De músico, poeta y loco...

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-11-21

Liborio Méndez Zúñiga

Llegados a cierta edad, se recuperan fragmentos de recuerdos olvidados, y en soledad a veces nos sorprendemos con alguna evocación de lo vivido, que lo mismo provoca una sonrisa y también por qué no decirlo, alguna lágrima furtiva. Por eso, ese idioma universal que es la música nos lleva a todos a entonar desde las canciones infantiles, juveniles y las de gente grande. La entonación vía la disciplina nos viene de los cantos religiosos y los himnos patrios, patria grande y patria chica.

Agregue usted la otra escuela de la poesía coral o el simple gusto por la declamación, usted que recita con los amigos el Brindis del bohemio, arrebatándose los versos inflamados (acaso por las copas), y entonces está listo para tener otros desplantes de loco, así sea imitando a Javier Solís.

Viene lo anterior a cuento porque si bien la música nos ayuda a rescatar recuerdos idos, los caminos de la vida a veces nos regalan con reencuentros no esperados pero sí imaginados, cuando pasan los años y un buen día las circunstancias lo llevan a tener cerca la posibilidad de conocer y reconocer un paisano.

En mis visitas a la capital tamaulipeca, un buen día de estos de la pandemia, me aborda un vallehermosense que a señas intentaba decirme algo, él a pie y yo en mi carro, y no lo reconocí. Bajé el vidrio, y resultó ser uno de los hermanos Ureño de mi época de Secundaria, nada menos que Guadalupe, porque de Arturo sabía que reside en Aguascalientes. Sentí regacho saludar enmacarado y solo cruzar los nudillos, cuando lo que ameritaba eran dos abrazos con sendos espaldarazos,oiga usted. Pero ni modo. El encuentro me llevó a rememorar aquella etapa escolar de mi vida y la feliz coincidencia del encuentro con un grupo de la generación 1966-1969, en su visita y pernocta en Casa de Piedra, en Gómez Farías, a mediados de marzo pasado, felizmente con trova y evocaciones de la vida estudiantil de entonces, donde crecimos gracias a maestros, docentes y dicentes, tutores y consejeros, sabios en su cátedra o taller, ejemplo de rectitud y ciudadanía. 

Sin embargo, si regresamos a la escuela primaria, la recordación no es tan fácil, si uno transitó en varias escuelas, primer año en Río Bravo, de segundo a cuarto en el Poblado Anáhuac y quinto y sexto en Valle Hermoso. Con decirle, que de sexto año me acompañó solo otro niño a la secundaria, Camerino y su bici, que yo pedaleaba por cuestión de peso. Lo curioso es que en la Universidad conocí a varios riobravenses, cultivando su amistad. Pero el reencuentro con originarios del Poblado Anáhuac, me remite a las raíces de mis padres y las gestas de los abuelos.  

Si las distancias apartan las ciudades, las ciudades destruyen las costumbres, dicen dos trovadores cuyo dueto responde a Miguel y Miguel. Cuando usted se encasilla en su nicho, a veces no conoce bien a bien ni a sus vecinos, y con la pandemia y la Susana distancia menos, pero ya traíamos varios confinamientos en la antigua normalidad.

Entonces, atesore sus recuerdos, depure sus viejas libretas de direcciones y como no queriendo procure la alegría de los reencuentros con los amigos viejos, sin dejar de alternar con amigos nuevos, que representan la aventura y el futuro. 

Derechos Reservados © La Capital 2020