Al Cielo, sí, pero con la debida Reserva (II)

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-07-20

Liborio Méndez Zúñiga

En la entrega anterior, hablamos de ese paraíso tamaulipeco que se llama El Cielo, Reserva de la Biosfera que este mes cumple 35 años, habitada y con actividad humana por una reducida población, aunque cada vez más visitada por sus atractivos naturales. Esbozamos una apretada reseña para intentar ahora un balance de sus objetivos y ponderar los alcances del Decreto estatal que le dio el estatus de área natural protegida, y luego ser considerada como una Reserva de la Biosfera por la UNESCO.

Una revisión somera del Decreto y del primer Plan de Manejo Integral, así como de su actualización en 2013 realizada por la UAT y Gobierno del Estado, sugiere que idea y propósitos de académicos y técnicos no faltaron, incluso en el Decreto se enuncia todo un esquema de trabajo a conseguir mediante la colaboración institucional y la participación de las comunidades, representadas en el Consejo de Administración de la Reserva de la Biosfera El Cielo (RBC). Lo que no se estableció fue el criterio para asignarle presupuesto de las arcas públicas.

La oportunidad de conocer e interactuar con algunos de los actores claves en la gestión de la RBC, me fueron dando elementos de las luces y sombras de su evolución, y dudas de las bondades de una gestión gubernamental esperando la participación decidida de las administraciones municipales involucradas, por la simple razón de no tener el recurso humano en ecología, ni suficiente gasto de operación para el seguimiento y supervisión de las acciones previstas en los planes de manejo. Esta pata de la mesa siempre ha estado rota. Los Directores de la RBC nunca han residido en ella, se despacha desde la ciudad capital.

La estructura organizacional de los gobiernos estatales tampoco ha dado el ancho ni ha tenido los presupuestos suficientes para garantizar el control de acceso, la vigilancia con ecoguardas forestales, el equipamiento de estaciones de trabajo y custodia, el registro y permiso de talas moderadas, la colecta de especies, y en suma, las capacidades institucionales para estar acordes con la figura de una reserva de la biosfera, que asegure la sustentabilidad de 144,000 hectáreas de los municipios de Jaumave, Llera, Ocampo y Gómez Farías. Esta sería la segunda pata de la mesa.

En cuanto a la tercera pata, tendríamos a las dependencias del gobierno federal, además de la CONAFOR y CONANP, que han participado con proyectos específicos y puntuales, no se ve ni se siente su presencia efectiva, aduciendo que El Cielo es una reserva creada por decreto estatal y por tanto le corresponde poner el presupuesto. Algún gobernador consideró la posibilidad de cederla al gobierno federal para que se hiciera cargo de su gestión, intentona que no prosperó, no sabemos si para bien o para mal.

La cuarta pata de la mesa es la academia, que salvo la descendente actividad de la UAT, por sus problemas de presupuesto, no tiene la presencia física no obstante existir instalaciones para darle vida a estaciones de trabajo con investigadores nacionales e internacionales, incluso dándole un plus al subaprovechado Centro Interpretativo Ecológico, que ni siquiera ha podido armar un vigoroso programa de educación ambiental, precisamente con base en los investigadores locales, que son pocos pero son muy buenos, pudiendo concitar la participación de la Universidad de Texas, dueña del Rancho que donara el canadiense Frank Harrison.

Faltaría comentar la presencia de Organizaciones No Gubernamentales, así como fundaciones que destinaron fondos para proyectos de conservación. La lista no es muy larga, pero destaca una experiencia de 15 años a cargo del Ingeniero Agrónomo y Doctor en Ciencias Sergio Medellín Morales quien fundó Terra Nostra, A.C., entidad que se comprometió con un modelo de participación comunitaria denominado ORGANIZATE, para dar voz a la comunidad y desarrollar proyectos de capacitación, estudio y gestión encaminado a formar una red de líderes locales dentro de un Plan Comunitario de Manejo de Recursos Naturales en el ejido Altas Cimas, Gómez Farías. 

Con estos apuntes, podría pensarse que exageramos la nota crítica. A riesgo de la rudeza innecesaria, mis asertos tienen que ver con ese despropósito de hacer del Cielo un destino supuestamente ecoturistico, cuando no lo es, por la simple y sencilla razón de que no se tienen todas las salvaguardas para preservar el equilibrio ecológico, y asegurar que los visitantes de veras sean turistas de naturaleza, aviturismo o turismo rural. La publicidad oficial y comercial vende El Cielo como si fuera un parque con los acceso de pavimento, instalaciones y servicios urbanos, mismos que reclaman los visitantes al llegar a la cabecera municipal de Gómez Farías.

En conclusión, la iniciativa cimera de los interesados pioneros en El Cielo, no tiene desperdicio, y es tan meritoria que detonó el turismo, aunque éste ya represente riesgo de impacto ambiental, y mi modesta opinión es que no se consideró la inversión pública y también la privada, además de una solida gestión de alianzas internacionales y patrocinio de fundaciones. Agregue usted la falta de voluntad política y la indiferencia de los principales beneficiados de la zona de influencia de esta reserva, su cosecha de agua de lluvia, que mana como bendición más allá del polígono de El Cielo. 

Espero que algunos comentarios motiven el debate, porque El Cielo no puede esperar.

Derechos Reservados © La Capital 2020