ciudad no muy grande del Norte de México, la familia Bravo tenía una hermosa casita de madera de dos pisos, donde marido y mujer vivían con dos hijos, Odiseo, varón de quince años y Atenea, mujercita de 13. El padre, Tadeo, era agente de ventas, viajaba con frecuencia y la familia quedaba solo al mando de Aurora, la feliz madre de sus amados hijos. A veces se preocupaba de los días de ausencia de su marido, sobre todo cuando los niños eran pequeños.

El apuesto Odiseo además de buen estudiante era un apasionado del deporte de las tacleadas, y cada vez ganaba más independencia para convivir con sus amigos, por lo cual aquella terrible noche del asalto no estaba en su casa.

Llegada la hora de dormir, madre e hija se encaminaron a sus recámaras, ambas a seguir leyendo su libro de cabecera, lo cual es un decir, porque los celulares no dejaban de funcionar e impedían concentrarse en la lectura. Ninguna imaginaba la mala hora que se fraguaba a unos metros de su casa.

La casa tenía un buen cerco y puertas exteriores sólidas, además de las cerraduras de puertas y ventanas. No habían puesto cámaras de vigilancia todavía, aunque lo tenían pensado para fines de año. Podía decirse que era una casa segura, relativamente, porque ya se sabe que con talento depredador se hace de un valladar una ventana.

Era viernes y el joven tenía permiso para llegar un poco más tarde.

Al filo de las 10 pasado meridiano, aquella noche sin luna ni estrellas, cobijó en sus sombras la figura humana que de un salto cayó al jardín, y se quedó quieta, expectante, para comprobar si no había sido advertida su presencia. Pero la faena no sería pan comido. Rommel, un hermoso pastor alemán, algo percibió y desde la perrera, al otro lado de la casa, se puso en guardia y emitió sus gruñidos de alerta, que nadie escuchó, ni el agotado agente de ventas que terminaba su whisky doble en las rocas, para irse a descansar después de la jornada. Ese día pensó mucho en la seguridad de su familia en sus ausencias.

El intruso se deslizó pegado a la pared y justo en un ventanal del recibidor, cortó limpiamente el cristal, metió la mano enguantada y abrió la cerradura. Con tenis de goma empezó su silenciosa exploración para el robo. El perro cambió de posición y se sentó a otear el jardín justo en el porche, con el enemigo a sus espaldas.

Aurora entre sueños creyó escuchar algún ruido, pero no oyó los gruñidos de Rommel, de modo que acomodó la almohada y siguió en brazos de Morfeo. Atenea, aún con los audífonos del celular, terminaba su largo chat con uno de sus amigos, que se negaba a cortar la conversación.

La sombra humana, siniestra por su vestimenta negra en su totalidad, con gorra y malla para evitar ser reconocido, examinó rápido recibidor, comedor y cocina, en cámara lenta porque sus pisadas hacían rechinar algunas maderas del piso, y con eso no contaba. Uno de esos rechinidos volvió a alertar a Rommel, que olisqueaba frenético la puerta de entrada para definir el origen del ruido.

El avezado ladrón por esos impulsos raros que tienen los seres humanos, no pudo resistir la tentación de abrir el refrigerador, y para su alegría había un contenedor casi lleno de una bebida tipo refresco o jugo. La bebió de un tirón y casi se ahoga porque era algo avinagrado que le provocó tos, que tuvo que apagar con su guante y lágrimas acompañadas de mocos. Pasaron varios minutos para recobrarse de esta trastada. La ira obnubiló su mente, y un deseo fiero de venganza alteró sus planes. Este lance provocó descuidos, dejó abierta la puerta del refrigerador y la tenue luz fue percibida por el perro desde la ventana rota que ya había descubierto. Ahora si ladró, pudo ver la silueta doblada por la cintura que cerraba de un golpe el refrigerador, que en el movimiento brusco tiró algo de vidrio al piso que se rompió, un vidrio atravesó la desgastada suela del tenis y su pie izquierdo le sacó un quejido de dolor. Mala pata.

Aunque apagado, Atenea oyó al perro y el portazo apagado del en el refrigerador, así como el quejido del ladrón, quien recobrado empezó a subir con problemas por la escalera al segundo piso. La niña rápido verificó su cerradura y luego fue al celular a textear a su madre, cero respuesta. Se enfundó un pantalón y sudadera, sus tenis para correr y se dispuso a resistir al intruso o intrusos. El perro seguía ladrando y dando vueltas a la casa, buscando señales de vida de sus dueños. Entretanto y muy quitado de la pena, Odiseo concluía su noche de diversión y se dedicaba a repartir a sus amigos y amigas en el viejo Jeep que le había regalado su padre por ganar la temporada de futbol americano. La vida de color de rosa pronto cambiaría de color. 

El ladrón, enfurecido ya no cuidó sus modales profesionales, empezó a tratar de abrir todas las puertas sin dejar de sangrar por su pie, cojeando pero decidido a tomar lo ajeno y de paso venganza. El sabía que no estaban los carros, no estaban los hombres. Solo la madre y la escuincle. Ellas pagarían, claro que pagarían. 

De pronto se abrió la puerta de la habitación de Atenea, pero de ella ni sus luces. El ladrón tomó su tiempo y se agachó a buscar bajo de la cama y sorpresa, una bonita cajita de regalo con muchos chocolates. Glotón contumaz, tomó un puñado y se los llevó a la boca, sintiendo de inmediato una llamarada de fuego en lengua y garganta…¡los dulces estaban rellenos de chile! 

Con los ojos llenos de lágrimas y echando espuma por la boca, optó por bajar a la cocina por un vaso de agua y no había llegado a la escalera cuando pisó un patín que lo pone por los aires y rodando por la escalera hasta el piso; casi noqueado por los golpes y el batacazo, aunque oye unos gritos de auxilio afuera, y ve unos faros de coche en el frente de la casa. Rommel furioso ladraba hacia arriba del techo del pórtico, daba pecherazos contra la puerta de la casa, pero su obsesión mediante grandes saltos era proteger a su amita.

Odiseo, con un bat en mano entró como tromba ignorando al sujeto, y subiendo a zancadas la escalera, casi tumbando a su madre que por fin despertaba al episodio de horror que solo había vivido su pequeña. 

El ladrón se repuso en cuanto vio que su intento no solo había sido frustrado por el mismo y había que poner pies en polvorosa. Ahora la figura del pastor alemán era imponente, trató de eludirlo, pero el perro ya lo había sujetado de la pierna derecha, y ya sabemos que estaba herido del pie izquierdo.

Odiseo ya estaba de nuevo en el jardín y animaba a su hermana a que saltara, cosa que hizo y su hermano aguantó la caída y rodaron por el jardín. Entonces se escuchó el sonido de un balazo y luego los aullidos de dolor de Rommel. 

Al aviso de la madre, la policía ya estaba en escena y tenía dominado al ladrón, que en el último momento sacó su pistola y disparó al perro, pero se doblegó al verse rodeado por los hombres de la ley.

El final de la historia hubiera sido diferente si Odiseo decide enfrascarse en una lucha con el ladrón, cuerpo a cuerpo tal vez hubiera vencido, pero la pistola pudo ser mortal. Con  las manos manchadas ya de sangre, quien sabe qué suerte hubieran corrido la madre e hija, incluso Rommel. 

Este fue el sueño de un padre afligido soñando en un hotel. Pero ¿fue solo un sueño o pudo ser realidad?. El hombre afligido había perdido su familia en un asalto y el victimario solo dejó un rastro de sangre y un perro guardián agonizante.

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