Por si no te vuelvo a ver

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-11-02

Liborio Méndez Zúñiga

Vivir casi dos mitades de siglo permite tener una historia para contarla, y tal vez varias historias generacionales. La llevamos en cuerpo y alma, sabiendo poco a poco que lo normal es hacernos viejos y morir, irremediablemente. En los últimos años de vida pareciera oportuno recordar en lo posible el camino andado.

Si se pudiera tener un plan de vida escrito, cosa que tal vez muy pocos puedan hacer, tal vez se facilitaría el recuento, sin embargo, la vida en gran medida ocurre en medio del azar por no decir del caos, teniendo que recurrir a los momentos y fechas de las decisiones de vida que nos llevaron por la senda andada, el oficio o profesión elegida, el matrimonio, los hijos, la empresa, que pueden dar razón de nuestra huella en el tiempo y en el espacio.

El recuento tendrá más sentido y significados para quienes tuvieron relaciones con el autor, aún cuando hayan sido lapsos breves con vecinos, compañeros de escuela y trabajo, o bien encuentros casuales de algunos días, porque podrán contextualizar momentos del camino andado. De no ser así, aún queda el recurso de la imaginación para leer entre líneas los pasos dados e incluso los zigzagueos en situaciones difíciles o tragos amargos de la vida.

Las biografías incluso profesionales no cuentan todo, por la elemental autocensura, pero intentar contar para explicar las decisiones que se toman, siempre será un deseo de quien tuvo la pretensión de ser consciente de sus decires y haceres.

En la infancia, los hijos son llevados de la mano, entre tanto viven gracias a la protección de los padres, son seres  humanos en formación, pero no son responsables de sus actos y si acaso deciden por la presión del hambre o el frío.

En la adolescencia, y siendo aún dependiente de los mayores, el raciocinio empieza a desarrollar la capacidad de tomar decisiones sobre los hábitos, y el pez empieza a morir por la boca, desde el robo de dulces hasta el cigarro y las bebidas prohibidas. Estas primeras decisiones ya pueden ser de vida o muerte si se llega al exceso y ocurren los accidentes concomitantes.

En la vida adulta, si tuvo vida productiva laboral o empresa propia, digamos unos treinta o cuarenta años, no hay tiempo (porque no se lo da) para escribir cómo va, si acaso en las confidencias hay recuentos efímeros de los andares, o dar y recibir consejos, pero no se escribe al respecto, la vida moderna implica velocidad y andar a las carreras, corriendo y llegando tarde, salvo que usted sea muy pero muy disciplinado desde chico. Claro, hay que remar contracorriente con la mayoría que llega tarde.

Sin embargo, después de los calambres de los cuarenta llegan los sesenta y como que le empieza a dar por pensar y hasta filosofar. Esa es la cuestión, empezar a darse cuenta de que su vida ha de tener algún sentido, y examinarse en lo individual o grupal se vuelve frecuente, algunos dicen ensimismarse (treparse en si mismo), rumiar o repasar decisiones pasadas, y entonces cuenta los amigos con los dedos de las manos, porque son los hermanos que usted escogió. 

Esta experiencia de vida de la reflexión de la tercera edad pareciera un intento de recuperar el tiempo perdido no para uno sino para los hijos, reconocerse en los claroscuros importantes porque dejaron marca, y de ellos depende la huella moral. Es como si usted perfilara sin querer queriendo, ese réquiem que algunos tienen al llegar al final de sus días. En definitiva, esos pensamientos de la postmadurez conforman el “por si no te vuelvo a ver”, una reflexión del pandémico 2020.

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