Lunes de reflexión

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2018-12-09

Salomón Beltrán Caballero

Un buen día,  cuando tuve el privilegio de ser facilitador en una universidad privada, abordamos el tema de las características de las relaciones humanas, específicamente las de pareja, y me preguntaba uno de mis alumnos cuál era la diferencia entre dialogar y discutir en una relación entre una mujer y un hombre que tienen vida conyugal. Por unos instantes me quedé pensando cuál sería el verdadero interés del joven sobre estos conceptos, así es que le pedí me ampliara un poco más sobre el particular y me contestó que él no veía ninguna diferencia en los dos conceptos, porque en una relación matrimonial se pasa muy fácilmente de uno a otro y con el tiempo se hace costumbre. Entonces le pregunté un poco fuera del contexto: 

 -¿Qué estamos haciendo usted y yo en este momento?

-Dialogando, -me respondió- pero a nosotros no nos une una relación conyugal, de ahí que por eso en este caso sí podemos seguir en la línea del diálogo.  

-¿Y en qué momento cree usted, -le dije- que entre nosotros se pueda pasar de un dialogo armónico y cordial a una discusión que puede denotar aspectos rígidos, incluso violentos?  

_Tal vez cuando no estemos de acuerdo en lo que estamos tratando.

_¿Y esto lo consideraría normal o anormal?

_Desde luego que normal, pero de muy mal agrado.

Sí, efectivamente, las discusiones suelen ser desagradables o se pueden tornar desagradables, sobre todo, cuando se pierde de vista que cuando se inicia un diálogo, no todos podamos estar de acuerdo con la otra persona, de ahí que no debemos de perder la congruencia y debemos de privilegiar la tolerancia. 

Todos tenemos derecho a  disentir cuando no estamos de acuerdo con un tema, pero debemos de respetar la opinión de los demás, nos agrade o no; además debemos de tomar en cuenta que en muchas ocasiones,  entre los cónyuges, existen elementos previos predisponentes y de un diálogo en apariencia saludable, surgen los resentimientos y se aprovecha la ocasión para decir todo aquello que se ha callado, tal vez por no existir mucha confianza o por el temor de desatar una tormenta.

“Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo” (Esta frase se le ha atribuido a Voltaire, pero en realidad la utilizó Evelyn Beatrice Hall, biógrafa británica del autor francés, en el libro “Los amigos de Voltaire” que se publicó en 1906)

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