Mala pobreza limosnera

ANECDOTARIO / Javier Rosales Ortiz

2019-10-16

Javier Rosales Ortiz

A mi bello nieto de apenas 5 años lo llevaba sentado en mis piernas mientras su abuela manejaba su auto a menos de 30 kilómetros por hora y le dije a mi pequeño: “Mira eso”.

El levanto su carita, abrió más sus ojitos y me dijo sorprendido: “Es un bebe”.

Frente a nosotros una mujer vestida como indígena hincada en el caliente pavimento se apoyo con sus manos y sobre su espalda se trepo otra fémina que llevaba colgado a un niño de no más de siete meses amarrado con un rebozo. 

Ambas apenas se podían sostener y el niño se balanceaba y movía sus manitas como para contribuir con el difícil equilibrio. Tal vez asustado o a lo mejor divertido aunque no lo creo, porque el solazo era insoportable.

Terminaron rápido su aportación artística o tan necesaria para sobrevivir y a la mujer del niño mi esposa le hablo y le entrego unas monedas, mientras que mi nieto hacía lo imposible para poder mirar de cerca al bebe que se retorcía sobre la espalda de su mamá.

La señora contó el módico capital que se le entrego y sonrió y dio las gracias. “Si todos fueran así no nos faltaría la comida”, nos dijo. 

Es un caso más de los millones que hay en México, porque no es extraño toparse aquí, en Ciudad Victoria, capital de Tamaulipas, con vagabundos, gimnastas, malabaristas, payasitos, señoras que venden chicles, lisiados y viejitos malgastados que suplican una caridad en las principales avenidas.

Pero aquí hay algo además que en verdad captó mi atención.

Un joven de tez aperlada, bien peinado y vestido con ropa un tanto regular, se acerco a mi auto en una céntrica avenida y me mostró una credencial de un prestigiado centro universitario tamaulipeco.

“Señor, por favor ayúdeme, no tengo dinero para pagar la renta porque soy de fuera y no quiero abandonar mi carrera universitaria por falta de recursos”, comentó en voz baja.

De su cuello colgaba la credencial y era él, un muchacho que se notaba serio, culto, inteligente y, muy desesperado.

Le entregue un billete, se persignó y me dio la mano, para después decir: “Gracias Don. No le voy a fallar”.

En lo personal se lo que es eso y, cómo no, si lo peor que me paso en la UNAM como humilde universitario fue comer tacos de la basura, tras tres días de ayuno obligado por falta de billetes. No me da vergüenza ello, pero tampoco me siento orgulloso de haber formado parte de esa penosa aventura.

Y aquí sigo, con una carrera universitaria que me apasiona y, hoy por lo menos, le cae algo de alimento a mi tripilla, como dicen los españoles.

Ese muchacho, por obvia razón, no pertenece a una universidad privada local y tal vez no sea el único que hoy prueba el sabor de la pobreza como consecuencia de la masacre financiera que aplica el nuevo gobierno federal en perjuicio de los centros educativos oficiales y de gran prestigio.

Una mala y mañosa política con la que juega un personaje de nombre Andrés Manuel, quién borro de su mente aquellas etapas de rebelión que lo decoraron inclusive en sus tiempos de estudiante, un sector importante con el que ahora se ensaña.

Aquí la Universidad Autónoma de Tamaulipas y su rector, José Andrés Suárez Hernández, hacen lo suyo, pero tampoco escapan de la rara y locuaz política financiera que lanza el gobierno federal para fregar a un entregado estudiantado.

El caso de este estudiante sería uno más, pero es el primero aquí que conozco y da pena que un joven universitario se vea obligado a pedir limosna.

Va para ti “PEJE”, y busca apartarte de aquello que dice. 

“Primero muerto, que sencillo”.

Correo electrónico: tecnico.lobo1@gmail.com   

Derechos Reservados © La Capital 2020