Las mil y una anécdotas

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2020-09-18

Salomón Beltrán Caballero

Alguna vez a todos nos dio por atesorar algún objeto que nos agradaba mucho, yo no fui la excepción, y cuando joven, me regalaron mi primer saco sport, no quiero negar que a esa edad el hecho de tener este tipo de prenda era un tanto vanidoso, pues resaltaba la presencia, dándole a la apariencia un toque de distinción, propio de una clase aristócrata, aunque en los bolsillos no traía ningún peso, en fin, nunca he sido engreído, pero me sentía muy Chic; pues bien, a ese primer saco siguió otro, uno era para la temporada de verano, otro, para el invierno; en toda fotografía aparecía con mis saquitos; años después, pude comprar un saco de este estilo cada año, así es que completé un guardarropa de seis sacos, pero como suele pasar,  con el tiempo, de ser un joven delgado, empecé a embarnecer y fui abandonando los sacos, y al casarme, pues la verdad, la buena vida le va dando a uno el cuerpo de señor, y fue cuando le dije adiós a mis queridos sacos; los guardé en sus  porta sacos especiales, les puse una sustancia para protegerlos de la humedad , y el tiempo fue pasando, y llegó el día  en que sería padre y pensé: le heredaré mis sacos a mi hijo, y nada, que el primer bebé fue niña, me dije: esperaré al segundo, y nada, que el segundo bebé  fue niña; hasta que en el tercer intento llegó el varón, y me dije: ahora sólo tengo que esperar a que mi hijo crezca y le podré heredar mis amados sacos sport; y  ya cuando su desarrollo llegó al término deseado, al cumplir mi hijo los quince años, saqué mi colección de sacos, pero al muchacho le gustaba otro estilo de moda y me los despreció. María Elena, mi esposa, me dijo: ya regala esos sacos porque después nadie los va a querer por estar pasados de moda, yo salí en defensa de mis sacos y le dije: mis sacos son clásicos, nunca pasaran de moda, algún día tendré nietos y ellos sí sabrán apreciar el valor de mi colección. Mi primer nieto fue varón, así es que ya nada más me faltaba esperar a que tuviera quince años; poco a poco le fui hablando al niño de mi colección de sacos sport y le dije: algún día serán tuyos; el niño llegó a ilusionarse con todas aquellas historias que le platicaba sobre cada saco, y cuando por fin llegó el momento de entregarle mi herencia, de plano, hasta a mí se me olvidó dónde quedaron los fregados sacos, pero al niño, que ya era un joven hecho y derecho no se le olvidaron, entonces, un buen día, me dijo: Abuelo te acuerdas que me dijiste que tenías unos sacos sport muy bonitos, pues fíjate que vine a una fiesta y resulta que no me dejan entrar si no llevo puesto un saco, la mayoría trae traje de vestir, cómo ves si me adelantas la herencia y me los traes ahorita a la fiesta, estoy en el estacionamiento. Me llenó de emoción la noticia y le dije: No te muevas de ahí, te voy a llevar los seis sacos, son tuyos, tú escoge el que quieras ponerte para la fiesta y los demás te los llevas para tu casa. Saltando de gusto le pedí a María Elena que sacara los sacos, pero ella dijo: La verdad  no sé dónde están, en cada cambio de casa se movían de un lado para otro. Pero no me desanimó su respuesta, los busqué  en todos los closets hasta que por fin pude ver los porta sacos muy bien empaquetados, tal y como yo los había acomodado en su momento, sin más los tomé y los coloqué en el asiento posterior del auto, y salí  a toda prisa. Cuando llegué al estacionamiento, mi nieto se tronaba los dedos de nervios, detuve el auto, y le dije: no te apures hijo, vas a ser el más prendido de la fiesta. Saqué el primer  saco de su empaque y mi nieto se lo probó, le quedaba a la perfección, pero cuando estiró los brazos se le desprendieron las mangas. ¡Pero qué barbaridad! le dije, ¡se  descosió! pero no te preocupes  para eso tenemos más. Sacamos otro saco, y al abrochar los botones estos se desintegraron. Me sentí muy apenado, mientras veía que la frente de mi nieto se pelaba de sudor. Le dije, va el tercero, no faltaba más. Pero mi nieto, dándome una palmada en el hombro me dijo: No te preocupes abuelo, da lo mismo, en esta fiesta no creo que nadie sepa apreciar lo bueno. Muy apenado le dije: Lo siento mucho Sebastián, qué pena contigo, mira que pensar que los sacos pudieran ser tan buenos, que aguantarían todo el tiempo esperando encontrar otro dueño, no cabe duda que estos sacos, como todo en la vida, tiene un principio y un fin, y no debí guardarlos tanto tiempo, cabe la lección de no buscar atesorar los bienes materiales, sólo los bienes del cielo, esos, Sebastián, sí son eternos.

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