La mejor política, la del buen vecino

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2021-03-21

Liborio Méndez Zúñiga

El cartero de moda, el mensajero virtual, a veces nos trae temitas picantes, por ejemplo, que muchos deberíamos aprender cómo ser un buen vecino, y aunque pareciera un exhorto simple e inocuo, si pensamos un rato sobre el tema, le salen muchos asegunes. El whats app aludido propone evitar molestias a los vecinos, es decir, trata como quieres que te traten, en aspectos particulares: el exceso de ruido, la basura, los espacios comunes, mascotas, estacionamiento, y hasta la estética del lugar. Seguramente usted podría tener su propia lista de aspectos a considerar para ser un buen vecino.

Pero ¿de donde viene la palabra de vecino? La palabra viene del latín vicinus, de vicus que refiere barrio o lugar. En corto, vecinos son los que habitan casas contiguas, tanto que comparten pared, pero aplica también para los que habitan un barrio o colonia. Hemos llegado al extremo de tener vecinos a los lados y abajo del piso y arriba del techo. En un tiempo, vecindario aludía población y territorio para efectos censales y de pago de impuestos. Se calculaba incluso el numero de habitantes por cada fuego u horno donde se cocinaban los alimentos.

En nuestro imaginario popular, al menos en el septentrión mexicano, solamente Monterrey tiene desarrollos urbanos llamados condominios como los que abundan en la CDMX. Sin embargo, las otras ciudades grandes no se quedan atrás con sus edificios condominales, de manera significativa los del sector social. 

Imagine usted los modos y maneras de esa vecindad, con propiedades privadas y espacios comunes, donde no se cuenta con patio y tiene que pagarse una cuota de mantenimiento y un administrador, lo cual no garantiza que no existan molestias o problemas para la sana convivencia. El problema es grave si los inmuebles se rentan o bien entran al servicio de Air Bread and Breakfast, con ocupantes que los usan con desenfreno para fiestas hasta el amanecer.

Las ciudades medias, donde la mancha urbana gana terreno a los ejidos, y se arraiga el termino colonia o fraccionamiento, la explosión demográfica nos ha llevado a tener una casa chica o grande, delimitada por una barda propia, cada vecino construye hasta el límite de su terreno, y se ha perdido la sana distancia entre las casas que si tenían y tienen por ejemplo los ejidos, cuyas familias gozaban de un solar amplio para juegos, plantas y animales. 

Con estos apuntes, queda claro que lo que priva en cada espacio habitacional es la diversidad de condiciones de tipos de tenencia, por ende de materiales de construcción, al grado de que la política pública adoptaría el slogan de “Vivienda digna”, emparejado al de Escuela digna. 

Pero el punto clave es la cuestión de hasta dónde los mexicanos tenemos una cultura del buen vecino, inculcada desde nuestros ancestros, y aquí habrá que ponderar los modos y costumbres de las comunidades indígenas, o pueblos originarios. Que hablen los sociólogos y antropólogos.

Si los expertos señalan el deterioro de las clases medias y la rampante precariedad laboral de técnicos y profesionistas, y lo que somos es una sociedad del malestar generalizado, cómo esperar cordura y una cultura de respeto y consideración para quienes viven al lado y gustan de maltratar sus oídos con exceso de decibeles, cuando no cuidamos el manejo de nuestra basura y lavamos la banqueta con manguera (sí, Chucha, cómo no). Y que me dice de las mascotas que defecan en mi jardín y ni a quien reclamar, porque ya no se sabe ni quien duerme al lado, sospecha compartida mutuamente. Ni hablar del pésimo vecino que invade con sus vehículos el limitado frente donde tengo mi cochera, o las raíces de sus Ficus ya invadieron mi casa.

En definitiva, apelar al buen comportamiento del vecino, es asumir que tenemos el sentido común de ser buenos ciudadanos, lo cual tiene un valor: un voto. Entonces lo que nos debiera ocupar es ser hombres y mujeres con derechos y obligaciones, el día que cumplimos 18 años, en donde el valor supremo sea el respeto al derecho ajeno, y eso empieza por la casa, donde se forman los buenos vecinos bajo la divisa: Mi casa es tu casa. 

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