Una cena con variedad

TINTA SANGRE / Luis G. Patiño

2018-11-20

Luis G. Patiño

Cuando era niño, con frecuencia mi madre salía al centro de la ciudad y me llevaba.

Los domingos a misa, luego a la Supertiendas por unos productos de primera necesidad y después al mercado por otros. Al terminar ahí, llevábamos las bolsas al Vocho '72 y después nos dirigíamos a GranD Obrero.

Antes de emprender el camino de regreso a casa, llegábamos a un estanquillo.

Ella sólo tenía educación primaria, pero le gustaba leer. Siempre tenía un libro pendiente. Una novela por lo general. Pero además buscaba publicaciones que le mostraran el mundo, datos curiosos, adelantos tecnológicos, descubrimientos científicos, arqueológicos, de todo un poco.

A mí me señalaba dónde buscar contenido para niños y elegía Memín Pinguin. Se nos iba toda la mañana en eso.

A media semana volvíamos una que otra vez por algo de fruta o verdura, a reparar un reloj, a comprar un remedio en La Popular. No faltaba qué hiciera falta.

Y es curioso que aunque lo parezca, lo que acabo de escribir nada tiene qué ver con ella ni conmigo, ni con la lectura.

Más bien intento expresar que pasábamos mucho tiempo en el primer cuadro de la ciudad y de todo lo que mis ojos primerizos veían, destacaban y al mismo tiempo se hicieron comunes dos grupos de personas que eran diferentes a nosotros. Me refiero a las caravanas de adultos norteamericanos retirados, y a los popularmente conocidos como "menonitas".

Los primeros, que ya no se ven más por estos rumbos, o al menos no me los he topado en mucho tiempo, eran por lo general gente muy mayor, de mirada amable, socializaban o lo intentaban. Me agradaban.

Los segundos, por otro lado, eran familias jóvenes.

Los veía muy cerrados.

Tan solo con su forma de vestir (destacaban una prenda y dos accesorios: overol y cachucha ellos; sombrero ellas) y sin experiencia alguna de mi parte percibía que no tenían intención alguna de interactuar más de lo necesario con la población local. Su mirada y expresión facial, las pocas veces que las dirigieron hacia mí, me parecían no más que una fría casualidad. Siempre hablando en su idioma, y conduciéndose como si el resto del mundo no existiera.

A los veteranos americanos al menos les escuchaba intentar hablar bien el español.

Pasé mi adolescencia, llevo en números cerrados dos décadas como adulto y sigo viendo a los menonitas, porque su situación migratoria es diferente supongo: no están aquí en calidad de turistas. Pero han cambiado un poco y ello me sorprendió mucho. 

No sé cómo sea para quien lee esto. Para mí, fue toda una sorpresa.

Dos adultos, padre e hijo al parecer, llegaron a un local de comida rápida en el que ya me encontraba. Se colocaron de espaldas a mí, como a dos metros. No puse atención cuando pidieron su comida, pero sé que era para llevar porque esperaban de pie.

Conversaban en su idioma. Nada extraordinario hasta ese momento.

Yo disfrutaba mi comida-cena con algo de prisa, dado que se aproximaba la hora en que empezaría a trabajar de nuevo.

Entonces llegó un enorme camión refresquero. 

Sus ocupantes bajaron para dejar envases llenos y llevarse los vacíos. Antes, uno de ellos se acercó por la espalda al más joven de los rubios y le dio una palmada con mucha familiaridad en el brazo derecho.

El muchacho se volvió, lo reconoció de inmediato y soltó un espontáneo y perfecto "¡Qué onda señoooor! ¿Cómo has estado?", mientras, sonriendo, se inclinaba un poco y estrechaba la mano del empleado.

Dejé de comer por un momento. Ellos intercambiaron algunas palabras más. Ya no puse atención a lo que escuchaba.

Empecé a observar y luego a pensar.

Era español lo que oí y de no ser porque estaba viendo quién lo hablaba habría pensado que era un mexicano más (probablemente haya nacido y crecido aquí y lo sea ante la ley, pero esto no es lo primero que uno deduce).

El hombre mayor miraba la escena atento, tranquilo, abierto al saludo.

Cuando se despidió el cargador, padre e hijo retomaron su diálogo y tras cumplir su tarea en aquel negocio, los hombres que habían llegado en el camión subieron a él.

El menonita de más edad los siguió con la mirada desde que quien los había saludado llamara de nuevo su atención con un "¡Nos vemos!" y se apresuró a alcanzarlos.

El joven volteó para conocer la razón o simplemente contemplar  la escena, no estoy muy seguro.

Sin haber girado la cabeza, escuché, también en un español perfecto:"¿No le estorbo? ¿Sí la hace para salir?", y una vez que le confirmaron que podían maniobrar, el padre retornó con su hijo.

No sé si la impresión que tenía previamente se debía a mi edad, lo que veía entonces y lo que me decían otros adultos sobre ellos. Pero ese casual suceso cambió de golpe mi percepción al respecto.

Fui conciente hasta entonces de que hacía ya un tiempo que los menonitas habían dejado el overol, las cachuchas y los sombreros, y ahora no sólo dominaban nuestro idioma, sino también el acento norteño; interactuaban y eran considerados.

Me retiré reflexionando sobre cuánto ha cambiado parte de mi entorno sin darme cuenta por distraido.

No obstante, en ocasiones como ésta encuentro interesante el ser despistado, pues es como descubrir un mundo nuevo o saltar a una realidad alterna, en la que algunas cosas son distintas.

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