¡No estaban yertos, cultivaban sus huertos!

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2021-05-12

Liborio Méndez Zúñiga

La pandemia también trajo reencuentros inesperados con amigos de la infancia y juventud, cuyas noticias son además de gratas, una especie de bálsamo para el espíritu. Por eso, al saber de esos amigos después de medio siglo de ningún contacto, la pregunta de Leonel es pertinente: ¿Por qué dejamos de vernos? 

Vino a mi mente aquello de que la educación da alas para volar, y en ello va el desarraigo necesario si se aspira a la forja de un destino, alejándose del hogar familiar y del terruño, y subrayo terruño porque mi generación tiene origen rural en su mayoría. La distancia empieza cuando se elige carrera y deja uno de verse con aquellos amigos de los primeros grupos de referencia de nuestra vida. 

La experiencia de transitar por la Universidad nos relaciona con otras amistades, estudiantes y profesores, y en cierta forma de nuevas ciudades para vivir. Se llega además a la etapa de matrimonio, que se asume para toda la vida, y de formar la propia familia, lo cual ya significa  echar de nuevo raíces con la casa propia en otra ciudad.

Poco a poco se va rompiendo con el pasado familiar y de amistades primeras, ingresando a nuevos grupos profesionales, laborales y sociales, que se constituyen en un nuevo núcleo vital. Los primeros amigos se van olvidando, si se los encuentra tal vez ni los reconozca, y los recuerda cuando se tiene contacto con amigos comunes, esos que no se han desarraigado del todo. 

Otro mis amigos reencontrados, Juan José, me decía tener treinta años que no vuelve al pueblo, porque su profesión lo absorvió totalmente, y además con residencias temporales en varios estados de la república. Me dijo con vehemencia que su vida son las matemáticas, los números son su pasión, y no puede distraerse de sus proyectos.

Néstor dejó su vida profesional de la ingeniería y arquitectura, y decidió regresar al origen y dedicarse al noble oficio de agricultor, ya en el retiro, sin duda, empeño encomiable dadas las vicisitudes de la agricultura. Yo decidí no hacerlo por el trauma de la quiebra de mi padre, que abandonó rancho y familia.

Leonel es un hombre de negocios, sigue cerca del terruño, pero al otro lado del Río Bravo. Fue quien primero me llamó, con la alegría compartida de comunicarnos como si ayer nos hubiéramos dejado de ver. Luego conversé con los demás, con todos fue una risa constante recordarnos como cuando cursábamos la secundaria, con resúmenes espontáneos de nuestras vidas profesionales y las familias formadas.

Es conmovedor volver la vista, imaginar derroteros de amigos olvidados por décadas y constatar que han forjado destinos de vida buena y te recuerdan tus orígenes, si bien austeros, fructíferos y boyantes, a pesar de los pesares. No estaban yertos, cultivaban sus huertos.

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