A propósito de conversatorios y otras yerbabuenas para la ciudadanía

DESDE EL RETIRO / Liborio Méndez Zúñiga

2021-06-28

Liborio Méndez Zúñiga

De un tiempo a la fecha se han puesto de moda espacios de opinión pública de radio y televisión, algo así como foros o paneles, para intentar diálogos sobre diversos temas, cada quien sus gustos, y a como está el ambiente social de la cosa pública, uno esperaría que estos conversatorios contribuyan a formar ciudadanía.

Tuve la oportunidad de participar en un conversatorio de académicos y la verdad preferí declinar, para dejar el espacio a los pares de los expertos convocados, no obstante haber conducido un programa de radio durante cinco años haciendo entrevistas y conversaciones en vivo con investigadores, además de la grata experiencia de treinta años en foros, mesas de trabajo, presentaciones, y además escribir para la prensa escrita y digital.

El caso es que vale pena pensar en la forma y fondo de este aparente nuevo ejercicio de la comunicación social (de la pública y privada ya estamos hasta la coronilla) que pretende ampliar el espectro de los hablantes y sus audiencias, aquellas que tengan los aparatos receptores del caso, si es que se interesan en informarse y formarse de la opinión de terceros, es decir, conductores de programas de opinión, con una pretensión autocrítica. 

Y esta sería la cuestión de fondo, preguntarse hasta donde los productores y conductores dialogantes en un conversatorio están en calidad de tener dominios razonables de la dichosa palabra, hablada a la mitad del foro, ante un auditorio silente, que no está en la pantalla y en silencio puede dar un like o una mentada. Esos protagonistas de los conversatorios ¿son comunicadores profesionales, especialistas o expertos en alguna disciplina de las ciencias sociales, expertos, o simples influencers y standoperos?

Una cosa es salir a la palestra conscientes de ser improvisados y otra asumirse como todólogos según la ocasión, sin la preparación que suponemos requiere este nuevo ejercicio de comunicación de masas, o bien, persiste el viejo modelo de fuente, mensaje, canal, receptor, unidireccional porque unos pocos hablan ante el micrófono y muchos simplemente escuchan. 

Pudiera ser que el conversatorio tenga sustento en una institución, entonces su agenda y alcances tienen límites, porque tiene patrocinio, así sea de instalaciones, equipo y eventual apoyo de materiales. Pudiera ser que el asiento prestado sea de una de las escasas emisoras de la sociedad civil, siempre de una región y eso condiciona la existencia de perfiles y voces independientes. Si un mecenas patrocina, tendrá sus intereses y ello condiciona las expresiones plurales.

Que cuatro o cinco voces se animen con la mejor de las intenciones y le den vida a un conversatorio, es pertinente se pregunten cómo asegurar los derechos de audiencia, amén de la figura de los ombudsmen, cuyo rol siguen en el limbo en las emisoras públicas, ni que decir de las privadas. Es decir, más allá de un cúmulo de likes irrelevantes, y no pocas mentadas, el quid del asunto es cómo asegurar que quienes se animen a poner un comentario disruptivo tenga el espacio y acceso al diálogo en el conversatorio, desde cualquier punto de la Aldea Global.

Todo lo anterior viene a cuento por otra eventualidad: la posibilidad de que un conversatorio más bien local, incluso regional, escale a una plataforma con audiencia potencial de millones, que obviamente requiere una visión nacional y por tanto internacional, dada la interdependencia de los países, que demanda un replanteamiento de los protagonistas iniciadores. 

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