¿Por qué escribo?*

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2018-12-05

Liborio Méndez Zúñiga

Lo primero es lo primero, es decir saber leer las cinco vocales y luego el abecedario, lo cual debiera ocurrir con la educación básica, antaño incluso con unos cuantos grados de primaria, y luego incluida la secundaria que ahora es básica. Si se tuvo el privilegio de cursar bachillerato y además terminar una licenciatura, hombre pues usted es un “licenciado”, un “leído”, un “letrado” que tiene todo para poder escribir, hasta con título y cédula profesional. Ahora que si es de la especie que tiene un posgrado, usted es “académico”, ya escribió su primer intento de libro con la tesis, si además ya plantó un árbol y tiene un retoño, caray, usted es candidato a ser escritor, obligación cívica si su comunidad es de analfabetos funcionales.

Habrá por cierto los autodidactas que sin pisar las aulas saben leer, escribir y hasta hacer cuentas, pero acá nos referimos a los que estudiaron, a quienes la vida y el trabajo les lleva a tener que leer libros y documentos, y a tener que redactar informes utilizando lenguaje ordinario y técnico de su oficio o profesión. Si usted es jubilado, haga cuentas sobre el número de cuartillas que escribió en 30 años por su quehacer profesional, y aquí los abogados se cuecen aparte. Sin embargo, una cosa es escribir por razones de trabajo y otra es escribir sobre lo que a usted le de la gana: una carta personal, una petición, un poemita, un relato, un cuentito, un ensayo y por qué no, su autobiografía, tal vez novela. 

En mi propia experiencia, el intercambio epistolar con familiares y amigos creo que contó mucho para escribir a mano, actividad en desuso, pero el correo tradicional fue formativo para mi generación cuando solo existía el telegrama (malas noticias) y el teléfono (urgencias), y sin dirección postal a veces, pero el cartero llegaba con las misivas, aunque a veces llegan cartas con sabor a lágrimas… Pero si la palabra hablada es connatural al Homo sapiens sapiens, la palabra escrita sea para comunicarnos con los demás, ya sea dogma, precepto o norma, es vehículo del espíritu, de la conciencia, de la voluntad humana, de la razón y la sinrazón. Cuando hablamos o escribimos, la palabra puede apelar a la esperanza o herir como el filo de una espada. 

Tal vez se tuvo la experiencia infantil y juvenil de la declamación, del teatro y la poesía coral, sin olvidar los torneos de oratoria, incluso discursos de otros o propios, a la manera del tenor que imita la gutural modulación del bajo, entonces se es más propenso a tomar tinta y papel para plasmar pensamientos, emociones y sentimientos, es decir, sus filias y fobias, sus quereres por escrito antes usted y ante propios y extraños. 

Escribir, ese paso existencial para intentar y atreverse a decirle al mundo aquí estoy, de donde vengo, para donde voy, esta persona soy, hurgando en mi memoria para conocerme y compartirme con mis virtudes y defectos. Total, que no soy monedita de oro.

Por eso importa reflexionar sobre los motivos de los que escriben sobre sus luces y sombras, hurgando en su ruinosa o luminosa existencia. Si alguien dijo: Pienso, luego existo, tal vez tenga sentido parafrasear con Como leo, luego escribo, por eso es que existo. 

*Dos palabras para el Grupo Te de Leer de Cd. Mante.

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