El amor y la disciplina en casa

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-08-06

Luz del Carmen Parra

Hoy en día estamos asistiendo a una transformación en los roles tradicionales de la familia y vemos con gran alegría, cómo se incorporan los varones a la formación de los hijos con un enfoque cada vez más alejado de aquellas normas rígidas, estrictas, que mantenían a los padres separados emocionalmente de sus hijos y principalmente si eran mujeres.  

Hace algunos años, asistía con regularidad, a conferencias para padres impartidas en la escuela de mis hijos; recuerdo que fue en una de ellas que le escuché decir a uno de los ponentes, que la madre educa el corazón y el padre el carácter, en mi opinión ambos necesarios en la formación de los hijos. Ella aportará la ternura, la sensibilidad, la inteligencia, la paciencia, imprescindibles para desarrollar la empatía y la facilitación de la convivencia social y en algunas veces, también su ejemplo de entrega y compromiso para apoyar la economía del hogar; en tanto él, transmitirá el sentido del orden y la responsabilidad, soporte, abrigo, así como fortaleza para enfrentar con éxito las contrariedades, las frustraciones que se encontrará en el camino para sacar adelante su familia. 

En México, una sociedad tradicionalmente machista, si por alguna razón el padre estaba ausente del hogar largas horas del día, no permitía que se estableciera una relación de confianza y comunicación con sus hijos, y si por casualidad llegaba a estar presente en algún momento, el futbol o el periódico, ocupaban su atención la mayor parte del tiempo. Permanecía ausente, lejano, distante. Debía mantener sobre todo su imagen de autoridad ante sus hijos. Era la madre la que los formaba. 

Ahora vemos cada vez más el acercamiento que las nuevas generaciones tienen con sus hijos y en muchas ocasiones se les acusa de permisibles, de no establecer límites y evitar asignarles tareas que les generen desde pequeños, responsabilidades compartidas en el hogar. 

Nos han dicho tantas veces que una educación rígida causa muchos traumas, pero que hace más fuertes a los hijos para enfrentar las contrariedades, las frustraciones; y otras tantas que el amor en exceso los hace débiles y dependientes. ¿Cómo entonces encontrar el punto medio para crear seres humanos responsables, felices y satisfechos consigo mismos y con el mundo que los rodea? 

Si cada niño cuando nace ya viene dotado de una serie de habilidades propias que le harán único e irrepetible, y cuenta con una serie de aptitudes que le permitirán desarrollar actividades que le harán sentirse capaz, inteligente, hábil, ¿cuál debería ser entonces, el papel que debemos desempeñar los padres? Si educar, en su raíz etimológica significa conducir o guiar, entonces la tarea fundamental de quienes somos padres, ¿es aportar lo necesario para llevar a las nuevas generaciones hacia el conocimiento de su propia identidad? 

Y en este objetivo qué tanto colabora la educación formal, obligatoria a una edad cada vez más corta, donde les desarrollarán habilidades de razonamiento matemático, donde la tendencia es a profesionalizar cada vez más la educación, restándole tiempo al aprendizaje en familia, relegando el manejo de las emociones, aspecto fundamental en el ser humano. Anna Frank decía que «Los sentimientos no pueden ser ignorados, no importa cuán injustos o ingratos nos parezcan.» - De ahí la necesidad de educar también emocionalmente a nuestros hijos. 

Dejemos que aprendan a reconocerse como seres autónomos. Démosles tiempo de gestionar su coraje, su tristeza, su llanto, que asuman pequeños riesgos que les genere confianza en su entorno y eviten desarrollar más tarde fobias de adultos tan difíciles de resolver.  Que experimenten en contacto con la naturaleza los problemas que en Física les resultan a veces difíciles de entender.  

Del ambiente familiar, los pequeños van aprendiendo por imitación, como esponjitas absorben todo, de ahí la necesidad de mantener la coherencia como padres en nuestro accionar cotidiano, para respaldar nuestros dichos. No importa lo que les digamos, sino lo que hacemos porque nunca dejan de observarnos. 

Hagámosles sentir cuánto los amamos y digámoselos muchas veces. Porque no basta con saber nosotros cuánto los queremos, sino que lo más trascendente es que ellos sepan que estamos a su lado, pendientes y acompañándolos.  El amor nunca hace daño. Pero evitemos ocupar su lugar para protegerlos. Dejemos que vivan sus propias experiencias y si han de sufrir caídas, que tengan coraje para levantarse y seguir de pie. 

Dejemos que ellos encuentren su camino y descubran que es lo que los hace felices. Celebremos con júbilo sus éxitos y seamos solidarios en sus esfuerzos por superar sus frustraciones. Enseñémosles que todo es aprendizaje y como tal todo cuesta y sobre todo a ser agradecidos.  

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