Un periplo de vacunante

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2021-03-13

Liborio Méndez Zúñiga

Vivir en la Aldea Global digital es toda una aventura, a no dudarlo. Es tal la cantidad de información que se recibe por el celular, que además de tener los pelos de punta a veces los terrícolas no tendrían más comportamiento que el del rebaño a salto de mata, guiado por los instintos. Cualquier mensaje digital acalambra al más pintado, y en los últimos meses se padece una especie de locura sin precedentes. Lo que no sabemos de ciencia, entre otras cosas por la supina ignorancia de la humanidad, lo tratamos de compensar con los dimes y diretes de nuestros círculos de contactos y las malditas redes sociales, que además de basura nos traen mensajes sin más referencia que porque lo dijo mi compadre, que además es ateo, gracias a Dios.

En ese dilema cotidiano, y teniendo la oportunidad de contar con la vacuna, la que sea, se siente uno privilegiado de acceder en tiempo razonable al piquete de rigor. Le cuento mi pequeño periplo para ser cyborg Pfizer. Además de la decisión de si vamos o no vamos, o cuándo vamos y en dónde, en mi caso no batallé nadita para obtener el folio en la plataforma del gobierno federal. Un triunfo pírrico, aunque sí me lo pidieron en el módulo de las Brigadas del Correcaminos. Por cierto, qué golazo maradoniano para la UAT, que la campaña adoptara el nombre de la mascota de esta casa de estudios, que debiera preservar para sus brigadas de servicio social.

El caso es que esta semana viajamos de Gómez Farías a la Ciudad Capital tamaulipeca, y nos asomamos al Cbtis 119, pero no nos gustó el torcido (la aglomeración, pues) y visitamos la Leona Vicario y tampoco nos cuadró la bola. Dirán mis cuatro lectores idiático que es uno, como si nunca hubiera asistido a un mitin tricolor, en un maremágnum humano de olores, sudores y humores, a pleno sol, en esa lección obligada de baño de pueblo para entender la política mexicana. Bueno, habría que ver otras latitudes para comparar, los argentinos no cantan mal las rancheras.

El caso es que decidimos reintentar el miércoles en Gómez Farías, pero se suspendió la jornada sin aducir razones, y ni modo, otra vuelta a Cd. Victoria, aprovechando que mi INE dice que vivo en la capital del estado, con la ilusión fifí de vacunarnos desde el carro a vuelta de rueda en el Polyforum, y anda vete: la nueva sede era el Campus Universitario. De todas formas, visitamos la Leona, seguía la bola aunque de menor tamaño, y le dimos un vistazo al Cbtis 236, pero mejor nos enfilamos al Centro Universitario, llegando a la puerta de Derecho sin fila, con una revisión de papeles en tres minutos, una breve espera con unos diez autos adelante, piquete de unos segundos, recibir comprobantes y al descanso obligado por cualquier reacción anormal, tal vez 15 minutos y salida. De película, ¿a poco no? Insisto, aunque nuca recibimos ninguna llamada, ni mi esposa ni yo.

Fue lamentable ver gente mayor con discapacidades batallando para llegar a los módulos de vacunación, notando que la compañía de algún familiar incrementaba la aglomeración sin respetar la sana distancia. Uno se pregunta por qué no aprovechar los espacios con gimnasios y otras instalaciones como los baños, sombras, bebederos, facilitando el trabajo del propio personal médico y de apoyo, y por supuesto de los vacunantes.

Cuando empecé a ver los protocolos antipandemia, escribí algunas ideas en este medio de la opción de la infraestructura ociosa en el país, que previo acondicionamiento razonable, podría servir para el servicio educativo en horarios escalonados, con sana distancia, sin paralizar totalmente las clases y sobre todo incluso el sano esparcimiento de los estudiantes, incluso en tres turnos, incluso sábados y domingos. Muchos hogares hubieran aceptado esas alternativas.

Pues ahora, con mis colegas de la tercera edad, habría que tener mayor consideración si están en situación de capacidades diferentes, con acceso preferencial a cualquier servicio médico o de otro tipo, porque da pena ajena verlos haciendo colas en oficinas públicas y cobrando sus pensiones cuando a duras penas pueden caminar.

Para terminar sin concluir, antes de dejar el módulo del Campus Universitario, solamente una cosa no me gustó mucho, que digamos: la restricción de comer cochinita pibil y no tomar bebidas espirituosas, ¡durante cuatro días, hágame usted el favor!

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