El Cielo y los hijos de la…¡Revolución Verde!

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-07-31

Liborio Méndez Zúñiga

Esta semana de julios lluviosos, del jueves 29 al viernes 31 está en las redes el Conversatorio Reserva de la Biosfera El Cielo, con motivo de sus 35 años de vida como área natural protegida, desde que se promulgó el decreto de su fundación. Organiza el Instituto de Ecología Aplicada de la UAT, fundado un mes de febrero de 1983. 

Como profesor jubilado de ese Instituto, que en el origen se llamó Instituto de Investigaciones Alimentarias, me interesó que mis excolegas organicen un conversatorio recordando los orígenes del estudio de los recursos naturales en Tamaulipas, y pongan de relieve la capital importancia de esta emblemática reserva para la Humanidad. Dejo a los ponentes los temas académicos y técnicos porque han sido investigadores y saben de lo que hablan. Pero mis 31 años de servicio en la UAT me pemiten hacer remembranza pertinente para los propósitos del conversatorio.

Pero vayamos a los orígenes de los estudios sobre El Cielo, y haciendo memoria, recordemos aquel primer Seminario sobre los Recursos Naturales del Noreste de México, convocado por la naciente Dirección de Investigación Científica de la UAT en los inicios de los años ochenta, en el rectorado del Lic. Jesús Lavín Flores, en cuya gestión las ciencias agropecuarias sobresalían en los primeros proyectos de investigación con fondos de la SEP y el CONACYT. La estrella del evento fue el Maestro Francisco González Medrano, quien hizo amigos y pupilos para siempre con los biólogos primeros en hacer investigación en la Universidad.

La llegada de una bióloga con doctorado en la Facultad de Ciencias de la UNAM, marcó los inicios de los estudios en ciencias biológicas y la ecología, así como del recurso suelo, conformando un grupo de agrónomos y químicos postgraduados en la UNAM y el Colegio de Posgraduados, que habían participado en el programa de fertilización del Plan de la Revolución Verde del Gobierno de Enrique Cárdenas González. En efecto, el Programa de Fertilidad Estatal (1976-1980), fue detonador, si usted quiere involuntario, de la formación de una pequeña masa crítica de recurso humano que luego se incorporó a la UAT para fundar el primer instituto de investigación con la perspectiva de la ecología y el interés en los estudios y conservación de los recursos naturales de Tamaulipas. Y a los hechos me remito.

Si bien el rector Lavín Flores dio cabida a su hermana en esa aventura, es decir, darle sustento a un programa para fertilizar los cultivos agrícolas en las tres regiones de la entidad, el énfasis en la experimentación y los estudios de un laboratorio de suelos equipado con todo lo necesario, fue gracias a los vínculos de la Dra. Sagrario Lavín Flores con la Facultad de Ciencias de la UNAM, y del Ing. M.C. Humberto Filizola Haces con el Colegio de Postgraduados, a donde luego fuimos a hacer maestrías una docena de agrónomos y químicos egresados de la UAT. 

Pero además hay otro antecedente institucional si hablamos de involucrar a los expertos externos en los proyectos de gran visión. En 1982 tuvo lugar en el seno de la UAT un simposio sobre las áreas de investigación que debería acometer la UAT, dando la palabra a los propios investigadores y sus proyectos, para institucionalizar la investigación en un plan maestro que diera vida a las figuras de los centros e institutos, como base de los estudios de posgrado, ya que tres décadas de su fundación, el perfil de recursos humanos formados por la UAT era de licenciatura, y una muy reducida población en posgrado, aunque ya empezaba a figurar la ingeniería portuaria, liderada por el Maestro Miguel Angel Haces Zorrilla, postgraduado en Inglaterra en el tema. Esa es una experiencia de desarrollo institucional que corona también con el Centro de Investigación y Desarrollo Portuario (CIDIPORT), cuyo recurso humano formado fue a incorporarse a todos los puertos del país.

Siempre he sostenido que la actividad académica de la Universidad de los tamaulipecos no hubiera registrado los orígenes e iniciativas de desarrollo institucional, sin la participación de distinguidos hombres y mujeres de ciencia que incluso se han cultivado en el primer mundo. Después de una bióloga, el siguiente rector, Lic. José Manuel Adame Mier invitó al Ph.D. Emmanuel Méndez Palma (Físico), quien no solo fortaleció lo iniciado por su predecesora, sino que abrió una nueva línea de investigación en materia de teledetección, especializando recurso humano en Sistemas de Información Geográfica, que más tarde dio origen al Instituto de Ingeniería y Ciencias, en el seno de la Facultad de Ingeniería y Ciencias, antes Facultad de Agronomía.

Lo mismo puede decirse de las contribuciones del Dr. Héctor Manuel Cappello, quien además de radicarse en Tamaulipas, fundó el Centro de Estudios Multidisciplinarios e Investigaciones Regionales, además de haber fundado antes la Unidad de Planeación Institucional, sin menoscabo de su función docente en licenciatura y posgrado en la Facultad de Ciencias de la Educación, fundada contra viento y marea por el Rector Eduardo Garza Rivas con un puñado de académicos de la UNAM y la UAM a mediados de los setenta.

Fue precisamente con el Rector Adame quien respondió al llamado del Gobernador Américo Villarreal Guerra para darle vida al Consejo Tamaulipeco de Ciencia y Tecnología, que no solo acercó a los académicos liderados por el Dr. Méndez Palma a darle forma a la iniciativa de ley correspondiente, donde pusieron su cuota de experiencia un grupo de biólogos del Instituto de Ecología y Alimentos. Tamaulipas fue el tercer estado en contar con un Consejo de Ciencia y Tecnología, el primero encabezado por un agrónomo, el Ing. Juan Rafael Treviño Higuera.

Fue también el ámbito de la Universidad el que acogió el convenio de Tamaulipas con la SEDESOL para dar vida al Laboratorio Ambiental de Tamaulipas, cuya inversión en capacitación y equipamiento fue financiada por el Banco Mundial, en un ambicioso plan para crear una red nacional de laboratorios en materia ambiental, que solo llegó a cinco y luego naufragó, aunque el Laboratorio de Tamaulipas aún existe.

Concluyo: La idea general de esta reflexión es que los procesos fundacionales requieren de visionarios, que entienden la realidad y sus contextos, fraguan la idea y se entregan con denuedo a iniciativas de gran calado, a pesar de ser considerados locos o ilusos, en ambientes burocráticos lentos y a veces obtusos, pero no declinan, hasta coronar sus esfuerzos. Tengo para mí, que las historias del Instituto de Ecología Aplicada y de la Reserva de la Biosfera El Cielo son dos aventuras paralelas de avance y resiliencia que navegan en mar abierto a pesar de las tempestades de cambios de gobierno y del cambio climático y de la pandemia.

Remato: Dos esfuerzos editoriales dan cuenta de manera puntual de los estudios sobre El Cielo, la Revista cientifica “BIOTAM”,con un sinnúmero de ejemplares publicados por la UAT, y de manera no menos significativa el trascendente libro “Historia Natural de la Reserva de la Biosfera El Cielo”, cuyos originales de hacía una década fueron rescatados por decisión del Rector Jesús Lavín Santos del Prado, siendo una ingente tarea para recontactar y convencer a los autores de fuera que actualizaran sus artículos, que finalmente vieron la luz, con una soberbia edición de texto e imagen para delicia de los amantes de la naturaleza y su conocimiento.

Enhorabuena a todos los investigadores propios y extraños que han generado conocimiento científico de la biodiversidad y larga vida al Cielo, con quienes tenemos deuda eterna por sus servicios ambientales y todo lo demás.

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