Tiempos de guerra

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-09-10

Luz del Carmen Parra

Atorados en medio de un mundo que de pronto se paralizó, apenas atinamos a sobrevivir el día en medio de tanta incertidumbre. Nada en apariencia se acomoda a nuestro favor. Todo implica un esfuerzo superior. Estamos a prueba no solo físicamente, sino emocionalmente. Mantener nuestro equilibrio espiritual es al parecer ahora el mayor de nuestros retos.  

Pasan los meses y cada día se hace más pesado sobrellevar la ausencia. Ya los móviles no son suficientes para calentar el alma. Necesitamos salir al sol y ponernos en contacto con la naturaleza. Respirar el aire fresco del amanecer y disfrutar de las puestas de sol tomando una taza de café, rodeados de los amigos. Volver a sentir el contacto humano. Tocarnos sin miedo y redescubrirnos el rostro para fundirnos en un cálido abrazo, tanto tiempo contenido por el temor al contagio.  

Nuestra casa, nuestro refugio, empieza a no ser suficiente. Ya no hay polvo. Se han cambiado dos o tres veces las cosas de lugar. Hemos aprendido a cocinar, a preparar algún postre. Hemos visto ya las películas que no veíamos en mucho tiempo o aquellas que estaban en la lista de nuestros pendientes y hemos aprendido un poco más a estar con nosotros mismos obligados por el confinamiento.   

Quizás también nos dimos tiempo de redescubrir nuestra pareja, de desempolvar nuestra relación y volvernos a ver como aquellos días en que empezábamos el camino juntos. Nos dimos tiempo de leer a nuestros hijos un cuento antes de dormir y disfrutamos diciéndoles cuánto los amamos. Valoramos nuestros padres y comprendimos mejor su entrega y ese afán de buscar nuestra compañía, sin entenderla como chantaje o manipulación.  

Compartimos la energía propia de nuestros jóvenes que buscan encauzarla en medio de tantas restricciones. No vayas, no salgas, no, no, no, volviendo a traer a la mesa aquellos “no’s” de la infancia, sintiendo su desesperación de no saber qué hacer con su tiempo libre. Vivimos la inmensa preocupación del mañana ante la caída estrepitosa de la economía en el mundo y la pregunta inevitable es ¿también yo perderé mi empleo?, justo cuando nuestras finanzas están a punto de la quiebra.  

Sino nos ha caído el veinte, como se dice coloquialmente, la verdad es que estamos viviendo tiempos de guerra. No hemos escuchado la detonación de bombas, ni los ruidos estrepitosos de helicópteros rodeando nuestras ciudades y, sin embargo, el daño en el mundo es similar a las consecuencias derivadas de aquellos años negros de la historia en que la humanidad se vio envuelta en un baño de sangre.  

Somos damnificados. Si, no cabe la menor duda. Hemos perdido mucho en tan poco tiempo. Nos sentimos a la deriva, sin rumbo. No hay líderes en el mundo en estos momentos que nos den seguridad y nos señalen el camino. Todo fluye incierto. Todo pone a prueba nuestra capacidad de sobrevivencia. Es tiempo de aprender a desprendernos de lo que amamos. De lo que tanto nos ha costado y por lo que tanto hemos luchado.  

La pregunta entonces es, ¿tendremos la fortaleza de dejar ir, de llorar nuestras pérdidas y reencontrarnos con lo poco o mucho que nos quede al final de esta experiencia? ¿Podremos reinventarnos como lo hicieron aquellos que abandonaron su hogar, su tierra, su familia solo por salvar la vida? Como lo siguen haciendo día a día, cientos de miles de refugiados que emigran desposeídos injustamente.  

Como decía la madre Teresa de Calcuta, “hemos pasado mucho tiempo ganándonos la vida, pero no el suficiente tiempo viviéndola”. ¿Qué haremos con nuestra vida cuando retomemos la rutina del trabajo? ¿En qué invertiremos nuestro tiempo? ¿A que le daremos valor, por qué lucharemos y en que centraremos nuestros esfuerzos? ¿Correremos de nuevo tras la búsqueda incasable de riquezas materiales, de accesorios que duran lo que un suspiro o de superficialidades que solo dan color en apariencia, y volveremos a dejar de lado aquello que hemos reencontrado gracias a la pandemia?.  

Seremos capaces de recoger lo que hemos descubierto y no renunciar a ellos. Tendremos la suficiente sabiduría de valorar lo trascendente de la vida y lo que nos regala todos los días al despertarnos. Agradeceremos a Dios el privilegio de sentirnos vivos, aprenderemos a respetar el flujo de la naturaleza y finalmente, recordaremos siempre a quienes se quedaron en el camino.  

Sin lugar a dudas, toda la humanidad enfrentamos el reto de trascender a este fenómeno de la naturaleza, que pone en riesgo nuestra propia existencia. Esforcémonos por ser uno de los que cuenten esta parte de la historia. La guerra continúa.

 

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