Las mil y una anécdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2020-06-26

Salomón Beltrán Caballero

¿Que dónde quisiera estar en estos momentos? Tal vez sentado bajo la sombra de la gran encina que estaba frente a la casa de mis abuelos maternos, tomando en mis manos unas cuantas bellotas, observando detenidamente y con admiración su estructura, sintiendo cómo el viento  de la tarde mueve mi cabello, y levantando de vez en cuando la vista para contemplar los balcones, desde los cuales, pocas veces nos asomamos por ellos, sobre todo cuando pasaban los carros alegóricos durante la festividad del Día de la Independencia; recuerdo a mi prima María Ester Medellín Caballero, hermosa y joven, sentada en un sillón  de la época, montado sobre la plataforma de un camión adornado para la ocasión, portando un atuendo muy mexicano, enarbolando  con mucho orgullo  nuestro lábaro patrio; ese día me dije, nadie mejor que ella para llevar la bandera, pues nació el 24 de febrero. Cuántas cosas se podían hacer en un par de horas en ese lugar que pasaba desapercibido para los lugareños, pero que para mí era estratégico, pues de ahí podía contemplar la llegada del panadero, que entregaba el canasto de pan en la tienda de abarrotes de mi abuelo, aún puedo ver el letrero Abarrotes Caballero; a esa hora, era el turno que mi abuela Isabel cubría por las tardes, quien una vez que se iba el panadero se asomaba por una de las dos puertas, miraba hacia un lado y otro y cuando me veía, me hacía señas con su mano, para que acudiera a su encuentro, y al llegar al tendajo, sacaba de la vitrina del pan un par de piezas casi recién horneadas, y me enviaba a la cocina, donde ya el café  hervido se encontraba en la estufa; tomaba una taza del escurridor y con sumo cuidado me servía la humeante y aromática infusión, me sentaba en una de las sillas del comedor, hasta el término de la merienda; al poco rato la tía Chonita, quien ya había tomado su siesta, al término de su baño, se esmeraba en arreglarse; me acercaba a ella cuando daba los últimos toques a su peinado para lanzarle un piropo, y hacerle notar cómo me agradaba aquel olor de su jabón Maja, que siempre usaba; después como perrito faldero la seguía hasta la tienda, pues habría de continuar sus labores, al llegar, me preguntaba si ya había merendado, abría de nuevo la vitrina, pero le confesaba que ya había  tomado café , pues no quería acumular pecados por mentir; porque, en ese tiempo el pecar se pagaba con largas penitencias, te ponía a rezar en su cuarto que estaba frente a la cocina, cerraba la puerta que daba al portal y era aquella oscuridad más temida que la noche, hincado sobre el piso, con los brazos sobre el bode de la cama, mirando aquel hermoso Cristo negro.

Hoy, ya no está la encina, los balcones siguen ahí en el abandono total, la casa cerrada, la tienda convertida en una panadería, pero en mis innumerables viajes en cuerpo y espíritu, aún puedo ver a mi amada abuela doña Chabela, a mi inolvidable abuelo Virgilio, y a Chonita, la tía más querida.

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