La lección del 12 de diciembre

UTOPÍA / Eduardo Ibarra Aguirre

2020-12-15

Eduardo Ibarra Aguirre

Los católicos y sobre todo los guadalupanos que quizás son más, dieron una lección a México y la aldea global de lo que es la responsabilidad ciudadana, las ganas de vivir y de proteger a sus familiares, de respeto sino es que de amor al prójimo ante los difíciles tiempos que vive la capital por la pandemia del SARS-CoV-2 que genera la enfermedad de covid-19, con sus 9 millones de habitantes y los 60 municipios conurbados en los que habitan más de 13 millones de paisanos, muchos de los cuales se abstuvieron de acudir a la Basílica de Guadalupe y siguieron la más concurrida celebración anual por televisión. Lo mismo sucedió en la mayoría de los recintos marianos del país.

Es valioso el logro frente a la convocatoria del gobierno de la Ciudad de México y la Conferencia del Episcopado Mexicano, que gozó de la oportuna y eficaz cobertura de los medios de comunicación –es preciso reconocerlo–, más todavía si a partir de entonces es evidente el compromiso informativo y de opinión, de promoción con el ejemplo de los conductores en el uso del tapaboca. Por supuesto que en los programas de comedia, telenovelas y entrevistas el mal ejemplo es lo que predomina en el trinomio de la televisión al no respetar la sana distancia

En este tema es indispensable pregonar con el ejemplo de las autoridades de los tres los niveles de gobierno –desde el gobernador Enrique Alfaro que lo exhibieron en un bar tapatío cenando con su esposa y escuchando música; “sólo me tomé tres güisquis”, adujo–, los tres poderes de la Unión y los órganos presunta o realmente autónomos, hasta el presidente Andrés Manuel que el lunes 14 presentó recomendaciones para los próximos y difíciles días, pero no asumió un compromiso personal con el cubreboca, como enhorabuena lo hace con frecuencia el doctor Hugo López-Gatell. A nadie le hará daño usarlo y después debatirán lo que sea necesario sobre su base científica o no.

Está muy bien la directriz presidencial para México no para el mundo, pues cada Estado decidirá lo propio –esa es la autodeterminación–, para “evitar medidas restrictivas y apelar a la confianza”; como ya apuntamos: “El 12 de diciembre, con la Basílica de Guadalupe vacía, fue una muestra de la responsabilidad de la población”. Es de suponerse que las medidas restrictivas incluye la reincidencia de Alfaro Ramírez en pendejear a los jaliscienses, a la luz del asesinato del obrero Giovanni López el 5 de mayo, por no usar tapaboca y la pifia de las pruebas chinas compradas a una inexistente empresa que no devolvió los 20 millones de pesos, aunque el señor jura que no se expidió cheque.

El hecho indiscutible –todo es y debe ser discutible– es que sin el concurso de los mexicanos resulta imposible hacer frente y librar con éxito el coronavirus, la durísima prueba a que sometió al mundo doña Naturaleza por los incuantificables daños cometidos en su contra a lo largo de milenios, en particular el último siglo.

La mejor estrategia sanitaria, los más eficaces y preparados especialistas, las autoridades más competentes y las más responsables y propositivas oposiciones –incapaces de lucrar con la pandemia–, son insuficientes para salir de esta muy severa prueba económica, social y anímica sin la participación de la inmensa mayoría de los paisanos.

Y por supuesto que es viable porque como estima la experta María Cecilia Acuña, de la Organización Mundial de la Salud, “México es el país que ha hecho el trabajo más relevante para incrementar la capacidad hospitalaria en la región… nuestras felicitaciones por ese esfuerzo histórico e inédito por parte del sistema de salud mexicano”. Tenemos con que, pues.

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