Las mil y una anecdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2020-02-14

Salomón Beltrán Caballero

Hace quince años escribí el presente artículo, apreció de pronto de la nada, precisamente un día tan significativo como el día del amor y la amistad, tal vez como un recordatorio de lo que a muchas madres les ocurre a pesar de profesar un amor incondicional a sus hijos.

La tristeza me condujo hasta el sitio del descanso eterno de los cuerpos. Llamó mi atención un abandonado mausoleo con una figura de yeso ennegrecida, el tiempo y el  descuido,  casi  borraron  las facciones de lo que parecía la imagen de una virgen; curioso me acerqué y pude contemplar que entre las manos que piadosamente parecían dirigir al cielo una oración, presionado se encontraba un maltratado e ilegible documento parecido a una carta, temeroso de que al tomarlo se fuera a deshacer, presté cuidado y así lo puede desprender de su custodia, sorprendido de que el contenido del sobre, aún podía ser leído, busqué el descanso al pie de la sombra de un tejado; pude distinguir entusiasmado que el escrito era de una madre dirigido a su amado hijo. Permítanme, con respeto, dar a conocer su contenido, la carta decía así:

Amado hijo, apenas mis manos temblorosas pueden expresar en esta carta lo que me hubiera gustado decirte hace mucho tiempo y es que los años y los días pasan sin que podamos darnos cuenta de todo lo que debimos en su momento comprender. Parecía que nunca me haría vieja y que tú nunca crecerías, que serías por siempre mi niño, mi pequeño, mi adorado hijo, siempre te traté así y en mi inocente ignorancia no noté los cambios que a tu vida llegaban, de pronto, no te podía conformar con nada, tus rabietas y exigencias para mí estaban por demás justificadas, cómo podría ser de otra manera, si eras todo para mí. Al principio me alzaste la voz y mi corazón todito se partió en pedazos, pero cómo podía yo, no soportar el dolor que me causara uno más de los corajes de mi  hijo amado, ¡para eso está la madre!, para aplacar todos sus embates, porque seguramente que mi niño es así porque no pude darle todo para que fuera feliz. Después vinieron los golpes, pero me dolían más sus hirientes palabras que como puñales atravesaban mi frágil humanidad, ¡pero qué más da, para eso tiene mi niño a su madre, para que desquite todo su coraje!… pero qué tienes mi niño… por qué lloras… perdona que no haya sido yo una buena madre, déjame enjugar tus lágrimas, que nadie te vea llorar, no quiero que la gente piense que no eres un hombre… vamos hijo, desquítate una vez más, mi cuerpo aún resiste el combate del guerrero que llevas dentro, mientras mi vida te sirva de consuelo, desquítate mi niño, golpea fuerte, tal vez, en uno de esos golpes me des la muerte, entonces hijo mío, habrás saciado el rencor que te hizo suponer, que fui culpable de tu infortunio, por la falta de un padre que nunca llegaste a conocer.

Hoy hijo, la edad me lleva consigo, no tus golpes, pero si algún día regresas a buscarme y a mí, el destino no me dé un hálito más de vida para volverte a ver, búscame hijo en el sepulcro frío y recoge esta carta que entre mis manos he de guardar hasta que tú llegues y puedas así enterarte, que ni muerta te he dejado de querer.

Conmovido por la confesión de aquella madre, pensé en lo ingrato que he sido con la mía, sí, en mi madre, la mujer tan fuerte del ayer, la que me sacara una y mil veces de mi inconsciente proceder, la que al principio se escondía para que no la viera llorar, porque quería que la viera siempre fuerte, mi madre, mi guía, la que condujo mi nave, que parecía que se hundía, la luz bendita que iluminaba mis noches y me rescataba de esa terrible pesadilla de no tener cerca, a un padre; mi madre, que hoy el tiempo quiere vencer con sus achaques y que yo indolente, contemplando esa lucha desigual e infame, dejo que la tristeza, más que la misma enfermedad me la arrebate. Mi callado proceder, es tan vil como el de ese hijo, sí, el de esa madre que dejó en su tumba una carta de amor.

Perdóname madre, le diría el después  aquel hijo arrepentido y sentenciaba: Qué bueno que Dios te dio un sólo hijo, no me imagino verte padecer por la infamia del desamor del hierro mortal de diez puñales.

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