Un apunte a la Autobiografía del Algodón

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2020-12-01

Liborio Méndez Zúñiga

Por interés muy personal, discúlpeme usted, atisbo en mis ratos de ocio en mi pasado a través de los libros, sobre todo si los autores descienden y son originarios de los fundadores del septentrión mexicano que comprende el norte de Tamaulipas. Este 29 de noviembre pasado, en punto del mediodía  tuve manera de escuchar y ver a las protagonistas de la presentación del libro “Autobiografía del algodón”, de la autoría de Cristina Rivera Garza, con la participación de dos comentaristas, escritoras chilenas, en el marco virtual de la Feria Internacional del Libro. Le comparto mis impresiones.

Desde que supe del evento, estuve al pendiente para estar en el palco de mi habitat virtual, porque el libro trata de los pioneros fundadores de la Colonia Agrícola Anáhuac, es decir, de los abuelos y padres de quienes somos originarios de esa población, atravesada en otra época por el Sendero Nacional. Que el libro provenga de la fecunda pluma de la Dra. Cristina Rivera Garza, es una feliz noticia para que los hijos pródigos sobrevivientes hagamos memoria y reencuentro a través de la literatura, de la vida rural de los ancestros que por los caminos de la migración se asentaron en una porción del Bajo Río Bravo en los años treinta del siglo pasado, desmontando parcelas “a boca de hacha”.

En lo que sigue, trato de retomar algunos de los aspectos tocados en sus intervenciones por las comentaristas Nona Fernández y Gabriela Cabezón Cámara, dos autoras latinoamericanas. En primer lugar, estimo que ambas fueron al meollo del libro citado, abordando la intencionalidad de la obra no solo como ejercicio personal de la autora, sino como imaginario familiar y de la comunidad, con base en la revisión de fuentes y materiales, para recrear la hazaña y trascendencia de los pioneros en la región, a partir de un cultivo agrícola que dio pie al llamado Oro blanco, es decir, el algodonero.

Nona Fernández en su comentario dijo que al leer el libro, primero lo subrayó y además fue escribiendo notas a mano, para apropiarse de la historia, encontrando que la obra pareciera al mismo tiempo un diario, pero también crónica y ensayo, en la búsqueda de volver a caminar las huellas del pasado de los abuelos, como una trashumancia de datos y recuerdos, repitiendo y recordando para entender vidas humanas y los costos de las migraciones, de aquí para allá, de allá para acá, en aras de forjar un destino para las familias en el proyecto cardenista de colonización de la frontera con los Estados Unidos. En esa tesitura, para la comentarista Fernández el libro nos invita a “una huelga contra el olvido”. Esto lo tomo como un emotivo llamado al pago de la deuda moral con los fundadores del ahora llamado Poblado Anáhuac.

La otra comentarista, Gabriela Cabezón Cámara, ponderó desde ya la obra de Rivera Garza como un referente de la literatura de América Latina, porque se inserta en el abordaje literario de un territorio que ha padecido guerras desde la naciones de pueblos indígenas en ambos lados de la frontera, pasando por conflictos armados entre los dos países y recientemente la crueldad del crimen organizado contra los habitantes y migrantes . La novela se forja asumiendo las relaciones inextricables entre la tierra, el agua y los hombres de una porción del otrora pujante productor de algodón, el Distrito de Riego 025, tan lejos de Dios y tan cerca de los gringos. Me encantó la idea del “viaje desde una célula del sedimento marino hasta la mente del escritor”, reconociendo la pertenencia del hombre a los elementos naturales, el agua, la tierra, el fuego y el aire, esos en los cuales emergió la cultura de nuestra raíz indígena, la de los abuelos cacique, para la recolección, caza y pesca de los pueblos originarios del Continente Americano.

También se subrayó en los comentarios cómo la autora retoma ideas de José Revueltas sobre el fenómeno humano de coexistencia entre humanos, plantas y animales en el territorio prestado, porque es una casa transitoria para las generaciones, que eventualmente caminan hacia la diáspora campo-ciudad.

De la intervención de Cristina Rivera, que agradeció y celebró complacida los comentarios de sus colegas invitadas, me atrevo a compartirle, estimado lector, y especialmente a mis paisanos, una experiencia vivencial sobre la claustrofobia, de lo cual se enteró digamos que tarde, y que le llevó a reflexionar sin conceder sobre su herencia genética, recordando que no pudo evitar recordar  la experiencia de su abuelo trabajando en las minas de carbón de Coahuila. También comentó sobre la narrativa en plural, es decir, la literatura a partir de  nosotros y los otros, o bien escribir en palabras de otros, en adición a que nadie escribe sobre páginas en blanco. Al respecto, la autora refirió una frase de otro comentario recibido de su libro: Esta es una biografía sin el Yo.

¡Estoy en ascuas de recibir el libro!

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