Viajar en tiempos de pandemia

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2020-11-09

Luz del Carmen Parra

Me encanta viajar, cosa que hago con frecuencia desde niña; recuerdo que gracias a un grupo de personas que organizaban cada año, en mayo, una peregrinación a la Basílica de Guadalupe, y en marzo, una visita a Cristo Rey en el Cubilete, tuve la oportunidad de conocer la mayor parte de los estados de la república, porque después de cumplir con el objetivo religioso, nos llevaban a recorrer lugares turísticos contemplados en una ruta, que marcaba un itinerario diferente para cada ocasión.  

Pude ver la gran variedad de paisajes que existían a mi alrededor y apreciar cuántos tonos de verde había en el campo, que las montañas daban paso a grandes valles y que por más lejos que pareciera, siempre había una nueva ciudad esperándome, tan diferente como la cultura que encerraba entre sus calles y edificios. 

Conocí diversas formas de vivir, de pensar, de hacer, en un país multicultural, rico en manifestaciones religiosas y tradiciones que me hizo sentirme orgullosa de reconocerme como mexicana; vi infinidad de hombres y mujeres luchando por ganarse la vida, haciendo trabajos manuales detallados y exquisitos, propios de obras de arte, con diseños y colores que incluso hoy en día, han sido imitados por grandes firmas comerciales. 

Pero, sin lugar a dudas, eran las playas las que más disfrutaba. Inolvidable, la emoción contenida al verlas por primera vez; me complacía en sumo grado la sensación indescriptible de pisar descalza la arena suave y mojar mis pies en la espuma que dejaban las olas, tratando de rescatar las conchitas y caracoles que esparcían por la orilla del mar o deleitarme bajo las palmeras, de esos mágicos atardeceres, aspirando la brisa de lo que hoy conocemos como la Riviera Nayarit. Entonces todo era virgen; eran escenarios de ensueño donde la naturaleza se mostraba en su esplendor y donde no había visitantes de primera o de segunda. 

Uno de mis sueños era recorrer Europa por tren, conocer ciudades como Londres, Barcelona, Madrid, París, Ámsterdam, Venecia y detenerme en la Toscana italiana, tantas veces prometida y ahora inalcanzable por la llegada de la pandemia. Justo cuando todo estaba planeado, se vino abajo. Imposible no traer a la memoria las frases inolvidables de mi abuelita: cuando el hombre pone, Dios dispone”. Ni hablar. 

Pero en tanto vienen tiempos mejores, he decidido seguir viajando, a través de los medios que tengo a mi alcance y que gracias a la tecnología puedo disfrutar cómodamente desde la intimidad de mi hogar. Quiero compartirles que encontré al mejor guía turístico que llegué a imaginar. Con él he recorrido los lugares más sorprendentes que jamás habría conocido por cuenta propia. Amante de la naturaleza y de las culturas originarias de los países que visita, va en busca del alma de la gente y en su sencillez cierra la brecha que impone el idioma y la religión. 

Entre castillos y templos, mercados y tianguis, a través de su trato humano y sincero, me ha transmitido el valor del respeto a la diversidad, no solo diferenciada por el color de la piel o la forma en que se habla, sino por el contenido mismo de cada una de las culturas que dieron origen a las actuales ciudades, que crecen y se multiplican en toda la faz de la tierra. 

He podido advertir cuánta riqueza hay en la esencia del hombre, mientras más alejado de la civilización, más cercano a sus expresiones y necesidades humanas, solidario y comprometido con una comunidad que asegura la vida de todos, por mínimos que sean los recursos naturales de que disponen. He visto conglomerados de menos de trescientos habitantes conviviendo como si formaran parte de una sola familia, cocinando para todos y compartiendo el alimento. 

Rostros que siempre sonríen al recibir al visitante, abriendo su corazón y dispuestos a compartir lo que tienen y lo que son. Religiones que veneran Dioses en forma de animales, de seres humanos, sin rostro; rituales llenos de magia, danzas y vestuarios que ni en las mejores películas pudieron ser adaptados, porque siempre la realidad supera la ficción. Todos dignos de respeto y consideración. Aprendiendo de la diversidad, que todos somos uno. 

Escenarios maravillosos en selvas, bosques, desiertos, mares, oasis, montañas vestidas de nieve, cuevas, ríos, nada escapa a su curiosidad. Claudio, en su programa para la televisión de Chile, Maravillas del Mundo, me ha permitido entender al género humano en su exacta dimensión, lo cual nunca hubiera logrado en medio del ruido de las multitudes, siempre presentes en los sitios turísticos que tenía planeado visitar. 

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