Viviendo de prisa

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-08-02

Luz del Carmen Parra

Cuánto hace que no tenemos tiempo para disfrutar de un hermoso amanecer. Cerrar los ojos y escuchar los sonidos que en el silencio del día nos permiten recuperar recuerdos pasados. Hoy me di ese tiempo y pude percibir a lo lejos el canto del gallo, chicharras y grillos, palomas modorras y el murmullo de las ramas de los árboles moviéndose suavemente, recibiendo un mes que antaño quemaba los espacios, haciendo imposible nuestras tareas sin el auxilio del aire acondicionado. 

Hoy inicia el mes más caluroso del año y, sin embargo, no sé a ciencia cierta a que se deba, pero el aire es fresco con olor a lluvia, suave arrullo para un sábado de relajamiento en el correr diario de la rutina laboral. Si no estuviéramos en medio de este confinamiento obligatorio, seguro me hubiera salido a disfrutar de este despertar en medio de la naturaleza. Una caminata al aire libre hubiera sido sensacional. Ya se extraña. 

Recuerdo cuando era niña, me gustaba mucho caminar descalza sobre el césped fresco. El rocío de la noche llenaba el valle de una fragancia con olor a hierba. Descubría cómo el campo se vestía de una gran variedad de florecillas silvestres que adornaban el paisaje con infinidad de colores. Extendía mis brazos y corría tratando de cazar mariposas, mientras el aire llenaba de oxígeno mis pulmones. Y cansada, poniendo mis pies en el agua del arroyo, podía admirar ese escenario que se ha quedado en mi como un tatuaje, el Cerrito de Cristo Rey. 

Pocas ocasiones me permiten volver a enlazarme con mis recuerdos y sentirme como si en estos instantes percibiera lo fresco del agua y su suave masaje. Cuánta paz me producen esas añoranzas.  Lo cierto es que de momento hay mucho ruido en el ambiente social. Demasiados pendientes nos distraen y nos obligan a vivir de prisa. Siempre corriendo y llegando tarde. Buscando metas a veces indefinidas y en medio de encrucijadas. 

La vida se nos va entre las manos en ocasiones cargando culpas y frustraciones que no hemos podido resolver con el paso de los años, o buscando alcanzar sueños que, nos exigen dar el cien y el extra, separándonos de lo más importante del momento, renunciando a disfrutar de lo que nuestro presente nos ofrece. Y así, de pronto, descubrimos que nuestros mejores años se han quedado atrás y con ellos la infancia de nuestros hijos, o los últimos años de nuestros padres o nuestra salud. 

Cuánta incertidumbre en el ambiente. No hay un minuto de silencio, apenas a unas horas de iniciado el día. Los noticieros abruman con sus comentarios alarmantes y manipuladores; los requerimientos de los satisfactores para las necesidades comunes nos exigen volver a tomar el ritmo acelerado, y ahora los ladridos ensordecedores de los perros han saturado el ambiente, con el efecto que causaba una piedra cuando la lanzaba al rio, rompiendo su tranquilo cauce. 

Que sigue, nos preguntamos. Hacia dónde se encaminará la vida en sociedad. Con esta pandemia, hemos perdido mucho de todo lo que nos caracteriza como seres humanos. Nos han obligado a renunciar a todo contacto físico. A un abrazo, a un beso, a un susurro.  A vivir en comunidad. A disfrutar de la naturaleza ahora que vibra en su esplendor. A compartir lo que somos y lo que tenemos. Como harán los jóvenes con todo su ímpetu, para relacionarse entre sí, cuando están viviendo en plenitud, llenos de energía y cuando su característica principal es la rebeldía y su esfuerzo por escindir su propia personalidad del núcleo familiar, en medio de tantas limitaciones. 

Y los niños, que han dejado atrás la posibilidad de aprender jugando, de cuestionar los fenómenos que están conociendo y encontrar sus propias respuestas a través de la observación y la curiosidad. De aprender a diferenciar sus límites, al momento del contacto físico con otros niños, con todo lo que implica la socialización. De la experiencia vital que les trae la convivencia, el compartir y desarrollar la empatía. 

Nos han obligado a concentrarnos en el uso de tecnologías modernas intentando llenar los vacíos que nuestro aislamiento ha provocado. Muchos de los que ya somos adultos, nos vemos obligados a desaprender la forma tradicional de relacionarnos y a intentar contactarnos con las nuevas plataformas de comunicación. El uso de las redes sociales se ha disparado y aparecen como una alternativa para unirnos a distancia, pero emocionalmente no nos proveen de adrenalina para nuestro cerebro, incluso hay voces que aseguran que realmente conducen a la desconexión y, en muchas ocasiones a la soledad. ¿Encontraremos nuevas alternativas? 

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