Dominados por un mundo de apariencias

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-09-06

Luz del Carmen Parra

Socialmente expresar nuestras emociones es algo mal visto, de poca educación y autocontrol. Desde pequeños se nos ha dicho que es lo que podemos sentir, cómo, cuándo y dónde manifestarlo y, sobre todo, que es susceptible enunciar en público y que no. Que debemos guardar la calma, no hacer berrinches, no levantar la voz, ser ecuánimes, equilibrados.  

Se nos ha dicho a qué tipo de emociones podemos dar cabida, de preferencia positivas que, según los psicólogos, nos relacionan con sentimientos agradables y satisfactorios como la alegría, la risa, el júbilo, el amor, el orgullo y, otras que definitivamente debemos rechazar, porque dicen, son malas, que nos hacen daño y, por tanto, debemos evitar por sobre todas las cosas, como el coraje, la tristeza, el llanto, la ansiedad.  

Con ello, se nos ha dificultado aún más el camino para llegar a conocernos a nosotros mismos. Evitamos ponernos en contacto con nuestras propias emociones. Ignoramos que nos gusta y que nos disgusta. No sabemos cómo reaccionar de forma espontánea e instintiva ante los eventos cotidianos que nos ponen a prueba y como aprender a gestionar nuestras emociones. Es muy válido sentir enfado, enojo, rabia sobre todo cuando estamos siendo objeto de un abuso o de una injusticia. Eso no es una tontería. Tenemos derecho a defendernos. Cómo evitar sentirnos tristes y llorar ante una pérdida. Como negar la desolación ante la incertidumbre. Todas estas emociones son válidas y tenemos que aprender a vivirlas.  

Lo que no está permitido, es perder el control de nuestras emociones y tirarnos de golpes, o acudir a la violencia verbal para resolver nuestras contrariedades. No tenemos la cultura del autoconocimiento, rechazamos nuestras emociones y en muchas ocasiones nos producen culpa y vergüenza, disfrazamos con nuestra buena educación, lo que en conciencia sabemos válido y propio de nuestra naturaleza humana.  

No es necesario llegar a los gritos ni a las ofensas cuando algo nos enoja, pero es evidente que habrá una forma de manifestarlo, para evitar disfrazarlo con una sonrisa forzada. La buena educación nos obliga a sacrificar nuestras emociones negativas, pero en realidad podemos encausarlas de forma positiva para no volver a permitir ofensas. Aprendamos a delimitar nuestro espacio, defendamos nuestro derecho a manifestar lo que sentimos. Expresemos si nos lastiman, si nos ofenden. De que otra forma conocerán el daño que nos ocasionan si nos quedamos cayados por no faltar a las buenas costumbres. Sino levantamos la voz, si nos mantenemos prudentes.  

Si yo no puedo verbalizarlo, sino puedo reconocerlo y no puedo manejarlo, tampoco podré reconocerlo en los demás. Trabajar en el manejo de mis emociones implica necesariamente conocerme y aceptarme, identificar aquello que me hace capaz de evolucionar. Lo cual no tiene nada que ver con la autoestima, ojo. Una cosa no implica la otra. Son dos conceptos totalmente diferentes.  

No basta con echarnos porras. No podemos sujetarnos al tú puedes, adelante, seremos los mejores, es tu esfuerzo, vamos adelante. No. Tendríamos primero que pasar por la aduana del autoconocimiento. De conocer cuál es la imagen que tenemos de nosotros mismos. De aceptarnos y reconocernos. De saber identificar nuestras capacidades y fortalezas, nuestras limitaciones y ubicar cuál es nuestro talento a desarrollar, y entonces sí, esforzarnos al máximo.  

Porque vivir aparentando que todo está bien, que nada nos incomoda, que vivimos felices 24 horas al día, que no tenemos problemas, que nada nos ocasiona un mal momento, ni nos produce el menor malestar, tratando de mantener una buena imagen ante los demás, comportándonos con etiqueta, solo por granjearnos la aceptación y mostrar nuestra buena educación, me recuerda el dicho aquel que reza así “quien vive de apariencias, muere de desengaños”.  

Sabemos que nuestras emociones derivan en sentimientos en la medida en que tomamos conciencia de ellas, las etiquetamos y emitimos un juicio. De ahí la importancia de aprender a gestionarlas, de encontrar el mejor momento o la mejor forma de resolverlas, pero enfrentemos la necesidad de vivirlas. Aceptémoslas como las señales en el camino.  

Démonos la oportunidad de intentarlo, de equivocarnos y experimentar para descubrir si de verdad eso es lo que a nosotros nos identifica. Démonos la oportunidad de enfadarnos, de estar tristes, de reír o deprimirnos, en una palabra, de vivir nuestras emociones como parte de nuestras reacciones químicas, involuntarias propias de nuestro ser. No aceptemos que nos digan que podemos sentir o que debemos evitar. No juzguemos nuestras emociones. Ni positivas, ni negativas, simples respuestas a estímulos de nuestra biología. Hagámoslas nuestras y dejemos que trabajen a nuestro favor, guiando nuestra conducta social de forma más espontánea, más sincera. 

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