La paz del mundo (Cuento corto)

ENFOQUE / Salomón Beltrán Caballero

2021-09-08

Salomón Beltrán Caballero

Había una vez un hombre, que siendo niño, un día se sintió viejo porque nadie lo entendía, y si bien hablaba el mismo idioma de todos los niños, estos no lo entendían, entonces el niño decidió ir en busca de los viejos para saber si estos lo podían entender, mas los viejos no lo entendieron pues veían en él sólo a un niño; al sentirse incomprendido, tanto por los niños como por los viejos, decidió marcharse lejos y aislarse de la sociedad para vivir en una caverna en lo alto de una montaña, él dijo: Seré como un monje para buscar la verdad sobre mi identidad, viviré aislado y en silencio, tanto que pueda llegar a escucharme a mí mismo para preguntarme quién soy en realidad, ya que nadie me entiende, ni los niños, ni los viejos. 

Y aquel hombre siendo niño, emprendió su viaje, sintiendo cómo el tiempo pasaba por su humanidad y cuando por fin encontró el lugar perfecto para refugiarse de la sociedad y vivir como monje o como un ermitaño, ya habían pasado muchos años, sin darse cuenta que se había convertido en hombre.  Una vez dentro de la caverna, el hombre que se sentía niño, empezó a acondicionarla para vivir, decidiendo vivir con humildad; por eso no necesitó muchas cosas para que su estancia fuera confortable, de cama tenía un colchón de hojarascas, como estufa una hoguera, como silla y mesa unas  grandes piedras, una era redonda como una pelota y la otra plana con un agujero en medio, como una rondana. Terminada su acogedora  estancia, el hombre salió a explorar el entorno, y encontró en aquella prodigiosa tierra, un ojo de agua y dijo: este manantial me dará de beber un agua tan pura y fresca que no necesitaré ni filtro, ni refrigerador,  después encontró árboles  de cuyas ramas se desprendían exóticas frutas de vivos colores y varios tamaños, y a su lado corría el agua del manantial formando un pequeño lago, de aguas poco profundas y cristalinas, donde se podía apreciar la presencia de hermosos peces de un color plateado que expedían un reflejo cuando eran tocados por los rayos del sol,  y además encontró algunas especies de crustáceos de agua dulce y dijo: éste será como mi supermercado; y para mitigar el frío, tendré leña suficiente de los árboles hermanos, que ya se han secado. Regresó a su hogar cargado de frutas y dos peces de regular tamaño que había logrado  atrapar con sus manos; prendió la lumbre sacando chispas al frotar dos piedras y acercándolas a un rollo de yerbas secas que había  tomado del camino; dejó la fruta sobre la mesa, y después se dispuso a descamar y le sacó las vísceras  a los pescados,  ensartando sus espinosos cuerpos en dos varas que con anticipación había cortado; mientras se asaban los peses se puso a cantar una canción de niño que su madre le había enseñado, porque no conocía otras ya que durante el largo camino no se encontró con ninguna persona que lo pudiera haber detenido para charlar y así haber aprendido algo más de lo poco que había conocido del mundo donde vivía.

El olor de los peces que se estaban asando salió junto con el humo por la entrada de la caverna , lo que inesperadamente atrajo hacia la misma a un perro flaco y desgarbado que había sido abandonado a su suerte en aquel supuesto inhóspito paraje, el animal  ladraba lastimosamente en la entrada sin atreverse a meterse a  aquel lugar desconocido para él, pero era tanta su hambre y frío, que  agachando su cabeza y con la cola metida entre sus patas traseras fue caminando muy despacio hasta que las llamas de la hoguera iluminaron su triste figura, causando un sobresalto y agitación en el hombre que aún se creía niño, que se creía monje o ermitaño. Como el perro no se acercaba el hombre tomó un pedazo de pescado con su mano y se lo ofreció, el animal se acercó con temor, pues su vida  no había sido fácil cuando convivio en la civilización con el hombre, pero al fin su miedo  fue vencido por el hambre y comió de la mano de hombre nuevo. Después de comer se echó a los pies  de su benefactor y se dejó acariciar la cabeza, y el hombre conmovido por la nobleza del animal le dijo, ya no te llamaras perro, te llamarás Amigo. El frío fuera de la caverna era tanto, que el calor que escapaba por su entrada, acercó a un conejo que merodeaba por el lugar,  el roedor olfateó y hasta él llegó el olor de la fruta, y poco a poco se fue acercando a  aquella hoguera que daba calor a lo que ya era un hogar para el hombre y para su amigo. El conejo movía su cabeza  de un lado para otro y sus grandes ojos brillaban con el reflejo de la luz que expedía la hoguera , daba un pequeño salto hacia adelante, pero después retrocedía dos pasos , de tal manera que el hombre, viendo eso, le dijo al conejo, en adelante tu nombre será Desconfianza.  El Hombre que pensaba que era niño, que había crecido con el tiempo e hizo amigo a un perro y aceptó la compañía de Desconfianza, compartía el calor  y les hablaba , pero no recibía respuesta de ninguno de ellos, y se decía sí mismo: no importa que no me entiendan, yo sí los entiendo a ustedes, y frotaba sus manos cerca del fuego para calentarlas y mantener despierta su mente, pues tenía la esperanza de que si se mantenía despierto, la respuesta de lo que era y buscaba, sería contestada.  De pronto se escuchó un extraño aleteo en la caverna, el hombre el perro llamado Amigo y el conejo de nombre Desconfianza, se alteraron y se pusieron muy atentos; cuando de pronto,  el hombre sintió cómo un ave se posaba sobre su hombro derecho y se quedó paralizado, no sabía si por temor a que el animalillo lo pudiera agredir o por miedo a que se fuera de su lado, pronto sintió el calor del ave, que se acercó tanto a su oído derecho, que se dejó influenciar por tan agradable sensación; cuando por fin decidió moverse y notar que el ave no se retiraba de su hombro y de su oído, se dio cuenta de que era una paloma.

El hombre que ya no era niño, el perro llamado Amigo, el conejo llamado Desconfianza y la cálida paloma, convivieron por un tiempo, pero un funesto día, el amigo del hombre murió, y éste, entristecido, empezó a perder la esperanza, y decidió entonces volver a quedarse completamente sólo,  por lo que echó fuera a Desconfianza y tomó entre sus manos a la paloma, llegó hasta la entrada de la cueva y haciendo un movimiento hacia atrás y después con fuerza hacia adelante le dio impulso a la paloma para que surcara el aire, la paloma subió muy alto casi hasta perderse, pero bajó de nuevo y regresó hasta donde se encontraba al hombre, y parándose en su hombro derecho, muy cerca de su oído le dijo: Tú eres el Hijo del hombre, yo soy el Espíritu Santo, que siempre ha estado contigo, el Padre me ha enviado para que te dé sabiduría, para que entiendas quién eres y lo importante que eres para él y para todo aquél que escuche tu llamado. Ahora, sal de esta caverna, porque hay un mundo que te espera, para vivir en ti, la paz que tanto anhela.

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