El rostro humano de la migración

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-07-23

Luz del Carmen Parra

Mucho nos preguntamos por qué algunas personas deciden abandonar su hogar, su familia, su cultura, e incluso su país, para ir en la mayoría de los casos en busca de mejores condiciones de vida, sin importar el precio que se tenga que pagar. 

Nada las detiene. Ni el “desierto de la muerte”, como se le conoce al desierto del Sahara, o el de Sonora, o el de Acatama o el de Arizona. Desde todos los puntos cardinales emergen personas buscando nuevas alternativas de vida. No son suficientes los relatos de muerte y milagros de sobrevivencia, narrados por aquéllos que lograron superar una infinidad de pruebas que encontraron en el camino, para arraigarlos a sus raíces. 

Un día sí y el otro también, los noticieros nos muestran imágenes desoladoras de familias enteras buscando alejarse de su lugar de origen. Cargan con ellos los pocos bienes que tienen. Mujeres y niños desvalidos y hambrientos huyen en muchos casos por salvar la vida. Seres humanos despojados de sus más elementales derechos, reducidos a desechos de una sociedad cada vez más enajenada. 

Sin lugar a dudas son muchas las causas de este fenómeno social, entendido como resultado de situaciones de injusticia, discriminación, abusos y abandono. 

Hombres y mujeres, con nombre y apellido, con padres, hermanos, hijos, esposos, con una identidad propia otorgada por derecho al nacer, con una historia de vida singular, con una motivación única. ¿Que los impulsa a renunciar a todo para correr en busca de algo tan incierto, desconocido? 

Muchos de ellos, tendrán que enfrentarse a situaciones jamás imaginadas, donde la realidad supera la ficción. Escenarios que nada tienen  en común con aquellos sueños que los impulsaron a dejar su tierra, su hogar. 

Muchos otros no llegarán a ningún punto. Pasarán a formar parte de las estadísticas. Los olvidados. Los que nunca existieron. Seres humanos sin rostro, sin nombre, convertidos en huellas de una desgracia que a fuerza de ser repetitiva empieza a pasar desapercibida. 

Pero más allá de los problemas estudiados a profundidad por la geopolítica, (no objetivo de esta columna) creo que para entender la migración debiéramos también preguntarnos para qué se migra, consciente de que también existen otros motivos que nos hacen renunciar a la comodidad de la zona de confort, para intentar alcanzar nuevos retos.  

El entusiasmo de niños y jóvenes que los impulsa con todo a enfrentar cualquier circunstancia. Ese afán de aventura de salir a conquistar un mundo desconocido que atrae y subyuga. Esa energía desbordada por encontrar identidad. 

Esa curiosidad por conocer qué hay más allá del horizonte que limita su entorno. Ese afán de trascender a lo inmediato. Ese esfuerzo por desarrollar al máximo su capacidad de resistencia y la voluntad de encontrar nuevas formas de entender el mundo. 

Ese intento de reconocerse como seres independientes con ideas propias y con sueños prometedores de realidades tentadoras. Con derecho a existir. 

De encontrarse solos obligándose a hacer de su conciencia su mejor amiga, su maestra, cómplice y confidente, consejera y juez. De encontrar fuerzas de donde pueden no sólo físicas, sino también y quizás más importantes, espirituales y morales. De aprender a vivir en soledad, sin sentirse solos. De ser invisibles en medio de una sociedad que se niega a darles voz y a reconocerlos como iguales. 

Creo que todos tenemos derecho a migrar. A reconocernos como hacedores de nuestro destino. A dejar de lado lo que no nos gusta o lo que nos hace daño, lo que no cumple con nuestras expectativas de vida, lo que nos limita. 

Aprender nuevas formas de hacer, de pensar, de decidir. Conocer nuevas culturas, nuevas formas de vida, nuevos lenguajes, nuevos idiomas. Aprender a identificarnos dentro de la diversidad y a reconocernos para no perdernos en medio de la inevitable globalización. 

Somos transformadores de nuestra propia realidad. Asumimos los retos que para alcanzar nuestros sueños aparecen en el camino. Lo contrario, simplemente impensable. El conformismo y la sumisión, no harán sino limitarnos a ser sobrevivientes en este maravilloso mundo de oportunidades. 

Es innegable que pagamos el precio. Cada uno desde su trinchera narrará sus propias experiencias.  Crecer duele. Dejar el capullo atrás necesita todo un proceso de crecimiento. Aprender a volar, desarrollar habilidades y fortalecer carácter. No. Nada es fácil. 

Pero al final de todo, esforzarse por darle sentido a la vida y encontrar no solo el por qué sino también el para qué, nos permitirá vivir a plenitud y disfrutar lo que tanto esfuerzo nos ha costado. 

Valió la pena intentarlo.

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