Cuando la rutina ahoga a la pareja

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-09-03

Luz del Carmen Parra

Volver a revivir los momentos que nos acercaron al altar y tomar la decisión de asumir un compromiso de vida con nuestra pareja, después de varios años de matrimonio, quizás nos permita retomar aliento para seguir adelante. Recuerdo con especial emoción el día que una de mis mejores amigas me invitó a participar en la despedida de soltera de su hija mayor, que lucía hermosísima, más que de costumbre, porque yo veía una luz en sus ojos que iluminaba todo a su alrededor. La alegría que irradiaba, era tal, que nos llenaba a todos los que veíamos acercarse día a día la fecha de su enlace. 

Me sentí muy honrada de que, para esa ocasión, me permitiera expresarle a través de un juego que se me ocurrió, lo que yo tenía de experiencia adquirida a través de casi 30 años de matrimonio. Me propuse decorar una canasta, a la que le añadí 5 manzanas amarillas y 5 manzanas rojas, grandes y hermosas, las busqué especialmente para cumplir con el objetivo que me había trazado para el momento que me tocara presentarme. 

Después de unas breves palabras donde expliqué el propósito de mi juego, las distribuí a las voluntarias que aceptaron participar conmigo. A quien le tocara una manzana amarilla, tendría que compartir una experiencia que a su consideración había lastimado y/o destruido su relación de pareja; en tanto, a quien correspondiera una manzana de color rojo, narraría momentos que le habían hecho crecer y madurar su vínculo matrimonial. 

Iba alternando una amarilla, una roja, tratando de compensar la realidad misma del matrimonio que, a mi muy particular modo de verlo, es como el contorno que desdibujan en el horizonte las montañas de la hermosa Ciudad Victoria. Muchas subidas y bajadas. No solo hay planicies. No. Así se conforma un todo. Un maravilloso paisaje que al final del día me llena de paz.  

Recuerdo que las propuestas hechas por las señoras a quienes correspondieron las manzanas amarillas, coincidieron en enumerar aspectos como los celos, la competencia interna en la pareja, la indiferencia, la rutina y el abandono, como las experiencias negativas que habían dañado su matrimonio. 

De los momentos que hicieron que las parejas retomaran su ánimo de volver a intentarlo, de mantener la relación, destacaron sobre todo la comunicación y el respeto, el perdón y el reconocimiento de querer intentar cambiar, rectificar los errores y las ofensas, el compartir, no solo la responsabilidad de la crianza de los hijos, sino también las labores del hogar y el sostén económico, y sobre todo la empatía y la valoración, que les permitiera ponerse en el lugar del otro, ser solidarios y estar dispuestos a ayudarse. 

Después de haber escuchado las experiencias vividas en carne y hueso por mujeres que yo sabía que llevaban más de 15 años en el esfuerzo de mantener su familia, dos cosas quedaron en mi memoria como las que más daño habían causado en la vida de una mujer casada. La indiferencia de su esposo, y la rutina, que llegó cuando el compromiso matrimonial distrajo a la pareja en la lucha por la subsistencia. Cuando se olvidaron los detalles y la comunicación íntima se perdió. Cuando empezaron las críticas y las exigencias. Cuando se personalizaron los errores. Cuando se devaluó y la competencia entre ellos se convirtió en una lucha de poder, tan agria, que destruyó la autoestima y las ganas de seguir. 

La rutina sin lugar a dudas es el peor enemigo de una buena relación de pareja. Cuando de repente ni se nota la presencia del otro; cuando se pierde de vista porque están ahí, cómo fue que llegaron a enlazar sus vidas; cuando sus sueños dejaron de ser compartidos y empezaron a imponerse solo los puntos de vista del que domina. No es fácil ser siempre el perdedor, o pasar a ser solo un objeto decorativo de la casa. 

Recuerdo que cerraba el juego, invitando a reflexionar a la futura esposa. Le pedía que guardara esa canasta en su clóset y en su corazón, todas las emociones que estaba viviendo en aquella tarde en que yo la veía tan ilusionada. Todo lo que estaba sintiendo, el amor que la estaba llevando a tomar la decisión de entregar su vida por completo al hombre que había elegido como su compañero, para que en los momentos en que llegaran, porque habrían de llegar, esas circunstancias que pondrían a prueba su amor, las recordara y las volviera a vivir, con la misma emoción, con el mismo entusiasmo, para que ponderara mejor la decisión de terminar o, seguir adelante. 

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