Cuando quiero decir No, y digo SI

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-08-09

Luz del Carmen Parra

En qué momento dejamos de ser dueños de nuestras decisiones para aceptar las de los demás, solo con el afán de evitar una discusión que posiblemente desemboque en una fuerte confrontación y, como consecuencia en una ruptura emocional o laboral. 

Antaño era la costumbre educar, particularmente a las mujeres, en la consigna de que debían ser prudentes y como muestra un botón. Permítanme compartirles una frase con la que mi madre platicaba que se despedía de la casa paterna a la recién casada, justo después de la bendición, cuando empezaban los buenos consejos de parte de las madres. Muy propias les decían: “a partir de este momento hija, dejas de llamarte, (cualquiera que fuese su nombre de pila), ahora te llamarás Prudencia, no levantes la voz y no hagas nada para perder la confianza de tu marido”, anulando de un tajo el carácter y la personalidad que le daban identidad propia, para intentar moldearse al gusto y necesidad de su esposo.  

Los tiempos han cambiado y estoy bien segura que actualmente no hay una madre que dé semejante consejo a sus hijas y, sin embargo, la realidad pone de manifiesto como a diario, no solo con nuestra pareja o nuestros hijos, sino también con nuestros amigos o compañeros de oficina e incluso con nuestros clientes no una, sino varias veces, nos encontramos aceptando sus deseos y condiciones, por encima de los nuestros, solo para esquivar una discusión. Evitamos expresar lo que sentimos, vivimos sin hacer escuchar nuestra voz y terminamos aceptando la opinión, la propuesta, el punto de vista de los demás, aun cuando unos minutos antes habíamos decidido rechazarlos y, acabamos por aceptarlos con toda la rabia o frustración que conlleva. 

Cada día nos exhibimos en las redes sociales y exponemos nuestra intimidad tratando de hacer comunidad, de integrarnos a grupos con los que asumimos tener algunas coincidencias y nos obligamos a ceder, la más de las veces, a los cánones seguidos por la mayoría de los miembros, sin que estemos de acuerdo totalmente, solo para ser aceptados. 

Pero cuando no decimos lo que pensamos, lo que sentimos, guardamos silencio y nos negamos a compartir nuestros puntos de vista y admitimos las opiniones de los demás, para adaptarnos a sus gustos y necesidades, finalmente nos invadirá el resentimiento y la culpa como consecuencia de nuestra incapacidad o, fuerza de carácter, para decir basta y empezar a poner límites que nos permitan ganarnos el respeto y la valoración, pero sobre todo, para evitar el abuso de amigos, familiares, clientes, o colaboradores.  

Es importante tener valor para enfrentar el miedo que nos produce generar conflictos por defender nuestras ideas; simular que todo está bien y sacrificar nuestros puntos de vista, quizás lo único que genere sea desaprovechar la oportunidad de enriquecer lo que se nos propone. Discutir con respeto y escuchando los puntos de vista de quien tenemos enfrente, no implica necesariamente llegar a la ruptura de una relación. En ocasiones son oportunidades para crecer y fortalecer nuestra autoestima, para darnos cuenta que nosotros también tenemos algo importante que aportar. 

Empecemos por valorarnos, por defender nuestros argumentos sin perder la cabeza, siempre respetando a nuestro interlocutor, pero sin cuestionar por nuestra incapacidad de negociación, que nuestro proyecto, idea o trabajo, es mejor.  No cedamos sin dar la batalla. Luchemos por lo que creemos, queremos y esperamos. 

Aprender a decir NO, cuando así lo hayamos decidido, es nuestra responsabilidad. Hacerlo poco a poco, quizá en el detalle menos importante, nos irá permitiendo encontrar la confianza en nosotros mismos, sin perder de vista que tenemos el derecho de expresar lo que pensamos, lo que sentimos, y que merecemos que se nos respete por ello. 

Pronunciar de forma clara, contundente lo que queremos decir, sin confusiones verbales, nos ayudará a hacer la diferencia, pese a tener una forma de pensar diferente, tenemos el legítimo derecho de manifestarnos, de defender nuestras ideas y de que se valore nuestro trabajo. 

Aceptar de manera rutinaria las opiniones ajenas por las más variadas razones que nos lleven a buscar justificarnos, tratando de quedar bien, para evitar el qué dirán, por temor a perder el amor o la amistad de una persona muy querida o por miedo a ser rechazados, nos cuesta mucho. Las personas que nos quieren realmente serán aquellas que nos aceptan tal y como somos. Recordemos lo que decía Ralph Waldo Emerson “Ser uno mismo en un mundo que constantemente trata de que no lo seas, es el mayor de los logros”. 

Derechos Reservados © La Capital 2020