Las mil y una anécdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2020-03-20

Salomón Beltrán Caballero

Uno de mis más grandes anhelos después de trabajar más de 25 años, era llegar a los 30 años de antigüedad laboral para jubilarme y estar más tiempo al lado de mi familia; mas no por estar inmerso, como estaba en ese tiempo en el trabajo, dejaba de sentir dolor por no estar junto a ellos, y sentir tristeza, porque muchos eventos importantes de su vida, los disfruté a medias, y por ello me sentía insatisfecho. Al llegar a la citada edad de jubilación, ya dos de mis hijos se habían casado y hasta procreado, sólo nos quedaba en casa una de nuestras hijas; cuando expuse ante mi familia la posibilidad de jubilarme, no pareció del agrado a ninguna de las partes, mas, me importaba sobremanera la opinión de mi esposa, pero ella no me dio una respuesta contundente para dejar de trabajar, de ahí que pospuse mi retiro, y me  esforcé para estar más tiempo con ellos, pero seguía observando que  mi participación en la familia continuaba siendo limitada, sobre todo en la toma de decisiones importantes, y lo que encontré fue que por estar tanto tiempo dedicado al trabajo, parecía que ahora sólo formaba parte de un concepto de familia, que funcionaba mejor sin mí, desde luego, que cuando expuse mi inquietud en ese sentido, nadie estuvo de acuerdo en mi apreciación, es más, hasta me trataron de animar para que me jubilara y me recluyera en casa, les dije que lo iba a pensar, pero cada vez me convencía más de que mi familia se acomodaba mejor sin mí y resolvían sus necesidades de una manera muy práctica, siempre aludiendo que todo se hacía por amor: Amor de madre por los hijos, amor de hijos por la madre, amor de la madre por su familia de procedencia, y cuando preguntaba por el amor por el esposo, o por el padre, todos criticaban mi manera de percibir las cosas, de hecho, me dejaron entrever que era un tanto egoísta; y aseguraron que igual me amaban como amaban a su madre, pero reconocían y defendían el punto de que su madre era quien resolvía la mayor parte de sus problemas; he de reconocer que me sentí mal, no por el hecho del concepto en el que me tenían, sino por pensar, que por haberle dedicado demasiado tiempo a mi trabajo, en la idea de que debería aprovechar mi juventud para dar mi mayor esfuerzo para mejorar la calidad de vida de la familia, se había deteriorado nuestra relación. Diez años después de haberse frustrado mi anhelo de jubilación oportuna, he aprendido a adaptar mi rol de esposo, de padre y ahora de abuelo, para favorecer la unidad familiar; aunque sigo insistiéndole a María Elena que mi intensión nunca ha sido ser codependiente y sumarme a esa perenne tendencia familiar, mi intensión siempre ha sido el no dejar de retroalimentar positivamente nuestra relación de pareja, porque llegará el momento en que nos veamos solos y limitados para resolverle los problemas a los demás y difícilmente encontraremos en nuestra descendencia una respuesta como nos gustaría que fuera, no por la falta de amor de los hijos o los nietos hacia nuestra persona, sino por la incapacidad de los mismos, para percatarse a tiempo del gran potencial que duerme en ellos, para resolver sus problemas y estar a tiempo para apreciar los que por cuestiones naturales habremos de enfrentar su madre y yo.

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