Por mis canciones sabrás

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2018-11-24

Liborio Méndez Zúñiga

Así dice una canción popular, “Por mis canciones sabrás cómo me la ando pasando, mal pagadora de amores, ando en el mundo probando”. El amante mal correspondido así declamaba a su Dulcinea el mal de amores que le provocaba. Y agregue usted cientos de canciones de miles de malqueridos que lloran penas de amores a pesar de la enorme distancia, porque yo para arriba volteo muy poco y tu para abajo no sabes mirar.

Si usted es del siglo pasado, en su infancia supo del mundo a través de la radio, por supuesto de baterías o pilas, hubo un tiempo a mediados de los cincuenta en que la canción vernácula hermanaba la nación, y uno se levantaba y acostaba oyendo rancheras en la Voz de la América Latina y las radiodifusoras locales. La audiencia era rural, el setenta por ciento de los mexicanos vivía en el campo, ahora reside en las ciudades.

Un recuento rápido me hace recordar Cuatro milpas (aquella casita tan blanca y bonita, lo triste que está) que anticipaba el éxodo rural de millones de campesinos a pesar del Milagro Mexicano; o el lamento de Borrachita me voy para la capital, y cómo olvidar Canción Mixteca, del combatiente herido en campaña que añora y suspira por su tierra del Sol.

De ese talante, de mi estancia en Chapingo, justo en el vigésimo aniversario del Colegio de Posgraduados (1979), atesoro en mis recuerdos haber escuchado a Lupita Pineda entonar Jacinto Cenobio con el Grupo Sananpay: “En la Capital, lo hallé en un mercado, con su mecapal descargando un carro”.

Fue una experiencia reveladora de la tragedia humana del campesino, la historia cantada del hombre que deja su parcela para irse a vivir a la gran ciudad. Un ahijado lo busca y lo encuentra pero no lo convence de volver, porque: “Murió su madrina, la Trinidad, los hijos crecieron y donde están…perdí la cosecha, quemé el jacal”. 

La letra es elocuente: “sin lo que más quiero, que más me da, cobija y sombrero serán mi hogar, por eso mi ahijado regrese en paz y a nadie le cuente que estoy acá”. Ay, Jacinto Cenobio, Jacinto Adán, si en tu paraíso solo había paz, yo no se que culpa quieres pagar, aquí en el infierno de la ciudad. Por eso dicen que para saber quien es quien hay que cantar los corridos, que no es el caso, pero es lo mismo.

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