La fábrica de salchichas

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-07-12

Luz del Carmen Parra

Recuerdo que en mis días de estudiante, allá en la hermosa ciudad de México, me gustaba mucho asistir al cine a disfrutar de películas que me hacían pasar un rato agradable, pero de pronto, por necesidades teóricas de mi carrera, me vi obligada a analizar una serie de películas que cuestionaban los usos y costumbres de la sociedad contemporánea en su conjunto, y que en su momento ya no me resultaban del todo fáciles de comprender. 

Hubo una escena particularmente fuerte en la película de Pink Floyd, ‘The Wall’ en la que vi una fila de niños ingresando a su escuela, y en un corte abrupto, la imagen de una fábrica de salchichas que producía una enorme cantidad de pequeños trozos de carne, cortados exactamente a la misma medida, del mismo color, grosor y sabor, imagino, y eso me produjo una increíble sensación de asco y repulsión. Simplemente impactante.  

¿Es la escuela una fábrica de salchichas?, me cuestionaba al darme cuenta de que antes de formar parte de un grupo escolar, cada pequeño llega con un cúmulo de conocimientos empíricos aprendidos en su hogar y en el accionar cotidiano del círculo académico se van adaptando a la convivencia social, moldeando a cada niño, perdiendo sus individualidades para pasar a formar parte de un todo amorfo. 

Sin lugar a dudas fue una sacudida para mi conciencia. Tuve que verla repetidamente para comprender del todo ese mensaje tan aterrador. No. Me negaba a aceptar el proceso del sistema educativo como parte de la enajenación total que convierte en zombies a los seres humanos, con el objetivo principal de la unificación de sus necesidades, como respuesta a un sistema de producción en serie de satisfactores que buscan mercado. Nada más alejado del concepto de educación. 

Como estudiante de la carrera de comunicación enfocada al análisis de la comunicación de masas, yo misma me acercaba a desenmarañar sus entrecejos y el poder manipulador de los medios de comunicación. Era inevitable.  

Entonces empecé a razonar, ¿qué tendría que hacer para que en el futuro pudiera darles a mis hijos la posibilidad de una educación, que les permitiera tener los suficientes elementos que les ayudaran a desarrollar su pensamiento crítico, de análisis y de búsqueda de alternativas? 

¿Cómo desarrollarles la capacidad de razonar y pensar con lógica, para analizar y juzgar las situaciones de vida que tendrían que enfrentar tarde o temprano? Quería que aprendieran a resolver. Que aprendieran a tomar decisiones y asumir con responsabilidad, iniciativas y actos con todas sus consecuencias, que los errores son oportunidades que nos da la vida para intentar de nuevo, indagando formas diferentes de hacer. 

¿Cómo prepararlos para que pudieran vivir felices sin la presencia de sus padres? ¿Como educar sus emociones y la gestión de sus necesidades? ¿Como apoyar su autoestima para que aprendieran a tener una opinión positiva de sí mismos, y a la vez pudieran desarrollar la empatía, la igualdad y el respeto? 

¿Cómo hacerles conciencia de los mensajes subliminales de la publicidad que los invita inevitablemente al consumo y los encadena a la tarjeta de crédito? ¿Cómo hacerles valorar las cosas insignificantes que no tienen precio? ¿Como mantener su sensibilidad, su carisma, su luz? ¿Como aumentarles el amor por el conocimiento y ayudarles a comprender mejor el mundo que les rodea?  

¿Cómo enseñarles a volver la mirada hacia sí mismos, sin miedo, con la confianza de encontrar dentro de sí las respuestas a sus interrogantes sin dejarse influenciar, chantajear y manipular por los juicios positivos, negativos o neutros que sobre ellos emitan los demás? 

¿Cómo enseñarles a sostenerse en  mismos para que pudieran resistir la soledad sin sentirse solos? ¿Cómo construir su fortaleza emocional para resistir la tentación de la codependencia? 

Y, sobre todo, ¿cómo aprendería yo misma a respetarles su autonomía después de estimularlos a volar, a desarrollar sus habilidades y a descubrir sus horizontes inimaginados? 

Fui mamá 24 horas, 7 días a la semana, 365 días al año. Nunca cedí a nadie la educación de mis hijos. Caminé con ellos cada minuto desde su nacimiento. Fui su amiga, su confidente y su cómplice. Les enseñé a amar y amarse. A respetar y a respetarse. A soñar. A disfrutar la libertad de pensar, de decidir, de hacer. A reconocerse como seres únicos e irrepetibles y a valorar y respetar la diversidad. 

Pero ahora tengo una nueva interrogante, ¿sería suficiente?, porque lo único cierto y que me queda perfectamente claro, es que el mundo para el que los eduqué, ya no existe. 

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