Miénteme más, que me hace tu maldad feliz

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-02-22

Liborio Méndez Zúñiga

Ahora que se puso como nunca de relieve la corrupción en el imaginario popular, vale la pena pensar en ese otro deporte de la vida nacional que todos practicamos desde que tenemos uso de razón. Si revisamos la vida cotidiana, no hay día de nuestra vida buena que no faltemos a la verdad, sabiéndolo para nuestros adentros, así se trate de mentiras inocuas, en cuyo caso usted pasa al menos por embustero.

Los niños, ya se sabe, aprenden por repetición, imitación y comparación, de modo que pronto aprenden a decir mentiras para evadir sus deberes, copiando los decires de abuelos y padres para no lavarse los dientes o evitar un correctivo. Los jovencitos mienten a sus padres que mienten a sus vecinos y autoridades, los trabajadores y patrones se mienten mutuamente en aras del salario y la productividad, pero los campeones profesionales del engaño son los publicistas y los banqueros, en aguerrida competencia con los políticos profesionales.

Se miente para salir del paso, para ocultar una realidad personal y quedar bien, aparentar lo que no es, pues. Se miente para seducir al otro u otra, ocultando la magra belleza de cuerpo o espíritu. Si se miente por estricta necesidad, y de repente hasta escamotea lo ajeno, la costumbre puede hacer al ladronzuelo y de mentira en mentira puede hacerse bandido de altos vuelos.

Ahora bien, mentir desde el conocimiento ordinario por no tener escolaridad, sería hasta comprensible pero no tolerable por el fiel de la balanza, porque es autoengaño, se puede mentir al prójimo pero nunca a sí mismo, el que la debe la paga, tarde que temprano, recuerde a Pedro y el lobo.

Luego entonces, puede conjeturarse que los seres humanos tenemos un asidero en la mentira, de buena o mala fe, en un pacto social de “miénteme más, que me hace tu maldad feliz”, como dice la canción popular. Oiga usted, póngale cuidado a lo antes dicho, porque de la mentira contumaz a la corrupción a secas, es decir la que viola la ley, que llevó a un presidente a reconocer el orgullo de su nepotismo y proponer que “la corrupción somos todos” y a otro a reconocer que es un problema cultural.

Si esto le hace sentido lo invito a hacer una taxonomía de la mentira, por supuesto de las dichas por usted en el propio seno familiar, las que aprendió de niño y vivió de joven y ciudadano. Descarte de entrada las mentiras de los magos y los cómicos, que viven de la ilusión y el engaño con sus trucos y trivias. Por supuesto que el Guasón se cuece aparte, ya ven como hace sufrir a Batman.

Pero de la engañifa menor e inocente, el niño puede pasar a las “cartas marcadas” y si no lo paran, hacerse timador profesional y no solo con los naipes, o sea desde coyote ruin hasta bróker de cuello blanco, aunque no se apellide Lozoya.

Clasificación aparte merecen las mentiras piadosas de la tercera edad, que nos hacen más llevadera la recta final, para asumir roles de protección de hijos y nietos, suavizando los golpes de la vida, la pérdida o los otros pecados capitales de los que habla el filósofo Savater 

Pero en general, consideremos que las mentiras piadosas, bálsamo para el alma, eluden el problema o lo enmascaran para ganar tiempo o evitar el dolor de no ver la luz al final del túnel, por algo rifa la sentencia de que mientras hay vida hay esperanza.

En el mundo del trabajo, de los oficios y las profesiones, también está presente la mentira, y no solo por la falta de medición, cuando ha avanzado tanto la tecnología para ser precisos, y resulta que medimos con cuartas o a pasos, hágame usted el favor. Pero esto serían mentiras técnicas o profesionales, o incluso de los expertos, es decir, mentiras calificadas por tener una patente para afirmar verdades absolutas, irrebatibles, y si la mentira no coincide con la realidad, peor para la realidad.

Otra categoría especial son los embaucadores y predicadores, que son mentirosos entrenados y con estatus para amansar feligreses o llevarlos al fanatismo, y si no lo cree abra los periódicos, esos que hacen investigación periodística. Vaya, nomás calibre eso de prometer el Cielo y en la tierra practicar los pecados más infamantes.

Todos los asertos anteriores y otros, apuntan a que en nuestra sociedad hay profunda raigambre de la conducta de mentir, así sea diciendo medias verdades, pasando por la Carta Magna o si prefiere el Derecho Canónico o el Corán.

En definitiva, asumimos a la mentira como parte del discurso cotidiano en todos los planos de la vida incluida la muerte (QEPD), es decir, la aceptamos como parte inextricable del contrato social, desde el matrimonio al patrimonio, desde el acta de nacimiento hasta el certificado de defunción, pasando por su pasaporte y credencial de elector. Yo miento, consciente de que el de enfrente también miente, para acabar pronto. Y gana el que tenga más saliva porque traga más pinole. Pudiera decirse que mentir es el arte de negociar las medias verdades de las partes.

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