Las mil y una anécdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2020-05-29

Salomón Beltrán Caballero

De esos días, en que necesitas tanto que te escuchen, pero no coincide la frecuencia de las buenas vibraciones, de aquellos con quien te gustaría hablar para establecer una comunicación armónica, que se traduzca en paz. 

De esos días, en que buscas un refugio espiritual, para escucharte hablar a ti mismo, de todo aquello que te causa inquietud  y mortifica, de lo que no es nuevo, de lo que no has podido soltar, de lo que no fue bueno, ni fue malo, pero que ha podido frenar la madurez emocional, tanto, como para  considerarte digno de poder auto consolarte y perdonarte, por haberte juzgado con tanta rigidez, por pensamientos, acciones y omisiones, que en su momento, riñeron con tu manera de ser.

De esos días, en que buscas respuestas fuera del alcance de la visión y la escucha esperada, de quienes como tú, comparten la misma naturaleza, pero que parecieran ser más materia que espíritu, y en la desesperación, te rindes al cansancio que impone el peso moral, abriéndose una brecha entre lo material y lo espiritual, para dejar escapar el lenguaje que vibra para la divinidad, y a una voz imperceptible, gritas en silencio: ¡Señor! ¿De qué estoy hecho? ¿Acaso soy de barro moldeado por tus manos? Porque si así fuera, puedo entender mi fragilidad. ¿Acaso soy de hierro? De ahí se desprende la dureza de mi corazón. ¿Acaso soy sólo espíritu? Por eso la volatilidad de mis sentimientos y dispersión por el universo. ¿Acaso soy carne de tu carne? Y en cada uno de nosotros, al considerarnos tus hijos, nos mostraste el camino, la verdad y la vida a través del ejemplo más perfecto y puro: nuestro salvador Jesucristo. 

De esos días, en que me respondes y me dices: Eres barro, y a pesar de conocer tu fragilidad, en cada caída, mi amor puede pegar cada una de tus partes. Eres hierro, cuando cegado por el egoísmo endureces tu corazón ante las necesidades de tu prójimo, pero con mi amor, tu corazón se derrite y abres los ojos para darte cuenta de que tienes una infinita capacidad para amar a quien como tú, también es mi hijo. Eres espíritu y tu esencia es divina, te fue dado a un soplo mío, para darle a tu cuerpo la vida, yo te la di para que fueras feliz haciendo feliz a tu prójimo, es mi esencia divina y volverá a mí cuando yo se lo pida.

De esos días, en los que pude recordar de lo que estaba hecho, para no olvidar, que debo amar a mi prójimo como a mí mismo, para dar gloria a Dios en la tierra.

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