Las viejas anomalías de la vida anormal

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-05-23

Liborio Méndez Zúñiga

Ahora que se habla de la pos pandemia, e incluso de la “nueva normalidad”, no pocos expertos ya tienen sus dudas si las personas y las cosas pueden volver a su lugar o bien habrá que convivir con el famoso coronavirus del momento. Si usted es de los que se preocupan, un sinfín de pensamientos habrá desfilado sobre la contingencia y el día después, si logramos sortear la peste.

Viene al caso ponderar que antes del virus ya teníamos disfunciones de todo tipo, para no ir más lejos la sempiterna corrupción y la inacabada democracia, al grado que desde Los Pinos un jefazo dijo que la corrupción somos todos y otro aludió a la “sana distancia” entre su partido y él, para avanzar hacia la “normalidad democrática”. ¿Cómo la ve?

Un eminente experto de plano reconocería que la debacle del sistema educativo era una catástrofe silenciosa, hace algunos sexenios, pero por los indicadores internacionales, parece que la catástrofe es más bien ruinosa y ruidosa. Y qué decir del sistema de salud, si Juan Pueblo desde hace tiempo se refiere al galeno como “matasanos”, refiriéndose a los sistemas públicos. No hay área de los tres órdenes de gobierno que no tenga alguna anomalía, es decir, no funciona según los preceptos de la Carta Magna o bien las constituciones locales, sus leyes y reglamentos. Ejemplo toral, el desarrollo sustentable.

Los ciudadanos más exigentes (es un decir) nos acostumbramos al relevo de autoridades con perfiles inadecuados cuando no inaceptables en materia de administración pública, y a veces reclamamos más quedito que recio el orgullo rampante del nefasto nepotismo, que allí sigue vivito y coleando. Tal vez la impericia se supere, pero la impudicia sigue vigente.

Ahora bien, si esos son males mayores, veamos lo que está al alcance de nuestras decisiones y conductas, para ver de que modo los hábitos anómalos particulares de nuestra vida común contribuyen al desastre o desgracia cuando viene el huracán o la pandemia. Acá la cuestión es la falta de una cultura de prevención y previsión de la familia, el hogar, la escuela y el trabajo, además de todo lo que configura nuestra vida en masa. ¡Échele cuentas!

La verdad sea dicha, en las ciudades vamos por la vida presumiendo y asumiendo que el Sol nace para todos, que mañana será otro día, y que Dios dirá. La previsión, es decir, anticipar la tormenta no se nos da, si hay problemas el gobierno se encargará. Oiga, sin virus ya mucha gente padece la falta de agua potable, aún se carece de energía eléctrica, y millones de niños y jóvenes aún no tienen ni casa ni escuela digna, olvídese de buenos hospitales.

Pareciera que se requiere pensar en una cartilla ciudadana que certifique que usted es apto para vivir y sobrevivir en la nueva anormalidad que viene. Semejante empeño le toca al hogar pero más a la escuela, que con cada certificado de estudios debe acreditar que el alumno es capaz de sobrevivir, porque vivir hasta los burros viven. Imagine usted como a nivel de calle, manzana, colonia o ejido, habría una legión de mentes y brazos aptos para la contingencia, en lugar de personas recluidas sin remedio. Oiga, tenemos que pensar diferente para buscar al menos el túnel, olvídese de la luz, que al cabo el sol sale para todos.

Derechos Reservados © La Capital 2020