Infancia sacrificada

MIRADA DE MUJER / Luz del Carmen Parra

2021-05-23

Luz del Carmen Parra

Puede ser muy justificada la lucha feminista, que busca alcanzar para la mujer una posición de respeto y valoración en la sociedad, después de siglos de verse relegada a un segundo plano, en un mundo hecho por y para los hombres. Muy significativa su ansia de romper ese pacto patriarcal que la somete en espíritu y anula su voluntad y muy respetable su necesidad de ser reconocida no solo en su capacidad de trabajo y entrega, sino en todo lo que hace. 

Puede ser muy comprensible la urgencia del apoyo económico que representa para las finanzas familiares el trabajo de la mujer, pero es evidente que su cansancio y agotamiento después de atender una doble jornada, no solo reduce el tiempo dedicado al contacto directo con sus pequeños, sino la calidad y calidez de su relación, la paciencia en su trato cotidiano y su disposición natural de atender con cariño sus necesidades. 

Cada vez se hace más evidente que quien está pagando el precio de su incorporación al mercado laboral, de su rebeldía justificada o no, quien está sufriendo las consecuencias de su ausencia, son sus hijos, y más si éstos son pequeños. Pareciera que la mujer en su afán personal de realizarse profesionalmente y escalar a mejores posiciones, o de apoyar la economía menguada en el seno familiar, se ha visto en la necesidad de desconectarse emocionalmente de sus críos, para ceder su responsabilidad y dejar en manos ajenas la atención de sus necesidades vitales. 

Ese vínculo emocional y cercano, que da seguridad y confianza, estabilidad en el desarrollo armonioso del ser humano se ha delegado a terceros, en cuyas prestaciones se aclara que deberá mantenerse una lejanía emotiva y reducir sus atenciones en un ámbito impersonal, con las sabidas consecuencias en el desarrollo de los menores. 

Sin lugar a dudas son sus padres los seres más importantes en la vida de los niños, son quienes les van mostrando cómo funciona el mundo donde más tarde tendrán que desenvolverse solos. De la mano de ellos, aprenderán a reconocerse y a sentirse valorados, amados y aceptados. Protegidos. Es aquí donde la ternura, el cariño y la paciencia de la madre da los elementos para que desarrollen una autoestima sana. Es aquí donde la figura paterna, sienta las bases de una personalidad fuerte y el carácter firme de sus hijos. 

Se nos ha olvidado que los pequeños necesitan ser felices, más que llegar a ser los mejores. Que no distinguen la ropa común, de la ropa de marca. Que no identifican las diferencias entre un Ferrari y un Sedán. Que para ellos lo más importante es el tiempo que pasan con sus padres y las experiencias que van marcando sus recuerdos. 

Que lo que más resienten es su ausencia y verlos diariamente cansados, preocupados, estresados, inaccesibles, cuando los necesitan atentos, juguetones, risueños, dispuestos a compartir su crecimiento y a disfrutar de sus avances cotidianos, expresivos y amorosos. 

Ahora los niños son obligados a vivir al ritmo que les impone el trabajo de sus padres. Sus horarios de sueño se han limitado, sus juegos, convertidos en tareas interminables, todo implica un esfuerzo superior al aprendizaje natural y espontáneo, se ha eliminado de su mundo la curiosidad innata para imponerle responsabilidades y el tiempo libre brilla por su ausencia en una agenda repleta de actividades. 

Decía Agatha Christie, una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder en la vida, es tener una infancia feliz”, por tanto, no basta con desarrollar en los niños todas las capacidades intelectuales, las habilidades manuales y deportivas o su sentido musical, si no somos lo suficientemente sensibles para estimular también su crecimiento emocional, un desarrollo integral que no ignore lo valioso de saber expresar sus sentimientos, de vivir en contacto con sus emociones para aprender a manejarlas desde temprana edad. 

El vacío emocional que causan las ausencias, y las frustraciones de los padres depositadas en los hijos, los condenan a vivir en un mundo adulto lleno de ansiedad, porque su corazón de niño nunca asimiló por qué se le exigió tanto, y vivirá buscando la aceptación y el reconocimiento que no tuvo en su infancia. 

Niños bien portados, con excelentes resultados académicos, con una vida dirigida al gusto y necesidades de los padres, solo nos darán como resultado adultos frustrados, inconformes y mal humorados, tristes, incapaces de ser felices y siempre en dependencia emocional, susceptibles a la manipulación y al maltrato. 

Me pregunto si realmente vale la pena el sacrificio de los niños, todo por acercarles un futuro más prometedor que, a ciencia cierta, nadie sabe si algún día llegará. 

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