La verdadera división estadunidense

UTOPÍA / Eduardo Ibarra Aguirre

2021-01-07

Eduardo Ibarra Aguirre

Todo indica que involuntariamente Donald Trump exhibió ante la aldea global las limitaciones e incluso el agotamiento de la “más sólida democracia del mundo” (Foro Tv, de Televisa) y “una de las más antiguas” (Denise Maerker, en Las Estrellas, del mismo consorcio), tal y como lo pregonan desde hace más de un siglo los propagandistas e intelectuales orgánicos del imperio de las barras y las estrellas, mexicanos y de otras latitudes.

Los gobernantes que tiempo ha califican y descalifican a gobiernos hasta removerlos con invasiones militares y golpes blandos –porque no se subordinan a sus planes geopolíticos y esfera de influencia– como violadores de los derechos humanos, conculcadores de la democracia y hasta con el sambenito de “terroristas” con severas consecuencias jurídicas y económicas, no atinaron durante las cuatro horas en que estuvo tomado el Capitolio por apenas cientos de partidarios del presunto triunfo del magnate inmobiliario, a calificar los hechos sin precedente en la capital estadunidense.

Golpe o autogolpe de Estado, insurrección, asalto, rebelión, ataque terrorista, democracia bajo asalto (Joe Biden en un primer discurso muy dramatizado), caos, desorden y otras lindezas más de una autodenominada clase política que lleva décadas ejerciendo como senadores o diputados, pero que extrañamente fueron incapaces de prever lo que Trump anunció desde muy temprano, que no reconocería una elección presuntamente fraudulenta, así como cada uno de los pasos que dio previos a la toma del Capitolio por sus partidarios más reaccionarios y estimulados en un mitin por él, el padre de Ivanka y marido de la yugoslava Melania.

Fue un toma anunciada y nadie se preparó para evitarla, ni siquiera la seguridad del recinto legislativo que, después del niño ahogado, provocó cuatro muertes y decenas de heridos. Muy extraño, pareciera que tendieron la cama a Donald John y sus más fieles ultraconservadores y cayeron redonditos.

En el quehacer público todo tiene consecuencias y la autodenominada clase política, o parte de ella, solicitó la remoción del atrabiliario magnate como inquilino principal de la Casa Blanca, lo que suena ridículo, vengativo. Pero no se olvide que Trump tiene muchas cuentas pendientes a pagar, a menos de dos semanas de que se vaya a las fiestas de Chingatitlán.

En todo caso sobran los procesos en curso por los desmanes del depredador sexual, evasor del fisco, defraudador y más, pero que obtuvo 70 millones de votos en noviembre y dio un primer gran paso para dilapidar esa formidable fuerza al chantajear a la dirigencia del Partido Republicano, a sus principales hombres en el Capitolio y a Mike Pence porque no le hicieron segunda en su temeraria aventura política. Pésimo error de cálculo.

En todo caso ni la dirigencia demócrata ni la republicana, tampoco sus bancadas en el Capitolio, ni los poderes fáticos asentados en Wall Street y el complejo militar industrial, deberían ignorar las causas socioeconómicas que alimentan la profunda división política de los estadunidenses, y que ilustra lo  siguiente: en plena pandemia fuera de control, 45 de las trasnacionales más grandes de Estados Unidos registraron ganancias sustanciales durante 2020 y cuando menos 8 millones de trabajadores se sumaron a las filas de los pobres. El incremento en la pobreza registrado es el salto más grande en un sólo año en casi 60 años. En agudo contraste, los 651 multimillonarios más ricos incrementaron sus fortunas colectivas por más de un billón de dólares.

El sueño americano está hecho añicos por la plutocracia de USA.

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