Vivir sin miedo

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-07-16

Luz del Carmen Parra

Sabemos que el miedo es contagioso. Tan peligroso o quizás más que el mismo coronavirus. Que corre veloz como el viento a través de mensajes escritos, verbales o incluso de experiencias sensoriales atrapando inevitablemente a todo aquel que se le atraviesa sin considerar raza, credo o ideología. 

Es algo tan poderoso que puede destruir un pueblo partiendo de un rumor, según García Márquez. Convierte en prisionero al hombre más poderoso, transformándolo en el ser más frágil. Aniquila cualquier posibilidad de triunfo y multiplica cualquier error. 

Puede ser tan ilógico como sentir miedo e incluso pánico a las ratas, a los gatos negros, a las cucarachas, a las abejas, a las alturas, a las inyecciones, a los espacios cerrados, a la sangre, a los muertos, a una mujer o a un hombre, a lo que vemos en el espejo. 

Lo cierto es que todos sentimos miedo en el algún momento o ante alguna circunstancia. Aseguran los que más saben que es algo instintivo y necesario para la supervivencia. Pero cuando el miedo supera los límites de la autodefensa, puede alcanzar niveles tales que nos paraliza. Ciega nuestras capacidades para resolver y acrecienta el fenómeno que nos asusta. Nos provoca un aumento de la presión cardiaca, sudoración, dilatación de pupilas, descenso de la temperatura corporal y un aumento del tono muscular, llegando incluso al engarrotamiento que nos impide el menor movimiento, haciéndonos sentir como estatuas de bronce.  

Pero sin lugar a dudas vivir con un miedo exacerbado, a flor de piel, es incapacitante. Es la tragedia de nuestros días. Todos tenemos nuestros sentidos en alerta máxima y nos hemos puesto a la defensiva. Listos para el ataque de todo aquello que nos represente un riesgo o a una amenaza. Sin embargo, desde mi punto de vista la mayor tragedia es que hemos convertido a nuestra familia, amigos, vecinos y a todos los que nos rodean, en el receptáculo de las consecuencias de nuestros miedos agravados ahora por el estrés. 

El miedo a perder el control, la necesidad de imponernos sobre el más débil, no es sino la forma de ocultar nuestras propias pequeñeces. La careta con la que transitamos para evitar mostrar nuestros propios miedos y la urgencia de elevar la voz para silenciar nuestra voz interior. 

Sin embargo, no hay que olvidar que el miedo también es una barrera que nos impide vivir la vida y que son innumerables las narrativas de aquéllos que estando en su lecho de muerte, lo único que lamentan es no haber tenido el valor suficiente para enfrentar sus miedos. En su discurso de toma de posesión, el presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt dijo que “a lo único que debemos temer, es al miedo”.  

Miedo que nos paraliza y que nos hace esclavos de nosotros mismos. De nuestros fantasmas. De nuestras sombras. Que nos hace perdernos de la oportunidad de disfrutar las aventuras que soñamos dormidos y que nos hace falta valor para llevarlas a cabo al tomar conciencia de ellos. 

El miedo es una emoción tan fuerte que termina por destrozar nuestras ilusiones, nuestros sueños y sin embargo todo parece reducirse a una serie de pensamientos negativos que nos asaltan justo cinco segundos antes de dar el paso. Tiempo suficiente para que se eche andar toda la maquinaria de nuestra historia incapacitante. Voces repetidas infinidad de veces diciéndonos que no somos capaces, cúmulo de inseguridades y dependencia emocional que limitan nuestra respuesta espontánea. Cuánta razón tenía Paulo Coelho, al recordarnos que “solo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar” 

Si tan solo nos diéramos la oportunidad de reflexionar conscientemente nuestros temores, qué nos detiene; de pararnos frente al espejo y de gritarnos fuerte a nosotros mismos qué es lo que nos produce miedo, quizás descubriríamos que no son tan importantes nuestros temores y que ni nos asustan tanto. Estoy segura que hablar de nuestros miedos sin tapujos, con valor, nos ayudaría mucho a esclarecer eso que nos tiene bloqueados y encontraríamos muchas respuestas y recuperaríamos la paz, el equilibrio. Aprenderíamos a confiar en nosotros mismos y en nuestra capacidad de adaptarnos a las nuevas cosas. 

Intentar enfrentarnos a nosotros mismos quizás sea el mayor de nuestros miedos. Abrir nuestro interior duele. Buscar entre nuestras sombras y poner luz, llevar a nuestra conciencia aquello que nos limita y nos impide volar, la mayor de las veces nos confronta.  Sin embargo, no existe otro camino para terminar con ellos, para convertir el elefante enorme en un simple ratón que huye buscando su escondrijo. 

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