Las mil y una anécdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2020-07-04

Salomón Beltrán Caballero

Hay momentos tan hermosos en la vida que se quedan grabados para siempre en la mente, momentos irrepetibles, que quisieras compartir siempre con tu familia, con tus amigos y con toda persona cuya sensibilidad relacionada con el amor se encuentre a flor de piel. En el año 2017, narré en esta misma columna un detalle súper especial que nos ocurrió a María Elena mi esposa y a mí, en una visita dominical a mi amada madre, en ese momento ella contaba con 87 años y su mente tenía una lucidez  sorprendente; recuerdo que esa tarde llegamos a su casa y se encontraba sentada en la mesa del comedor, siempre en posición de poder observar la puerta de la entrada, para anticipar un saludo a quien se aproximaba a ella con la intensión de saludarla, educada como siempre ha sido nos invitó a sentarnos cerca de ella, nos saludó y preguntó por toda la familia, mi esposa y yo nos turnábamos para ponerla al tanto de los acontecimientos familiares, después nos ofrecía un café acompañado de galletas o un pedazo de pastel, al término dela merienda, María Elena le preguntó si alguno de mis hermanos le habían leído las artículos más recientes que había publicado; ella nos comentó que mi hermana Isabel le leía algunos pasajes bíblicos, pero no había tenido oportunidad de escuchar lo que yo había escrito, le preguntó si deseaba en ese momento escuchar al menos el contenido del artículo dominical y ella con sumo agrado aceptó, pensamos que lo quería escuchar sólo en atención a nuestra presencia, pero lea por usted mismo lo que nos dijo: De la vida siempre tomen lo mejor, nadie está exento de sufrir momentos desagradables, algunos son consecuencia de nuestra imprudencia o inmadurez, otros, por efecto de la incomprensión, el egoísmo o los celos; pero cualquiera que sea el motivo, no permitan que esos desagradables momentos echen raíz en su vida, por ningún motivo dejen crecer aquello que les amargue la existencia, desháganse a tiempo de los malos sentimientos. Piensen siempre lo que digan, sobre todo, aquello que pueda ofender o perjudicar a las otras personas, porque las palabras hirientes, una vez que escapen de nuestra boca, harán un daño muchas veces irreversible. Es más, no se permitan pensar cosas desagradables, cultiven siempre pensamientos buenos. Si por algún motivo sienten que la actitud o las obras de otras personas los perjudican, antes de regresar la ofensa, piensen si esa respuesta puede contribuir en algo, a sanar su herida o sólo la hará más profunda y dolorosa. Sean siempre buenos con todos, con los que lo merecen y con aquellos que creemos no lo merecen, pongámonos un momento en los zapatos de los que son presa de la amargura, del dolor, de las frustraciones, sintamos por un momento la desagradable sensación de sentirse lastimados por una sociedad que no ha tenido la capacidad de dispensarse amor a sí misma y a todos los que lo necesitan. Después de decirnos eso, mi madre hizo una breve pausa y de nuevo me preguntó cuál era mi estado de salud, si ya había mejorado de mi cuadro enteral, si la carga de mi trabajo era menor a la de otros días, si estaba tolerando el calor, que tomara muchos líquidos y descansara. Después de esa pausa, miré a través de la ventana que da al patio de su casa y me pareció verla parada con una jarra de agua fresca que ofrecía a los albañiles que vaciaban el cemento en las jardineras de las grandes y floridas bugambilias que mucho presumía en primavera.

En ese ir y venir en la vida, mi tiempo, el tiempo de mi esposa y el tiempo de mi madre, transcurre haciendo pequeñas pausas de sabiduría que nos recuerdan, que más que lamentos, nuestra existencia está llena de grandes vivencias que permanecerán por siempre en nuestros corazones, y que la vida, la maravillosa vida que nos ha tocado vivir, es realmente el don más grande que Dios nos ha obsequiado. 

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