¡Qué bueno que no lee los periódicos!

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-10-12

Liborio Méndez Zúñiga

Si usted nació a mediados del siglo pasado, y en un descuido su infancia la pasó en el mundo rural, lo más probable es que no había biblioteca en su casa y tampoco se leían los periódicos, si acaso panfletos o revistas de adultos, y su contacto con el mundo era la radio, que también estaba dirigida a los adultos, y si acaso diferenciaba a hombres y mujeres era por la publicidad.

De modo que al llegar a la primaria, la oreja seguía pendiente de las voces de adultos, los profesores, siendo afortunados los escolapios que tenían varias maestras en los seis grados de la primaria. Digo, eran más humanas y empleaban con tacto los reglazos correctivos de las travesuras infantiles o de plano sus maldades. Pero los periódicos seguían distantes de los ojos infantiles, salvo las tiras cómicas.

Si no me falla la memoria, en la instrucción secundaria tuve mis primeros asomos a la prensa local de algunos municipios fronterizos, al ver a profesores con periódicos bajo el brazo, y sobre todo oírlos discutir sobre temas de política en esos medios, es decir, escuchar conversaciones sobre las opiniones de terceros, que amén de carrera en el periodismo, publicaban artículos de opinión. Pero que recuerde, en mi experiencia con los medios, solo recuerdo a Rogelio Botello Ríos y a Roberto Avilés Candia, gracias a la radio.

Por cursar el bachillerato en el otrora glorioso pueblo “18 de marzo”, en el primer peldaño a la vida universitaria, empecé a procurar leer periódicos de la capital tamaulipeca por esos años (1969-1971), tal vez por mis pasos como asambleísta universitario. Mis intereses habían pasado de las noticias deportivas, principalmente del beisbol, a los temas de la política, lo cual tenía un referente: el movimiento estudiantil de 1968, que aunque usted no lo crea tenía su impacto en mentes juveniles que estudiaban en la ciudad de México y traían noticias que no se conocían por los medios incluso nacionales. 

Sopesar a la distancia el ruido glamoroso de las Olimpiadas y el silencio de la masacre de Tlatelolco, no podía pasar inadvertido para quien tuviera alguna noción de la justicia y los abusos en una región agrícola cuyos productores empezaban a resentir la corrupción de las instituciones. Mis paisanos recordarán aquel día que una partida militar se paseó por el pueblo como si estuviéramos en guerra inminente y en especial le dieron una vuelta a las instalaciones de la Escuela Secundaria Federal, ¡hágame usted el favor! Era de esperarse que la gente empezara a hablar de los estudiantes del Poli y de la UNAM, que seguramente andaban en el movimiento y se temía que brigadas organizaran protestas en la provincia, quemando comercios y demás.

Recuerdo que un día que pasaba por enfrente de la casa de una autoridad de mi escuela, me invita a platicar y de manera ladina empieza a informarme de posibles acciones de líderes estudiantiles en la ciudad, y a prevenirme de no involucrarme con Fulano, Sutano y Perengano, presuntos amigos de barrio, porque si se enteraba tendría que informarlo a las autoridades y podía perder mi beca del gobierno federal.

Dígame usted si esa amenaza no despertaba en un chico de mi edad el interés por saber más, en mi casa no me decían nada, lo que pasaba en el país lo sabíamos a cuentagotas por algunos profesores que lo comentaban en privado, y que nos dejaban en ascuas sobre la represión brutal del gobierno de Díaz Ordaz sobre estudiantes y la gente que los apoyaba.

Entonces llegué a la Universidad decidido a leer periódicos y revistas que hablaran y explicaran lo que pasaba en México, y esa sed de informarse sobre los problemas sociales me acompaña hasta la fecha, y fue uno de mis mejores aprendizajes cuando fui al posgrado en Chapingo, entre 1979 y 1980, pudiendo leer a diario prensa crítica y plumas no solo de periodistas sino también de estudiosos e intelectuales. 

Lo que digo, lo que pienso y he hecho, incluidos mis alcances profesionales, se lo debo en buena medida a los periódicos y revistas nacionales, los pocos que no solo informan sino que forman ciudadanos libres y con conciencia social de los problemas nacionales, como referente del quehacer local.

El jinete sin cabeza que felicitó a una señora por no leer los periódicos, en una gira de baño de pueblo, fue y sigue siendo un icono de la ignorancia de los políticos-gerentes, esa pandemia de incultura de la sociedad mexicana, que parece haber dado un brinco macizo con su voto en 2018.

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