In memoriam Dr. Heriberto Cuanalo de la Cerda

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-03-25

Liborio Méndez Zúñiga

En estos días tristes que vivimos, arrinconados por la pandemia, llega la noticia del fallecimiento de un agrónomo destacado por sus aportes a las ciencias agrícolas, el Ingeniero, Maestro y Doctor en Ciencias Heriberto Cuanalo de la Cerda, quien fuera asesor del Gobierno de Tamaulipas en el Programa de Fertilidad de Suelos en los años de 1976 a 1979, jugando también un rol de consejero en la fundación del Instituto de Investigaciones Alimentarias de la UAT (1983).

Esta nota intenta poner de relieve al hombre sencillo y franco que fue el Doctor Cuanalo, su parsimonia elegante en el decir y el hacer como asesor de un grupo de agrónomos y químicos, recién egresados de la UAT, integrantes del Programa de Fertilidad de Suelos, comandado por la Dra. Sagrario Lavín Flores en el Gobierno de Enrique Cárdenas González 

El Dr. Cuanalo estudió su carrera en la Escuela Nacional de Agricultura, donde obtuvo el título de Ingeniero Agrónomo especialista en suelos. Hizo su maestría y posteriormente obtuvo su doctorado en la Universidad de Oxford, Inglaterra., para luego incorporarse a la planta de profesores del Colegio de Postgraduados. Como edafólogo se dedicó a la investigación con énfasis en la clasificación de suelos de México, durante casi medio siglo, con una perspectiva agrosocial de las comunidades rurales, habiendo publicado sobre el tema y dirigido decenas de tesis de posgrado, contribuyendo a la formación de nuevos investigadores en México y otros países de América Latina. 

El Dr. Cuanalo pronto se ganó el respeto y aprecio de quienes fueron sus asesorados para realizar estudios edafológicos de Tamaulipas, tomando muestras de perfiles en unos 15 municipios del estado. Los resultados de esos trabajos fueron consignados en informes técnicos, así como en los congresos de la Sociedad Mexicana de la Ciencia del Suelo y otros foros académicos.

Fue un hombre de trato sencillo, cuya estatura, cabellera rizada y carcajada a pleno pulmón destacaban en las conversaciones con técnicos, funcionarios y agricultores, siempre con su diario de notas bajo el brazo. El usaba huaraches, y recordaba la anécdota de haber sido objeto de la broma pícara del Maestro Efraím Hernández Xolocotzi, quien se burlaba de él a su regreso del primer mundo como doctorado con huaraches, cuando se había ido de México con zapatos.

Sutil en sus observaciones, nos ponía en aprietos con sus preguntas de por qué los productores tamaulipecos hacían tal o cual labor agrícola, que si por qué el arado de discos o el de vertedera o la rastra, que si el subsuelo o el azadón rotativo. Se empeñaba en que los novatos entendiéramos la cultura agrícola para poder proponer cómo mejorarla en riego o temporal, con ejidatarios o pequeños propietarios. De esa perspectiva derivan sus aportes a la ciencia agronómica, es decir, la teoría y práctica de los sistemas de producción, llegando a elaborar sobre el concepto antropoecosistema rural.

Algunos nos beneficiamos en largas conversaciones con su visión de las regiones del país, para acentuar su preocupación en el manejo tradicional de la parcela de minifundio, de allí el concepto de clasificación campesina de tierras, línea que continuó su alumno el Doctor Carlos Ortiz Solorio, quien asesoró a Pedro Almaguer Sierra en Tamaulipas.

En lo personal me ayudó a comprender la importancia de la academia en el desarrollo institucional del sector agrícola, conocer sus experiencias de la Escuela Nacional de Agricultura y en particular el Colegio de Posgraduados fue una motivación para ir al posgrado, justamente en estudios del desarrollo rural. En mi estancia en Chapingo como estudiante graduado, me brindó su tiempo y orientación para definir mis inquietudes de investigación de tesis, sin estar en mi comité de grado.

Esta formación extracurricular a mi caso, no solo era una deferencia a la amistad iniciada en Tamaulipas, estimo que lo hacía tratando de que no se perdiera la experiencia de aquel programa de investigación y asistencia técnica que representó el Programa de Fertilidad Estatal, y que también concitó la presencia de un grupo de profesores del Colegio de Posgraduados: Antonio Turrent Fernández, Salvador Alcalde Blanco, Lenom Cajuste, y el propio Heriberto Cuanalo.

Fue precisamente esa experiencia de vinculación la que nos permitió conocer a esos distinguidos agrónomos y tomarlos como referencia para decidir ir al posgrado al menos a una docena de agrónomos y químicos, de los cuales casi todos luego nos incorporamos a la docencia e investigación en la UAT, y algunos fuimos invitados a fundar el Instituto de Investigaciones Alimentarias en 1983, que más tarde se convirtiera en el Instituto de Ecología Aplicada.

No me cabe duda que haber sido partícipes de procesos fundacionales en Tamaulipas, solo fue posible gracias al aporte de hombres de ciencia como el Doctor Heriberto Cuanalo de la Cerda, quienes compartieron no solo conocimiento sino también su gran espíritu de servicio, para beneficio de otras generaciones, con esa divisa que no pierde vigencia: “Enseñar la explotación de la tierra, no la del Hombre”.

Descanse en paz el Doctor en Ciencias Heriberto Emilio Cuanalo de la Cerda.

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