Las mil y una anécdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2019-11-02

Salomón Beltrán Caballero

Soy un convencido de que los abrazos son realmente curativos, aunque he de reconocer, que hay abrazos que se quedan en el intento, porque son tan superficiales que apenas llegan a rozar el cuerpo, pero hay otros que son tan profundos, que sientes cómo te abrazan el alma, de estos últimos, no me he podido olvidar y puedo asegurar, que mi respuesta al recibirlos fue también de tal intensidad que llegué a reconocer en ello el verdadero y único amor, ese que llevamos en el corazón y es imposible de extraviar aún en las grandes confusiones y tormentas que enfrentamos en la vida. El primer abrazo lo recibí de mi madre, apenas había dejado su cálido vientre y sentí cómo me volvía a fundir a su cuerpo con una ternura y un amor incuestionable, desde ese momento supe que jamás podría separarme de ella; cosa curiosa fue sin duda que el segundo abrazo lo recibí de mi abuela, que era como una continuidad de su propia vida con la mía. Pasarían mucho años para sentir de nuevo esa extraordinaria sensación de fundirme con el corazón a otra persona, y por extraño que parezca, el abrazo lo recibí de otra mujer, aquella que entre muchas se significaría por ser la elegida para compartir mi vida desde mi adolescencia hasta mi vejez; entonces pensé que los hombres éramos poco afectivos, porque mi padre, mis hermanos´, incluso mis amigos, no acudíamos al abrazo para demostrar nuestro afecto, pero eso cambió cuando nacieron mis hijos y después mis nietos, quienes hasta la fecha no tienen vergüenza de demostrar el  amor que nos une. 

Ha habido ocasiones en que he recibido abrazos del alma de manera espontáenea de parte de personas que se cruzan en mi camino, seguramente tienen un espíritu como el mío, que vive con esa necesidad de recibir el verdadero amor, el amor que nos enseñó nuestro Señor Jesucristo.

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