Los riesgos de dejarlo para después

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-09-08

Luz del Carmen Parra

A pesar de esforzarnos por evitar conflictos y problemas en la vida, todos de alguna u otra forma tarde o temprano, nos vemos en la necesidad de resolver situaciones que confrontan nuestra capacidad de respuesta ante lo imprevisto. Detalles que vienen a romper con lo cotidiano y que nos obligan a tomar decisiones muchas de ellas ocasionales, pero que, de no hacerlo de inmediato, pueden multiplicarse y derivar en algo más complicado. 

Hay quienes no toman en serio la primera llamada de atención y empiezan a posponer, minimizando cualquier dificultad que se presenta, evaden hacer un alto en el camino para evaluar lo que está pasando, sin considerar que cada día sin resolver, es una posibilidad de que aquello escale a mayores magnitudes. Se toman su tiempo, esperan a que las cosas retornen a su curso por sí solas, como si por arte de magia todo volviera a la normalidad. 

Me viene a la memoria aquella fábula de la rana y el agua caliente. Nada más simple para ejemplificar la triste situación de quienes no han aprendido a resolver sus problemas y día a día los evaden buscando alternativas de solución espontáneas, evitando su responsabilidad y compromiso. Asegura su autor que, si ponemos una ranita en agua caliente, de inmediato salta, por instinto de conservación intentando salvar su vida; pero si en cambio colocamos el animalito en un recipiente con agua fría, permanecerá dentro a pesar de prenderle fuego para que empiece a calentarse. 

Resulta que, al subir el calor del agua, ella intentará adaptar su termostato para permanecer en condiciones agradables y en tanto el agua vaya alcanzando mayores temperaturas, hará cada vez mayor esfuerzo para acomodarse hasta llegar el momento en que será tal el calor que busque saltar, pero ya no tendrá fuerzas porque se habrá agotado en el intento de conservar su temperatura adecuada y, finalmente morirá. 

No podemos acostumbrarnos a vivir en los problemas. Si los atendemos en el momento en que surgen siempre será más fácil solucionarlos. Si nos habituamos a dejar para después, para más al rato, para mañana, sin lugar a dudas que poco a poco crecerán y cabe la posibilidad de que, llegado el momento, nos veamos rebasados por ellos. Nada se resuelve por sí mismo. La naturaleza necesita de nosotros para ser perfecta. Necesitamos asumir riesgos y tomar decisiones; pero no basta con decidir, hay que resolver, hay que tomar acción. 

Enfrentar el miedo que nos representa la posibilidad de equivocarnos. Superar esos 5 segundos en que nuestros pensamientos negativos nos aseguran que no somos capaces, que no podemos, que no vale la pena, que mejor lo haremos más tarde. Ese nerviosismo que nubla nuestro razonamiento lógico, principal herramienta de solución. Es necesario mantener la mente fría y toda nuestra lucidez para poner en su exacta dimensión nuestros conflictos.  

Recuerdo que a mediados de los 80’s inicios de los 90’s, pasaron una serie de televisión que me aficioné mucho a ver y de la que aprendí a resolver problemas con elementos que tenía a la mano. Aprendí a desarrollar mi creatividad, mi inventiva. Jugando a pensar diferente, a darle utilidad a las cosas más simples. A imaginar alternativas que me permitieran resolver las cosas pequeñas que requerían atención inmediata. Quizás muchos recuerden al gran MacGiver. Quiero traerlo a la memoria porque sin lugar a dudas, es el mejor ejemplo de cómo solventar cualquier traspié. 

Se que los problemas derivados de las relaciones humanas se nos complican más al tratar de encontrar soluciones a los conflictos, porque están de por medio los sentimientos, las emociones que no ayudan en mucho cuando se trata de solventar diferencias. Podemos caer en la tentación de victimizarnos y de culpar a los demás de nuestros problemas, esperando que sean ellos los que finalmente resuelvan, dejamos en sus manos la posibilidad de solución y cómodamente nos situamos en la otra esquina, haciéndonos los ofendidos. 

Sin lugar a dudas, mientras no tomemos cartas en el asunto, nada se resolverá solo y, por el contrario, cada día que pasa se irán añadiendo más elementos de confrontación. Aunque nos duela madurar, debemos ser responsables de nuestros actos, reconocer si nos hemos equivocado, si en nuestro actuar hemos lastimado, y buscar líneas de entendimiento sin dejar de lado que podemos establecer límites, cuando de defender nuestros derechos se trata. 

Tampoco debemos sacrificarnos en pos de alcanzar acuerdos. Seamos justos cuando busquemos soluciones de paz. Porque si somos siempre los que cedemos, acabaremos por ponernos en riesgo de caer en manos de alguien chantajista, abusivo o manipulador.

Derechos Reservados © La Capital 2020