¿Y si los agrónomos existen? (2)

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-07-06

Liborio Méndez Zúñiga

En la entrega anterior dimos un repaso breve a la situación de la comunidad agronómica, para tratar de entrar en materia sobre el rol social de la profesión de miles y miles de egresados de la carrera de Ingeniero Agrónomo, a propósito de cómo le va a esta “profesión de Estado”, como a muchas otras en el México contemporáneo. 

La respuesta es obvia: por supuesto que los agrónomos existen, pero la intención de estos renglones es indagar sobre cómo quedan en la IV Transformación, asumiendo que quienes están en edad productiva ostentan títulos y cédulas profesionales de instituciones debidamente acreditadas. Reconozcamos que un porcentaje importante simplemente terminan los planes de estudios y se van al mercado laboral sin titularse, y la mayoría de ellos encuentra trabajo o se hace vivir de otra actividad económica, gracias a la Universidad de la Vida, claro, la de los abuelos y los padres. 

Lo anterior implicaría que en cualquier ajuste de cuentas de la nómina o cambio de gobierno despiden al contratado por no estar titulado, cuando la ley de profesiones es muy clara si la prestación del servicio profesional exige una cédula profesional a quien recomienda un pesticida que puede contaminar el ambiente o dañar la salud pública. Se entiende que cuando se habló del servico civil de carrera las cartas credenciales del agrónomo eran obligatorias o adiós, Nicanor.

Agregue usted que el ingeniero agrónomo ha de tener competencias de gabinete y campo, para ejercer su profesión, y que vaya usted a saber cual plan de estudios copia de la copia llevó en la Universidad de quien sabe qué lugar en el ranking nacional, entonces entenderá que el ejército industrial de reserva del gremio tiene una heterogeneidad como la policromía de la nación mexicana. Hay de chile, dulce y manteca. Con decirle que en los ochenta, si mal no recuerdo, cobró vida efímera en Tamaulipas una iniciativa para crear una Federación Nacional de Agrónomos Desempleados, pero esa es otra historia.

Por supuesto que después de una ola expansiva de apertura de escuelas de agronomía (que solo los caminos queden sin sembrar), se acentuaron las especialidades: fitotecnia, suelos, parasitología y zootecnia, aunque un viejo zorro de la profesión, hizo mofa con su sarcasmo: “pretender saber más de cada vez menos”, cuando lo que se ocupaba eran buenos agrónomos generales que no le bufaran a la vereda. Por supuesto, en el costal echaba a quienes optaban por el posgrado, faltaba más, agrónomos de toga y birrete. El exabrupto lo escuché en una reunión de Consejo Técnico de la otrora pujante Facultad de Agronomía, del Ingeniero Carlos Anzures Ruiz, quien dictaba un curso de Orientación Vocacional a los alumnos de primer semestre, eso sí, con el sombrero a media cabeza.

Otro elemento del modelo de la modernización de la agricultura mexicana (la revolución verde), empujado por el sinnúmero de instituciones de fomento agropecuario, era el perfil de los agrónomos administradores, en los cuales el ITESM hizo punta, cachando a tiempo la demanda del mercado laboral, y de paso copando los puestos de dirección en las áreas de planeación y financiamiento, aunque Chapingo no se quedaba atrás con los agrónomos especialistas en Economía Agrícola. En la UAT, surgió una maestría en Administración de Empresa Agropecuarias, de donde egresó una falange de cuadros directivos para la administración estatal y explotaciones ganaderas.

Pero la cosa se puso mal cuando el gobierno federal y los estatales empezaron a olvidar el campo, el desmantelamiento de las instituciones fue atroz y en el campo los agrónomos empezaron a sobrar, a considerarse burocracia inútil y onerosa, al grado que a fines de los ochenta se estimaban en 125, 000 los desempleados. Esta fue una declaración del Presidente de la Federación Agronómica de Tamaulipas por esos años. Se dice el pecado no el pecador, a fin de cuentas no hubo consecuencias, ¿verdad, colegas?

Viene a cuento acá la famosa obra de teatro y luego película “El Extensionista”, del autor Felipe Santander, que nos puso la crítica más dura a los agrónomos de ese perfil impertinente del técnico sabelotodo que quiere decirle a los campesinos cómo sembrar maíz, chocando con los saberes ancestrales de las comunidades rurales, y además con agentes corruptos de otras instituciones de fomento al campo, al grado de que corre la sangre. 

Entonces, si de lo que se trata en tiempos actuales es del cambio verdadero en el campo, habría que viabilizar el talento de millares de agrónomos ya formados, con vocación social y calados en el surco y con los campesinos, para hacer realidad el programa “Sembrando Vida” y asegurar las inversiones en el modelo Milpa Integrada Agro Forestal (MIAF), cuya debilidad mayor es la falta de técnicos especialistas en el modelo, dicho por el experto nacional Dr. Alfredo Turrent Fernández, Profesor Emérito del Colegio de Postgraduados.

Lo dicho en estos dos artículos que le he compartido en dos entregas, pudieran tener relevancia para lo que se avecina del relevo de la Federación Agronómica de Tamaulipas, en términos de actualizar los directorios de las Secciones Agronómicas regionales, de tal forma que se vigorice su membresía y se reconstruya una agenda de actualización de los roles actuales de sus miembros, permitiendo el intercambio de experiencias profesionales con evidencia tangible de resultados en contacto con los productores pequeños y medianos. Esa agenda podría ser compartida con instituciones educativas y por supuesto con el Colegio de Ingenieros Agrónomos de México, A. C., donde concurren los maestros y doctores en ciencias del país. 

¡Agrónomos del mundo, uníos!

Correo: agrolibo@hotmail.com

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