Los perrhijos de la calle

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-10-18

Liborio Méndez Zúñiga

La vida sin cercanía con los animales domésticos, sean del tamaño que sean, no sería vida, eso dicen muchos, al grado de defender con uñas y dientes a las mascotas e incluso a los animales de calle, porque es una tragedia vivir como perrito sin dueño. Por mi parte, mi experiencia de vida fue con perros de rancho, es decir, con todo el campo al aire libre, sin entrar a la casa, si acaso echarse en el quicio de las puertas o trepar a la caja de la camioneta. No estaban exentos de accidentes entre máquinas y equipos agrícolas, o píquetes de víboras, pero los perros eran considerados guardianes de la propiedad, y en segundo lugar eran compañeros de adultos y niños en caminatas y recorridos por caminos y campos de cultivo. Otra función importante de los perros era ayudar a cuidar el ganado y sobre todo hacerle frente a los coyotes que asediaban el gallinero. 

Allá por los años setenta, un amigo y luego compadre se hizo de un perro de raza, Weimaraner, y como ya tenía perros en casa me lo regaló para llevarlo al hogar materno, en donde fue adoptado con gusto por mi madre y hermanas. Era un perrazo, admiración de los vecinos, pero la cerca del solar no lo detenía y de cuando en cuando salía a recorrer el barrio, hasta que un día ya no regresó. Al parecer encontró dueño que se lo llevó a vivir a un rancho. Fue duelo familiar.

Cuando llegaron las hijas, hicieron su lucha por hacerse de un perro, pero nunca consentimos porque sabíamos que tener un perro es una responsabilidad con un ser vivo que siente y requiere cuidados, que implican carga de trabajo adicional y una bronca cada vez que se desee viajar. De modo que mis herederas se conformaron con Avelino, un canario herido que apareció en el solar, con un gato (Bono) y la efímera estancia de un pollito que no aguantamos ni una semana por su constante piar. Otro triste final y muchas lágrimas: Un día no apareció ni Avelino ni su jaula, y otro día regresó a casa Bono mal herido con un golpiza en la cara, sin más remedio que llevarlo a dormir con el veterinario Kevorkian.

Cuando me instalo en el retiro en Posta Paraíso, donde no llegamos a mil habitantes, en los primeros años no llamaron mi atención los perros del pueblito, si bien solo una calle comunica de punta a punta al asentamiento. Los ruidos de animales parecían dominarlos las aves nocturnas y diurnas, y oiga usted, qué delicia escuchar el concierto matinal desde el amanecer, con la dosis de estridencia de las chachalacas, para el debido contraste, aunque se compensa con el relámpago verde de los loros, diría el poeta.

Sin embargo, pronto me hice cargo que el número de canes en el pueblo no es despreciable, sobre todo a la hora de movimiento de personas a pié o en bicicleta y moto, además de vehículos. Los ladridos de perros aumentan y la caminata para ejercicio o disfrute de la floresta, ya no es tan tranquila y de plano aparece la dosis de estrés y también el temor de que alguna fierecilla perruna acompañe el ladrido con la mordida. El camino del pueblo con casas a ambos lados, supone una caminata de cuatro o cinco kilómetros en mi caso, y aquello llega a parecer más bien una jornada con obstáculos con tanto chucho que pareciera esperar a los incautos para hacer esgrima con la amenaza de ataque, llegando a pelarle dientes a tiro de patada. 

En esas condiciones, mejor ir a darle vueltas a la placita de la villa, aunque es tan corta la vuelta que se corre el riesgo de marearse y azotar en un descuido, porque además, allí también hay perros alrededor de la manzana, y tomando la siesta en dicho espacio público.

De modo que llegué al punto de buscar alternativas. Una buena vara correosa o mi bastón, por cierto un bastón con experiencia porque fue el cayado de mi padre, una barra de metal liviano brillante, lo que parece incomodar a los canes. Además tiene graduación de la extensión para manejarlo corto o largo. Me recomendaron también una especie de gas cuyo olor no toleran estos animalitos, pero además de piedras en los bolsillos, zapatos con puntera macisa tipo bota de trabajo, porque si lleva mocasines o tenis, pueden salir volando en el primer lance, y ay de usted si hay testigos porque lo verán en facebook.

Recordando alguna anécdota de mi niñez, una vez caminaba con mi padre en la noche por una brecha en Río Bravo, Tamaulipas, y de una rancho salió una pequeña jauría ladrando como perros ferales y mi padre, con un chaquetón de frío inclina el cuerpo y extiende los brazos y dando saltos y gritos enfrenta a los perros, que milagrosamente dejan de correr, cambian su ladrar por aullidos suaves y con la cola entre las piernas retroceden a lugar seguro, porque mi señor padre quien sabe que tipo de animal fuera pero semejante bulto y ladridos no se habían escuchado jamás. El miedo no anda en burro.

Ahora bien, una cosa es ser perro callejero en la ciudad y otra en una pequeña villa, me refiero la animalidad de los perros sin dueño responsable de los pueblos. Los cuidan pero hasta cierto punto, es muy raro que estén confinados al solar, muy pocos los amarran y casi nadie les pone collar. Se alimentan con sobras de la comida de los humanos, muy poco de croquetas y no hay control estricto de vacunas, si acaso de pulgas, garrapatas y sarna. Puede ser más duro el matrato animal, porque no tienen el trato de mascotas, con la higiene correspondiente para dormir en la cama o sofá de la casa. Tal vez esto es así porque se les equipara con las aves de patio, los cerdos o caballos, que se las entienden casi a campo raso. 

Además está el problema de la reproducción no controlada, cosa que también importa no solo por la endogamia, y se ve en la cantidad de perros famélicos que aparecen en cualquier carne asada que huelan cerca, y que fomenta no falta quien de los comensales acomedidos que contribuyen a la presencia de animales sin dueño.

Una breve búsqueda en internet me apabulló de lo que se publica sobre perros callejeros, para empezar que México es campeón en América Latina, que la legislación que hay no se aplica y que los mexicanos no somos conscientes de la “tenencia responsable” aunque digamos que somos dueños de perros o gatos. Y asómbrese, el INEGI tiene censos de perros callejeros, sabrá Dios cómo los encuesta. El caso es que importan por motivos de salud publica, ya que defecan en cantidades industriales, y polvos y vectores de enfermedades los respiramos alegremente. 

Y en eso andaba yo cuando nos llegó la pandemia, pero esa es otra historia.

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