Miradas y palabras

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2020-06-23

Salomón Beltrán Caballero

Hay quienes son de pocas palabras y dicen todo con la mirada, yo soy de los que dicen más con las palabras, pero, he de reconocer, que el lenguaje de las miradas es también muy poderoso. Mientras que las palabras llegan al corazón, las miradas llegan primero al alma; y para un ser tan sensible como yo, igual, siento cómo la fuerza de la vibración, llega a donde va dirigida, y causa el efecto esperado. Que ¿por qué le cuento todo esto? todo se debe a una pregunta de Andrea, mi amada nieta, cuando su madre le leyera el artículo anterior al presente, donde escribí sobre la importancia de las palabras para un padre en su día, y cómo ver a Dios a través de la mirada, lo que no le había quedado muy claro a mi preciosa nieta, quien me pidió que le explicara cómo podía ver a Dios, pues en el catecismo, su maestra le comentó que a Dios no lo ha visto nadie jamás, entonces le dije lo siguiente:

Los primeros mensajes de amor que yo recibí, fueron a través de una mirada; Dios me había dotado de todo lo indispensable para vivir, pero, para sobrevivir, necesitaba del amor de alguien, y una vez que Él me había soltado de su amorosa mano, fue mi madre la que me tomó en sus brazos cuando al nacer necesité que alguien me salvara porque me sentía perdido, y con su primera mirada, me dio el gran gozo de conocer a mi creador; entonces, con mi mente le pregunté: ¿Eres tú mi Señor? y gustoso grité ¡por fin te conocí!. Pero mi madre permanecía en silencio, mirándome con tanta ternura que a mí no me quedaba duda, que ella era el Dios a quien tanto amaba.  Cómo  pensar que no lo era, si cuando no tenía ni qué comer, ni qué vestir, ella me alimentó y me vistió, no tenía en dónde vivir y desde mi concepción me ofreció su vientre y después su casa; cuando enfermé siempre cuidó de mí y cuando estuve cautivo de mis malos pensamientos, siempre me visitó en la soledad de mi desierto para darme su aliento y siguiera  yo con vida. En cada una de mis caídas ella me levantó, no importaba cuán pesada era mi cruz, y soportó todas las heridas que yo debí de merecer y ella dio su vida por mí. Pero mi madre, tenía más hijos y a todos ha querido como a mí y se ha sacrificado por todos, para entonces yo había crecido y al ver aquel sacrificio, de nuevo no dudé en pensar que mi madre era Dios. Un día me dijo que yo tenía libre albedrío, que tenía que seguir mi camino; pasaron quince años, en los cuales aprendí nuevas cosas, pero he de reconocer que anhelaba la mirada de mi madre, cuando me sentía más desvalido y me sentía perdido; fue entonces, cuando al ir sin rumbo fijo, me encontré de nuevo con esa mirada, la que sin necesidad de palabras te dice todo, y todo está contenido en una sola palabra: amor; pero ahora estaba mirándome la que habría de ser mi amada, y de nuevo sentí el poder de la mirada y en mi mente le pregunté: ¿Eres tú, mi Dios? y ella permanecía callada.  He visto la misma mirada en muchas personas, en mi padre, en mis hermanos, en mis hijos, mis amigos, mis pacientes, pero ahora, después de tantos años, en mi mente le digo: Eres tú mi Dios y Salvador y sigues aquí conmigo, no me has abandonado.

A estas alturas del relato, Andrea estaba empezando a perder la paciencia; y desesperada dijo: Dime abuelo, pero dime la verdad, cómo es Dios, a mí me mira mucha gente, mi mamá, mi papá, mis hermanos, mis demás familiares, mis compañeros de la escuela, pero yo sé quiénes son ellos y ninguno se parece a Dios. Tomé la fina cara de Andrea entre mis manos y le pedí me viera a los ojos, ella sonrió y se resistió un poco, pero después entró en una calma que reflejaba paz interior, y luego le pregunté: ¿Qué ves Andrea? Veo tus ojos. ¿Y más allá de mis ojos? Solo te veo a ti abuelo. Le pregunté: ¿Andrea me amas? Y contestó: Si abuelo tú sabes que te amo. Ahora ya conoces a Dios, Dios es el amor que hay en cada uno de nosotros y el amor que sientes por los demás, no te olvides de ellos cuando de pronto se te olvida que Dios está con tu madre, cuando te alimenta, te viste, te educa, te protege; Dios esta con tu padre y tus hermanos, tus abuelos, tus compañeros de la escuela. Si aún no lo entiendes, lo entenderás algún día.

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