Anécdotas de un becario del CONACYT

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2019-03-17

Liborio Méndez Zúñiga

A mediados de los años setenta, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) no era un tema de la prensa y por tanto no era noticia para los mexicanos. Fue creado para otorgar becas de posgrado y así se la pasó unos treinta años, conformando una masa crítica más bien raquítica para resolver los problemas nacionales, como ahora se le exige en la incomprendida Cuarta Transformación. 

Lo que contaré son experiencias personales vividas a lo largo de mi carrera en la vida universitaria y también un consejo estatal de ciencia y tecnología. Son meras anécdotas que no pretenden evaluar el cometido del CONACYT, para lo cual la propia academia se pinta sola, si bien sigue concentrada en la CDMX.

Era yo estudiante de licenciatura a mediados de los setenta y entre otros destinos pensaba en realizar una maestría, sabiendo que existían becas para lograrlo. Mi primer roce con posgraduados fue con algunos de mis maestros, y era notable la diferencia. El segundo acercamiento fue en mis dos veranos de campo en el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA), en Río Bravo, Tamaulipas. La ayuda para pasajes corrió por cuenta del Patronato para la Investigación y fomento de la sanidad Vegetal (PIFSV).

Sin embargo, no fue hasta tener contacto con científicos del Colegio de Posgraduados que pude definir mi interés en una maestría en Divulgación Agrícola, previa experiencia de campo como extensionista de dos años, lo cual era requisito para ser candidato al programa. Aplicar a la beca era entonces independiente de la admisión a la institución elegida, y en mi caso se dio la situación de hacer solicitudes en paralelo, contra fechas límite para cumplir con ambos procesos de gestión, a punta de teléfono, telegramas y visitas, desde Ciudad Victoria a Chapingo y la CDMX. ¡Por poco me desanimo y desisto! En octubre de 1978 recibí la aceptación de la beca, y con ella pude cursar mi maestría en el Colegio de Posgraduados. Esa experiencia formativa cambió mi vida, para siempre.

En otra etapa conocí los servicios del CONACYT en la búsqueda de fondos para proyectos de investigación, teniendo el privilegio de ser pionero en la UAT al dirigir una investigación en el esquema de Riesgo Compartido, para transferir tecnología en el cultivo de maíz con la Asociación de Usuarios Rio Blanco del municipio de Hidalgo, Tamaulipas. Cabe aquí mencionar que personal de la entonces Dirección Adjunta de Modernización Tecnológica del CONACYT se dio tiempo no solo para conocer los proyectos sometidos sino también para discutirlos a detalle con los investigadores y finalmente autorizarles el recurso. No tengo duda que ese apoyo fue el pie de casa para darle vida a una línea de investigación en maíces criollos que llevó al Instituto de Ecología Aplicada a generar un banco de germoplasma, gracias a los trabajos del investigador M.C. Manuel Garza Castillo.

Lo anterior me lleva a referir que en ese Instituto vino a colaborar el Dr. Carlos Gutiérrez (QEPD) invitado por la UAT dirigirlo, dada su formación y experiencia como colaborador del Dr. Gerardo Bueno Ciriòn, primer Director General del CONACYT. 

En otro momento, volví a tener contacto con el CONACYT a raíz de la creación del Consejo Tamaulipeco de Ciencia y Tecnología (COTACYT), fundado en el sexenio de Américo Villarreal Guerra, y encargado a un equipo de investigadores de la UAT, entre los que fui incorporado en 1989.

La gestión de la actividad científica y tecnológica en Tamaulipas se intentó de manera coordinada con la entonces Delegación Estatal del CONACYT, al frente de la cual estaba el Ing. Enrique Vargas Rivas. Una primera tarea fue la elaboración del Inventario de Investigadores de nuestra entidad federativa, primera película en blanco y negro del personal que realizaba algún proyecto de investigación en las diferentes áreas de la ciencia. 

Vendrían luego los sistemas de investigación regional y la creación de los Fondos Mixtos y Sectoriales por parte del gobierno federal, en un renovado compromiso de aliento a la ciencia, tratando de involucrar a los gobiernos estatales e incluso municipales. En las últimas décadas, y aunque todas las entidades cuentan con un consejo estatal, no se ha podido remontar el uno por ciento del PIB para atender las ingentes necesidades del aparato científico y tecnológico nacional.

En varias ocasiones han sesionado en Tamaulipas los titulares del CONACYT, ya sea para actos fundacionales o en giras presidenciales, sin pena ni gloria. Tocó al Dr. Manuel V. Ortega inaugurar el COTACYT y en una reunión de José López Portillo con agricultores lo acompañó el Dr. Edmundo Flores, quien se llevó la de ocho cuando explicó el fenómeno de las sequías en el país, ante agricultores del Distrito de Riego 025, que pedían más apoyos para el sector y se quedaron pasmados con su disertación, mientras el Presidente dibujaba ¡sus esbozos de equinos!

También viene a mi memoria, porque lo presencié, una intentona de venderle al Director General la creación de un Instituto en alimentos, por supuesto con el presupuesto correspondiente. Su respuesta rápida y lapidaria fue que la UAT solo era reconocida por sus esfuerzos en ciencias agropecuarias, que asì la veían en México las capacidades de la máxima casa de cultura, ergo, cualquier propuesta seria tendría que retomar y fundamentarse en ese campo, y más considerando el declive del INIFAP. En efecto, el funcionario tenía razón pues la mayor parte de los posgraduados con becas de CONACYT en esos años (2000) correspondían a ciencias agropecuarias.

En el marco de reuniones de la Red Nacional de Organismos y Consejos Estatales de Ciencia y Tecnología, A.C. (REDNACECYT), y sus titulares con Carlos Bazdrech como Director General del CONACYT, se dieron más desencuentros que acuerdos de sinergia entre los dos órdenes de gobierno, ya que el funcionario estaba convencido que otorgar más recursos a los fondos mixtos era exponerlos a las asignaciones discrecionales de los gobernadores. Tal vez era pitoniso, pero no andaba muy errado el hombre.

Y bueno, tal vez el cierre obligado de estas anécdotas, sea el escándalo del funcionario que nombró el Presidente Ernesto Zedillo, Fausto Alzati, sin grados académicos, mejor conocido como Falsati. Sin comentarios.

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